Lee Krasner, ni Jackson Pollock pudo con ella

La exposición recorre toda la trayectoria de la artista y muestra las diferentes etapas por las que pasó

Lee Krasner estuvo casada con Jackson Pollock, pero no era «la mujer de Jackson Pollock». Autodidacta, polifacética, talentosa y más brava que el Atlántico, nació con el nombre de Lena aunque alcanzó la fama como Lee. Se definía como «mujer judía, viuda, pintora fuera de serie, gracias, y un poco demasiado independiente», porque ella era un hierro forjado por sí misma. Pertenece a esa tropa de artistas que se labran su destino, lo que es muy americano.

Durante décadas, las mujeres del expresionismo abstracto fueron suprimidas de los libros de textos o se las relegaba a menciones aisladas, menos a ella, porque ella no era una más. Tampoco fue una excepción o una cuota. Era una artista tan importante como cualquiera de sus compañeros. Tejió una obra original que partió del dibujo académico, pero enseguida reflejó las influencias de Picasso y Matisse. Y, sí, es cierto que se casó con Jackson Pollock (fue Lee quien acudió a su estudio para conocerlo), y sí, gestionó sus adicciones, temperamentos y su cotizado legado cuando él decidió elevar su nombre a categoría de mito estampando su coche en medio de una borrachera.

Pero, como se repite siempre en su caso, hubo una Lee Krasner antes de Pollock, durante Pollock y después de Pollock. Jamás supeditó su estilo y sus abundantes evoluciones a la alargada sombra de su marido, con el que compartió catorce años de vida. Y aunque hubo influencias siempre fueron mutuas, iban en doble dirección, como quieren demostrar ahora, pero lo cierto es que ninguno de ellos abandonó el carril de sus inquietudes y sus propias ambiciones.

El Museo Guggenheim de Bilbao demuestra todo esto ahora con la mayor y mejor retrospectiva que se ha hecho jamás sobre uno de los creadores esenciales del siglo XX y a la vez más desconocidos. Una colección de obras que se remontan a sus primeros retratos y que revelan las diferentes técnicas y estilos que adoptó, y que incorpora hasta sus últimos trabajos. Ahí están sus pinturas, sus pequeños cuadros, las obras de sus «viajes nocturnos» (cuando, aquejada de insomnio, pintaba de noche: por eso hay una ausencia de color mayor que en otros tramos de su evolución) y todas las autocanibalizaciones que acometió de sus propias telas y dibujos.

Una manera de avanzar sobre los postulados o ideas que consistía en destruir sus obras para refundirlas en otras nuevas. Es como si se elevara sobre ellas para llevar su arte a un nuevo estadio, porque Lee Krasner podría ser incómoda para el público más conservador pero nunca acomodaticia.