Las horas finales del último ejecutado en la guillotina en Francia

El próximo 10 de septiembre se cumplen 43 años de la muerte de Hamida Djandoubi

Hamida Djandoubi en los días del juicio que lo condenó a morir en la guillotina
Hamida Djandoubi en los días del juicio que lo condenó a morir en la guillotinaLa Razón

Ya nadie recuerda el nombre de Élisabeth Bousquet. En 1974, con solamente 19 años, parecía tener toda la vida por delante. Sin embargo, en su vida se había cruzado un delincuente tunecino aparentemente de poca monta llamado Hamida Djandoubi. Fueron pareja, pero aquello acabó de la peor manera posible. El 3 de julio Hamida secuestró a Élisabeth y la torturó en su casa apagando cigarrillos por buena parte de su cuerpo, siendo testigos del suceso dos asustadas muchachas que vivían con él y a las que había obligado a dedicarse a la prostitución, igual que la víctima de ese fatídico día. La joven, pese a la crueldad, sobrevivió, pero el chico no quiso que escapara con vida. Así que se la llevó a un descampado en las afueras de Marsella donde la estranguló hasta que finalmente falleció. El cuerpo sin vida no fue encontrado hasta cuatro días más tarde cuando dio con él un niño que jugaba por la zona y se topó con el cadáver en un cobertizo.

Un mes más tarde Djandoubi fue detenido. Había intentado secuestrar a otra joven, pero esta logró escapar y salvar la vida. El sospechoso fue detenido mientras acudía a una oficina de asistencia social para pedir ayuda. Ahí empezó a andar la cuenta atrás que lo llevó a convertirse en el último condenado a morir en la guillotina en Francia. Hamida Djandoubi participó en la reconstrucción de los hechos y facilitó a los gendarmes toda la información del suceso. Con la participación de la secretaria judicial en el papel de la pobre Élisabeth, Hamida aportó detalles sobre cómo torturó a su víctima, cómo arrastró el cuerpo por un paraje cercano a Marsella, además de explicar cómo la estranguló y que al final le dio una patada en la cara para comprobar que realmente estaba muerta.

El juicio tuvo lugar en el tribunal de Aix-en-Provence el 24 de febrero de 1977. A Hamida se le acusaba de los delitos de tortura, asesinato, violación y violencia premeditada. La defensa alegó que su cliente había caído en una espiral de violencia por culpa de una depresión consecuencia, ironías del destino, de la amputación de una pierna. En el hospital, mientras se recuperaba, quedó prendado de la hija de su compañera de habitación. Se llamaba Élisabeth Bousquet.

El jurado no tuvo dudas sobre la culpabilidad del sospechoso y lo condenó a morir en la guillotina en un momento en el que Francia vivía el debate sobre si había que abolir la pena capital. Apeló, pero no se pudo hacer nada. El presidente francés Valéry Giscard d'Estaing rechazó indultarlo. La madrugada del 10 de septiembre de 1977, el convicto fue informado que no había nada más que pudiera hacer y que en unas horas sería ejecutado.

¿Cómo fueron esas últimas horas? Hace pocos años vio la luz en Francia un testimonio de primera mano sobre el final del condenado: unas cuartillas redactadas por Monique Mabelly, la juez de guardia a la que le tocó ser testigo de la caída de la guillotina. Cuando fue informada de que había sido designada para ese cometido, Mabelly escribió que tuvo una “reacción de revuelta, pero no puedo escapar de ella. Este pensamiento me ha perseguido toda la tarde. Mi papel consistiría, posiblemente, en recibir declaraciones de los condenados”. Intentó distraerse tomando un aperitivo con unos amigos y yendo a ver una película, pero no podía olvidar el trabajo que tenía. Sobre las tres y cuarto de la madrugada la llamaron para decirle que esa misma mañana se ejecutaría a Hamida y que un coche iría a recogerla para llevarla a la cárcel de Les Baumettes. Allí ya estaba todo preparado para aplicar la pena de muerte, con “una mesa con una palangana llena de agua y una toalla de felpa”. En el suelo se extendieron una serie de mantas para amortiguar los pasos.

El manuscrito continúa apuntando que “abrimos la puerta de la celda. Escuché que el condenado estaba dormido, pero no dormía. Lo “preparamos”. Es bastante largo, porque tiene una pierna artificial y hay que ponérsela. Esperamos. Nadie habla. Este silencio, y la aparente docilidad del condenado, alivia, creo, a los asistentes. No nos hubiera gustado escuchar gritos ni protestas. La procesión se reformó y volvimos sobre el camino en dirección opuesta. Las mantas, en el suelo, están un poco fuera de lugar y se presta menos atención a evitar el sonido de pasos”.

La juez describió aquellas últimas horas del condenado reflejando que “está sentado en una silla. Sus manos están encadenadas a la espalda con esposas. Un guardia le da un cigarrillo con filtro. Empieza a fumar sin decir una palabra. Es joven. Cabello muy negro, bien peinado. El rostro es bastante hermoso, con rasgos regulares, pero una tez lívida y círculos oscuros debajo de los ojos. No es un idiota ni un matón. Es más un chico guapo. Fuma e inmediatamente se queja de que sus esposas están demasiado apretadas. Un guardia se acerca e intenta soltarlas”. El verdugo dejó que las manos del reo sin esposas, no sin antes exclamar como una broma macabra que “¡ya ves! ¡Estás libre!”, provocando un escalofrío entre lo asistentes.

El asesino confeso habló con sus abogados y pidió un segundo cigarrillo. Se le acababa el tiempo. “Un guardia joven y amistoso se acerca con una botella de ron y un vaso. Le pregunta al condenado si quiere beber y le sirve medio vaso. El condenado comienza a beber lentamente. Ahora entendía que su vida finalizaría cuando terminara de beber”, se dice en el manuscrito. Hamida Djandoubi aún pidió un tercer cigarrillo, pero el verdugo se lo negó. “Ya hemos sido muy benévolos con él, muy humanos, ahora tenemos que acabar con esto”, le dijo quien debía ejecutar la condena. Tras la negativa y el último sorbo al vaso de ron, el verdugo sacó unas tijeras de su chaqueta con las que cortó el cuello de la camisa de Hamida, además de atarle las manos a la espalda. En las cuartillas, la juez narra el último acto: “Los guardias abren una puerta en el pasillo. Aparece la guillotina, de cara a la puerta. Casi sin dudarlo, sigo a los guardias que empujan al condenado y entro en la habitación (¿o, tal vez, en un patio interior?) Donde está ubicada la “máquina”. Junto a ella, abierta, una cesta de mimbre marrón. Todo va muy rápido. El cuerpo está casi tirado boca abajo, pero en ese momento me doy la vuelta, no por miedo a “estremecerme”, sino por una especie de modestia instintiva, visceral (no se me ocurre otra palabra). Escucho un ruido sordo. Me doy la vuelta - sangre, mucha sangre, sangre muy roja - el cuerpo se ha volcado en la canasta. En un segundo, se cortó una vida”.

La magistrada sintió náuseas en cuanto acabó todo, aunque pudo controlarlas. Antes de salir de la prisión participó en la redacción del acta. Un poco más tarde las cinco de la mañana estaba en casa. Una hora más tarde comenzaba la redacción de las páginas aquí citadas.

Hamida fue enterrado en el cementerio de Saint Pierre, en Marsella, en una tumba sin nombre en la esquina trasera del camposanto. Es el lugar que se reservó durante años a todos aquellos que eran ejecutados en esa ciudad francesa.