Cultura

Iwo Jima: 75 años de una batalla crucial

Tres marines izaron la bandera con las barras y estrellas y la foto quedó en el olvido, como los tres protagonistas. Poco después fue izada una segunda enseña y Joe Rosenthal tomó «su» foto.

A comienzos del año 1944, Japón había perdido la guerra, pero en Washington se tenía la certeza de que para forzar la rendición de Japón era necesario llevar la guerra al mismo corazón del país. Los mandos norteamericanos estimaban que el asalto al archipiélago nipón podía provocar la muerte en combate de más de un millón de soldados norteamericanos. En abril de 1942 el teniente coronel James Harold «Jimmy» Doolittle realizó con éxito la primera incursión aérea para bombardear Tokio. A partir de este momento la infantería de marina yanqui, los portaviones y los bombarderos B-29 se convirtieron en los tres instrumentos fundamentales de Estados Unidos para ganar la guerra del Pacífico.

A mediados de 1944 los norteamericanos habían ocupado la antigua colonia española de las Islas Marianas desde donde podían, con los B-29 y sus seis mil kilómetros de autonomía, bombardear Tokio y las principales ciudades japonesas, aunque llegaban al espacio aéreo nipón sin protección de los cazas P-51 Mustang que tenían mucha menos distancia de vuelo.

La ocupación del archipiélago Ogasawara iba a permitir eliminar los radares japoneses que alertaban de los raids aéreos de los B-29 al tiempo que disponer de un aeropuerto desde donde podrían despegar los cazas P-51. Para ocupar las Islas Ogasawara se planificó la operación «Detachment» que llevó a la batalla de Iwo Jima. El 9 de octubre de 1944 se dio carta blanca a la invasión de Iwo Jima, una isla en medio del Pacifico, cuyo único valor residía en su aeropuerto.

Ante el evidente ataque norteamericano se encomendó la defensa de la Isla al general Tadamichi Kuribayashi. Se evacuó a la población civil, se reforzó la guarnición con más de veinte mil hombres y se comenzaron unos enormes trabajos de fortificación: se abandonaron las trincheras de las playas para crear una tupida red de túneles, numerosos búnkeres y fortines en la zona llana del interior, en la parte montañosa y en el norte de la Isla, fabricados con cemento mezclados con lava, muy bien diseñados y sin ángulos muertos.

Un general samurai

El mayor problema para la defensa era la carencia de armamento, municiones, agua y alimentos, en buena medida por causa de la casi absoluta pérdida de control naval y aéreo de los japoneses ante la enorme capacidad de la industria militar norteamericana. Kuribayashi inculcó en sus hombres un sentido numantino ante la batalla que iba a comenzar, lo que supuso el mayor problema para los marines yanquis. El general Kuribayashi, de familia aristócrata samurai, era un soldado competente. Prohibió expresamente a sus hombres lanzarse al asalto en campo abierto, al grito de banzai, para no sufrir bajas innecesarias. La dirección del asalto a Iwo Jima se encomendó al general Holland Smith. Reunió una escuadra compuesta por 500 navíos, con 12 portaaviones y 8 acorazados, con tres divisiones de marines con 70.000, todos veteranos de la guerra del Pacífico, en total 250.000 hombres. La flota de submarinos yanqui bloqueó la isla. Los días 16, 17 y 18 de febrero del 45 comenzó el bombardeo de los acorazados norteamericanos. El 19, los dragaminas limpiaron de minas la zona mientras oleadas de bombarderos lanzaban bombas y napalm. Para el almirante Nimitz: Ninguna otra isla como Iwo Jima hubo antes recibido semejante bombardeo preliminar.

A primeras horas de la mañana los marines llegaron a las playas en sus lanchas de desembarco sin recibir fuego japonés. Kuribayashi había ordenado comenzar el fuego solo cuando los marines se hubiesen adentrado en el interior de la isla.

El combate

Una hora después del primer desembarco la playa se había convertido en un amasijo de marines, vehículos, artillería, cajas de municiones y material de todo tipo. Es en este momento cuando la artillería japonesa entró en acción sobre los pocos metros de anchura de la playa, ocasionando muchas bajas y pérdidas importantes de hombres y material. La playa estaba delimitada por terrazas de ceniza blanda, con elevadas pendientes de hasta cuatro metros de altura, que dificultaban salir de ella. Un terreno donde las botas de los infantes se hundían en el polvo, lo que provocaba que los marines resbalasen al intentar trepar por las laderas arrastrados por el peso del equipo. Los jeeps y camiones, cañones autopropulsados y los carros de combate Sherman se vieron durante muchas horas atascados en las playas sin poder apoyar a su infantería y bajo fuego enemigo. Las tropas que habían logrado avanzar al interior se encontraron con una resistencia que surgía a su retaguardia que no se esperaban.

A primeras horas del día 20 de febrero se rea-nudaron los desembarcos de marines protegidos por el fuego de cobertura de la escuadra que bombardeó el monte Suribachi. El día 21 de febrero de 1945 los marines se lanzaron al asalto del monte encontrando mucha resistencia. El 23 los infantes de marina culminaron la escalada asaltando las posiciones enemigas, armados con granadas de mano y lanzallamas y lograron izar su bandera en lo alto de su cima. Cuando desde los barcos vieron ondear la bandera en el Suribachi las sirenas de los buques celebraron lo que parecía la victoria. Sin embargo, el control completo de la isla no se alcanzó hasta el 26 de marzo, un mes más tarde. Durante las semanas posteriores a la toma del Suribachi, la batalla se prolongó para lograr el desalojo a los japoneses de sus posiciones en un paisaje de quebradas, montículos..., repleto de cráteres y barro, fruto de los intensos bombardeos, sembrados de pozos de tirador, búnkeres, túneles y de casi invisibles fortificaciones japoneses.

Fuego y sangre

En el mes que duraron los nuevos combates el avance, la limpieza de la isla, se convirtió en una pesadilla y una sangría para ambos contendientes. Nadie daba cuartel luchando a la bayoneta y a golpe de granada. Los lanzallamas y las armas automáticas segaban la vida de los japoneses que no cedían terreno. La artillería norteamericana limpiaba una posición nipona, pero los soldados del Emperador salían de sus túneles y la volvían a recuperar convirtiendo el avance y limpieza de cada metro de Iwo Jima en una batalla campal. Era el infierno.

La resistencia japonesa fue sin cuartel. Los soldados nipones, una raza de guerreros, pasaron varios días antes de su derrota sin comida ni agua, teniendo que beber de los charcos y comer lombrices, insectos y todo lo que caía en sus manos. En la noche del 25 de marzo de 1945, cuando todo estaba perdido, un grupo de unos 200 soldados japoneses, los últimos supervivientes, comandados por el propio general Kuribayashi, se lanzaron a un ataque suicida, a la bayoneta, contra las posiciones de los estadounidenses en uno de los campos de aviación al norte de la isla, enfrentándose cuerpo a cuerpo con marines del 5.º batallón, ingenieros y pilotos, prologándose el combate hasta el amanecer. Esta última acción supuso la muerte de todos los japoneses y causó 100 muertos y 200 heridos entre los estadounidenses. El cuerpo de Tadamichi Kuribayashi nunca fue encontrado.

Al día siguiente, el alto mando estadounidense declaró la isla de Iwo Jima bajo su control definitivo. Las fuerzas norteamericanas sufrieron 24.480 bajas de las cuales 4.197 fueron muertos directos en los enfrentamientos, 19.189 heridos y 418 desaparecidos. Posteriormente, 1.401 heridos fallecieron como consecuencia de las heridas recibidas. Por parte japonesa resultaron muertos 20.703 soldados, prácticamente la totalidad de la guarnición de Iwo Jima, entre los cuales estaba el general Kuribayashi, y fueron hechos prisioneros únicamente 216 soldados nipones.