Omaha, la playa ensangrentada de Normandía

Por muchos discursos que hubieran recibido las tropas, es poco seguro afirmar que aquellos hombres pensaban en la importancia vital de su misión

En medio de un estruendo ensordecedor en el que se mezclaban los fogonazos de las barcazas lanzacohetes, los estallidos de los proyectiles de los grandes buques de guerra y el rugir de los motores, las lanchas de asalto, llenas de combatientes estadounidenses, viraron para dirigirse hacia la playa. “La mayoría de los que iban a bordo de mi nave estábamos mareados –contaría después uno de los soldados–. Recuerdo haberme inclinado sobre la borda, y que alguien gritó ‘¡Agacha la cabeza o te matarán!’. ‘Me muero, de todos modos’ me suena haberle contestado. Allí estábamos, todos enfermos, en cabeza de la oleada de asalto, y no había un solo cráter de [en toda la playa] en el que pudiéramos meternos. Nos dirigíamos directamente hacia el fuego de ametralladora. Esa es mi definición del infierno”.

Un ligero crujido anunció que la lancha había tocado el fondo arenoso de la playa. “Los hombres saltaron al agua, que les cubría hasta los hombros –informó un capitán de la primera oleada–, sometidos a un intenso fuego de ametralladoras y piezas contracarro. Acababa de saltar el último cuando el barco recibió dos impactos de proyectiles antitanque. Creemos que ardió y estalló”. Por mucho que se les hubiera explicado la importancia de lo que iban a hacer, por muchos discursos recibidos de sus generales, es muy poco probable que aquellos hombres pensaran, en ese momento, en la importancia de su misión. En aquella playa desconocida, cuyo nombre en clave era Omaha, la mayoría solo quería sobrevivir.

Para los soldados estadounidenses, recién trasladados a Europa, las cosas se pusieron serias nada más llegar al viejo mundo. Los entrenamientos, a menudo con fuego real, fueron terribles, casi diez mil hombres morirían durante los mismos, y no solo por errores de fuego amigo. En abril de 1944, varias las lanchas torpederas alemanas aparecieron en medio del convoy que estaba trasladando a los hombres que iban a participar en el Ejercicio Tiger, en las playas de Slapton Sands, y hundieron al menos tres de los buques de asalto. El incidente se mantuvo en secreto, tanto que incluso a fecha de hoy las cosas no están claras del todo.

Mientras que algunos autores sitúan el bombardeo naval contra las tropas propias que también se produjo en este entrenamiento en la jornada siguiente al ataque nocturno de la Kriegsmarine, otros lo sitúan en el día anterior. La tensión aumentó entre finales de mayo y primeros de junio, cuando se cerraron los campamentos y los combatientes de la 4.ª (Utah), 1.ª y 29.ª (Omaha) divisiones de infantería, fueron informados de que eran la punta de lanza de la invasión de Europa.

Tras el traslado, rápido y sin contacto alguno con otras personas, y el embarque, los hombres zarparon. Todo estaba listo menos el tiempo. Una tormenta sobre el canal obligó a retrasar la operación durante veinticuatro horas, el 6, en vez del 5 de junio de 1944, pasaría a ser uno de los días más conocidos de la historia militar contemporánea. Los hombres cargaron su equipo y se dispusieron en las lanchas de asalto antes del amanecer. El alba del Día D los sorprendió en el mar, rumbo a sus destinos. Mientras que el asalto a la playa Utah iba a ser sencillo y poco cruento, la muerte esperaba a los que iban a Omaha. El infierno, como ha narrado el soldado, se desencadenó antes de llegar a tierra.

El cine y la literatura han tratado de mostrarnos en múltiples ocasiones cómo fueron aquellos minutos terribles, aunque el espectador no pueda llegar a sentir nunca el verdadero peligro, el verdadero pavor al que sobrepusieron aquellos hombres mientras se dirigían hacia las fauces del Ejército alemán. “Pude ver a todos los hombres de mi compañía –volvemos a la narración del capitán antes citado– vadeando hacia la costa en medio de un denso campo de tiro de ametralladoras, fusiles, cañones contracarro y morteros. Debido al mar agitado, a la corriente transversal y a la pesada carga que portaban los soldados, nadie era capaz de correr, solo ejecutaban una marcha lenta y metódica, sin lugar alguno en el que cubrirse […]. Cayeron combatientes a izquierda y derecha, y el agua enrojeció de sangre. Algunos se toparon con algún tipo de mina situada bajo el mar, y volaron fuera del agua […] pero los supervivientes siguieron avanzando y, al final, llegaron al terraplén de guijarros”.

Situado al final de la playa, los que habían llegado hasta allí solo habían sobrevivido a la primera parte de la ordalía. Aún quedaba cruzar el alambre de espino y ascender hasta las alturas donde estaban las posiciones de los defensores. Había comenzado la liberación de Europa y, en el futuro los supervivientes recordarían con orgullo aquellas horas, y las arengas que les habían explicado la importancia del arriesgado asalto. Más allá del miedo, eran veteranos de Omaha, los primeros en asaltar la fortaleza europea de Hitler, y en iniciar la liberación del continente.

La cara oculta del Día D

El desembarco de Normandía fue sin duda una de las operaciones militares más intensamente preparadas de todos los tiempos. Durante más de un año, los planificadores, dirigidos por el general Frederick Morgan, sopesaron pros y contras, estudiaron las posibilidades, evaluaron las necesidades y vigilaron la acumulación de hombres y materiales para un asalto que no todos creían que fuera a funcionar, mientras que los que sí creían en el éxito, interiorizaban el hecho de que el precio a pagar sería caro en vidas. Entretanto, en Estados Unidos, los soldados se habían entrenado, concentrado en Nueva Jersey y viajado, en la mayoría de los casos desde el puerto de Nueva York, hasta su destino en Inglaterra. Solo sabían que iban a la guerra, pero dónde y cuándo, era un secreto.
En el Reino Unido, los primeros días habían estado llenos de emociones. Para los ingleses eran como una oleada de extraterrestres, equipados con todo tipo de dádivas increíbles como caramelos o barritas de chocolate, a los que había que sumar artilugios tan extraños como los Pinballs, o las Jukebox. Con ellos, la isla asediada se llenó de una alegría refrescante y no serían pocos los escarceos y las peleas. Lord Haw Haw, el comentarista inglés de la radio nazi que emitía desde Berlín, llegó a ironizar con lo que estarían haciendo las esposas de los combatientes británicos que luchaban en ultramar con tantos jóvenes americanos sueltos por sus ciudades de origen. Mientras, para aquellos jóvenes, y sobre todo para sus jefes, se trataba de que se sintieran como en casa. Les trajeron orquestas, películas, todo tipo de lujos. En el fondo, nada era demasiado para quienes estaban destinados a ser la vanguardia de las fuerzas aliadas en Francia.

Para saber más:

“Normandía (II). Utah y Omaha”

Desperta Ferro Contemporánea n.º 41

68 páginas

7€