Verdades y mentiras de Neuralink, la nueva tecnología de Elon Musk para conectarse a tu cerebro

Neuralink supone un avance interesante en cuanto a los materiales e instrumentos utilizados para construir interfaces cerebro-máquina, pero esto está muy lejos de las promesas de Musk.

Vivimos en el futuro. Esa es la sensación que nos embarga cada vez que Elon Musk abre la boca y habla sobre los proyectos que acometen sus empresas. Y la verdad es que en parte se lo tiene ganado. Puede que no sea el orador más brillante de nuestros tiempos, pero apela a esa maravillosa sensación de estar en manos del progreso tecnológico.

Hace unos días, Elon Musk presentó los últimos avances de su empresa Neuralink, destinada a crear tecnología capaz de conectarse al cerebro para suplir sus defectos o “mejorar” sus funciones. Según dijo el propio Musk, lo habían conseguido, su nuevo dispositivo podría devolver las piernas a las personas con parálisis, curar la depresión, grabar recuerdos e incluso proveer de supervisión de infrarrojos. Pero ¿es cierto o son promesas vacías?

Mentalidad de ingeniero

Los científicos e ingenieros de sus empresas han demostrado saber cómo darle un giro a la industria de la automoción, de los viajes espaciales e incluso de la inteligencia artificial. Han planteado metas algo extrañas y las han cumplido, así que ¿por qué no íbamos a confiar en una nueva y rocambolesca promesa del señor Musk?

Son muchos quienes confían a pies juntillas y casi con fervor religioso en todo lo que diga el genio sudafricano. Se escudan en que ya se tachó de imposible que un cohete aterrizara, por ejemplo, y que sin embargo lo logró. Es una suerte de moderno “Dios proveerá”. A fuerza de un nutrido talonario, contratando a las mentes más brillantes y apoyándose en un magistral marketing son muchas las locuras que se vuelven no solo posibles, sino probables. El problema está en que hay muchos motivos por los que desconfiar de una promesa de progreso. Como hemo dicho, los impedimentos para algunas se resuelven invirtiendo más y mejor los recursos. Otras, en cambio, se deben a que no tenemos ni la más remota idea de cómo empezar a abordar un problema.

Aterrizar un cohete es un gran reto, pero sabemos cómo funcionan sus piezas, teníamos sistemas para controlar automáticamente el vuelo de drones, sensores capaces de determinar la posición y velocidad de un objeto y motores para equilibrarlo. La dificultad estaba en poner todo eso junto de forma que fuera viable utilizarlo para el caso particular de un descomunal cohete. Es un reto tecnológico que descansa sobre un conocimiento teórico sólido, lo cual permite estimar que si podrá ser resuelto con más o menos premura.

Sin embargo, cuando Elon Musk promete que su nuevo proyecto será capaz de guardar memorias o curar la depresión, está haciendo algo muy distinto. Con el problema de los cohetes ya conocíamos bastante bien cómo trabaja la fuerza de la gravedad, cuál es la velocidad de escape, las reacciones químicas del combustible utilizado, etc. Pero en el caso del cerebro desconocemos demasiado sus equivalentes. ¿Cómo almacena exactamente las memorias?

Creemos saber que estructuras como el hipocampo guardan la memoria a corto plazo y la corteza cerebral los recuerdos más permanentes. Tenemos algunas pruebas de que cada concepto parece estar codificado por grupos de células cerebrales llamadas neuronas que se conectan entre sí y a su vez participan de recuerdos más complejos al ser parte de redes neuronales mayores. Sospechamos que cuanto más estimulamos una de estas redes en su conjunto, más se refuerza la unión entre sus neuronas y más se fija el recuerdo, facilitando que lo evoquemos. Tenemos algunas pistas aquí y allí, podemos vislumbrar la silueta de cómo funciona la memoria, pero no la conocemos, ni de lejos, con el mismo nivel de detalle que a la gravedad.

Esto limita cualquier promesa que queramos hacer sobre manipularla. No es solo un reto tecnológico, sino científico en el cual todavía estamos muy perdidos y, una vez encontremos el camino, tardaremos años en recorrerlo hasta saber lo suficiente como para utilizarlo del modo que Musk plantea.

Ni idea de qué hablamos, pero podemos hacerlo

En el caso de la depresión ocurre exactamente lo mismo. Se trata de un trastorno que puede deberse a muy distintos factores. Parece haber condicionantes biológicos, pero donde el entorno también tiene algo que decir. La hipótesis serotoninérgica en la que se fundamentan sus tratamientos farmacológicos cada vez parece más incompleta y, para cualquier experto en depresión, es más que evidente que no podemos reducir su naturaleza a un solo motivo. En estas condiciones, es imprudente prometer que un dispositivo tecnológico va a ser capaz de curarla a través de descargas eléctricas. Alegando, por si fuera poco, que como el origen de la depresión es la alteración de la actividad eléctrica del cerebro (cosa que es falsa en gran medida) Neuralink podrá curarlo.

Por supuesto, prometer que nuestra consciencia pueda ser descargada a un ordenador haciéndonos inmortales es tan solo un sueño húmedo de los transhumanistas más trasnochados. Hay buenos motivos para no asumir que esto sea posible. La filosofía de la neurociencia nos habla de un cerebro que funciona encarnado en un cuerpo, no en el vacío. Somos algo más que nuestras conexiones neuronales. No tenemos alma, espíritu ni nada similar, somos materiales, pero no solo nuestro cerebro, sino la forma en que nuestro cuerpo y nuestro entorno nos condicionan a nosotros y a nuestro dichoso encéfalo. Esto se suma al problema científico de ni siquiera haber consensuado qué es eso que entendemos por consciencia, cuales son sus correlatos neurológicos (las estructuras y actividades neuronales de las que surge) o cuál es su función. Prometer cualquier cosa al respecto es como prometer que “en cinco años podremos interpretar al detalle los enbrinados” No significa absolutamente nada porque esa palabra no existe, y por lo tanto sabemos casi tanto sobre su significado como sobre la consciencia. Es una promesa vacía y tremendamente resultona de cara a la prensa, pero poco más.

No obstante, tras toda esa dosis de escepticismo, hay que reconocer algo que no es baladí. Porque si bien muchas de las afirmaciones de Musk fueron puro márquetin pseudotecnológico y cargado de filosofía espontánea, hay algo indiscutiblemente valioso en Neuralink, porque el hardware sí es novedoso y puede que hasta revolucionario.

Las verdaderas virtudes de Neuralink

Hace algo más de un año, Neuralink ya anunció que había diseñado unos electrodos especialmente finos para poder introducir en el cerebro y así estimularlo eléctricamente. Hablamos de hilos veinte veces más finos que el cabello humano. Puede parecer una fruslería comparado con las promesas de la última semana, pero se trata de un cambio crucial. Los electrodos que utilizamos normalmente son mucho más gruesos, no había sido posible reducirlos sin que se alteraran sus propiedades, y esto suponía varios problemas.

El primero es que cuanto más grueso más agresiva será su inserción. Lo normal es que el cerebro no lo tolere bien y se produzca cierta inflamación, alterando el tejido circundante y haciendo que las neuronas que lo rodean mueran o pierdan su función. Esto significa que los implantes suelen ser temporales y, por lo tanto, se vuelve inviable utilizarlos a largo plazo, limitando su uso para controlar prótesis, por ejemplo. De hecho, esto ha sido demostrado en cierta medida con los carismáticos cerdos que Musk mostró durante su última presentación, uno de los cuales había llevado implantado el dispositivo durante los últimos seis meses, detectando las activaciones

Por otro lado, el grosor está relacionado con cuántas neuronas estimule al activarse. Cuanto más delgado más podrá afinar, haciendo que en lugar de estimular miles de neuronas se activen tan solo unos cientos. Porque tampoco nos confundamos, Neuralink no permite estimular neuronas de una en una, cosa que no sabemos cómo hacer en un cerebro vivo, pero sí que es capaz de activar conjuntos mucho menores.

Finalmente, cuanto más finos sean los electrodos, más podremos introducir tanto en el cerebro como en el dispositivo. Esto abre un mundo de posibilidades para que las limitaciones tecnológicas se levanten de los retos que realmente podemos abordar ahora mismo. Dejando a un lado las promesas que ya hemos comentado, hay una aplicación maravillosa que sí podemos contemplar. Musk habló de devolver la movilidad a personas paralíticas o la vista a quienes no podían ver. Pues bien, esto sí es algo que podríamos ver en los próximos años o incluso meses.

La neurociencia de la motricidad y de los sentidos están mucho más explorada que la cognitiva que lidia con la memoria, la atención y otras funciones superiores. Sabemos bastante bien cómo se distribuyen en el cerebro las estructuras que controlan cada parte del cuerpo y las neuronas que codifican cada punto de nuestro campo visual. Es cierto que no tenemos un mapa perfecto, pero la plasticidad propia de nuestro sistema nervioso, sumada a la posibilidad de calibrar los dispositivos utilizando el machine learning se vuelve relativamente probable que pronto demos el paso.

Ningún genio es una isla

Precisamente, el hardware de los hilos y del pequeño procesador que Elon Musk plantea integrar en el cráneo, resuelven algunos de los principales problemas de estas líneas de investigación. Pero, y esto es importante, aunque esto sucediera tal y como digo, Elon no se erigiría como el único responsable, ni siquiera Neuralink podría ser considerada como el punto de inflexión que hizo posible esta tecnología.

El motivo es que, aunque haya recibido mucha menos publicidad, ya hay líneas de investigación que han probado a controlar prótesis utilizando interfaces cerebro-máquina. Es más, sabemos que puede controlarse no ya un sustituto de un brazo perdido, sino un tercer brazo. Del mismo modo, existen prótesis de retina capaces de devolver una rudimentaria vista a personas que han quedado ciegas por patologías relacionadas con los ojos. Y no olvidemos que, aunque mucho más burdos, ya existen implantes de cóclea que no dejan de ser aparatos capaces de comunicarle al cerebro información sonora estimulando un nervio auditivo.

En este caso, el hardware de Neuralink permitiría, en principio, dar mucha más sensibilidad y precisión a estos dispositivos. Las sombras de las prótesis de retina podrían estar más definidas y en lugar de prótesis puede que pudiéramos conectar directamente el cerebro a los músculos o nervios que controlan inmediatamente las extremidades. Estas son las verdaderas promesas de Neuralink, un paso más en la dirección correcta.

Neuralink es un peldaño más dentro de esta escalera de los interfaces cerebro-máquina. Ni el primer escalón ni el último, ni el más importante ni el más grande. Merece expectación ante las puertas que pueda abrir en un futuro no tan lejano, pero eso no significa creer que ya las ha abierto todas. Ni Elon Musk ni nadie sabe todavía cómo funciona la memoria, el lenguaje y la consciencia lo suficiente como para saber si quiera cómo abordar un interfaz cerebro máquina que se relacione con ellos del modo en que él lo plantea. Porque si no conocemos el camino y los baches que nos separa de nuestra meta, prometer que la alcanzaremos mañana puede ser arrogante, pero desde luego, no es ciencia, tecnología ni filosofía que se precie.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Neuralink es una iniciativa fantástica que ayudará a mejorar nuestro conocimiento del encéfalo y podría contribuir al desarrollo de interfaces cerebro-máquina capaces de paliar un buen número de trastornos y enfermedades. Sin embargo, de esto a afirmar que pueden curar la depresión o almacenar memorias o la propia consciencia hay un buen trecho.
  • Muchas de estas afirmaciones han sido descontextualizadas por la prensa, pero, si bien Elon Musk no ha afirmado mucho de lo que se le atribuye en las redes, sí que ha lanzado unas cuantas promesas demasiado avezadas.

REFERENCIAS (MLA):