Crítica de ópera: el arte de la estilización

Obra: Beethoven: «Sonatas nº 30, op. 109, nº 31, op. 110 y nº 32, op. 111». Intérprete solista: Igor Levit, piano. Patio de los Arrayanes, 20-VII- 2020.

Volvíamos al poético marco de los Arrayanes, esta vez para abismarnos en el universo de las últimas “Sonatas” para piano de Beethoven y para escuchar por primera vez en vivo al pianista alemán de origen ruso Igor Levit, uno de los nombres que más están dando que hablar en relación con ese grupo de composiciones. Hemos podido comprobar “in situ” algunas de sus cualidades más evidentes: fácil dominio de la digitación, ataque a la nota de rara precisión, control de dinámicas apabullante y un infalible olfato para analizar y desentrañar los pentagramas.

Son cualidades fundamentales, aunque no suficientes, si no van acompañadas de otras como musicalidad, fraseo, calidad del sonido o expresión. Levit nos ha parecido que ha dado la talla también ahí aunque pueda discutirse la elección de ciertos “tempi”, la impenitente búsqueda de efectos contrastantes, en una extrema aquilatación agógica que pudieran parecer a algunos excesivamente caprichosos. Claro que en la interpretación de una partitura, que es al fin y al cabo un libro abierto que presenta mil posibilidades, eso siempre es difícil de concretar.

El pianista acometió la “Sonata nº 30 en mi mayor” de manera muy prudente, rumorosa, lejos del prefijado “Vivace ma non troppo”. Apenas un resplandor. No apretó tampoco el acelerador en el subsiguiente “Prestissimo”, que desarrolló con frecuentes retenciones y gama dinámica muy amplia. Las variaciones del “Andante molto cantabile” fueron expuestas de forma cristalina, atendiendo a un clasicismo revisitado. Naturalmente, el cariz de la interpretación de la “Sonata nº 31 en la bemol mayor” fue de otro signo. Nos pareció respetuosa y siguió con presteza, en el primer movimiento, la indicación “con cantabilità”. Sonido espejeante, de consistencia delgada, fraseo estilizado y elegante.

Certeros los acordes del “Scherzo”, frases esculpidas casi con delectación en el sombrío “Adagio” y firme construcción la de la “Fuga” inicial, “Allegro”, del “Finale”. Los distintos estratos del movimiento fueron expuestos sin disidencias. La transición hacia la segunda parte, de la “Fuga”, marcada por esa sucesión de acodes en crecimiento -la “exclusa que se abre”, que decía Romain Rolland- fue magistralmente acometida. Cada voz se nos ofreció con absoluta claridad, lejos de la premura y del atosigamiento. Cierre en belleza.

Aunque desde nuestra lejana posición en el espacio al aire libre de los Arrayanes, el sonido nos llegaba muy matizado, no perdimos comba y pudimos seguir sin pestañear la recreación de la extraordinaria despedida beethoveniana de la “Sonata nº 32 en do menor”. El lóbrego y premonitorio “Maestoso” nos dio ya la pauta. Impecable Levit en la formulación, a partir de un demoledor trémolo, del “Allegro con brio ed appassionato”, que se nos ofreció límpido, sin desconocer los acentos rotundamente tempestuosos del desarrollo. El tema de la “Arietta” se nos brindó, como debe ser, morosamente, limpio de polvo y paja. Cada variación tuvo lo suyo y el pianista supo resaltar, por ejemplo, los contratiempos “jazzísticos” y el curioso galope de la tercera. Levit, tras los portentosos trinos, terminó musitando las últimas estribaciones de la espiritual melodía.