Los últimos días tóxicos de John Lennon

Mañana se cumplen 80 años del nacimiento del genio, que atravesaba una profunda crisis de existencia antes de ser asesinado: adicción, soledad y un estado casi demente. ¿Qué habría sido de su carrera si hubiese seguido con vida?

John Winston Lennon hubiera cumplido 80 años mañana… si es que hubiera logrado sobrevivir a su insana existencia. Sin embargo, Mark Chapman le mató a las puertas del fantasmagórico edificio Dakota, frente a Central Park, un gélido 9 de diciembre de 1940, poco después de que el ex Beatle acabara de celebrar su 40 cumpleaños. Fue una muerte que conmocionó al mundo y el final de una vida que emocionó a millones. ¿Qué habría sido de Lennon y su carrera de haber seguido con vida? ¿Habría seguido sacando discos tan interesantes y girando como Bob Dylan? ¿Habría llevado una carrera irregular reducida en las últimas décadas a la mitomanía como la de Paul McCartney? ¿Habría conseguido enderezar su vida y su talento, tan demolidos tras años y años de sometimiento y adicciones? ¿Habría podido volver a ser John Lennon? Todo es especulación, por descontado. Y más con alguien tan imprevisible como era este complejo hombre. Pero lo cierto es que su estilo de vida insano, el de sus últimos días de vida, no invita a realizar vaticinios demasiado optimistas. Aunque décadas de vida hurtadas cercenaron cualquier posibilidad de redención.

Tiempos de pura muerte

Lo cierto es que la vida de Lennon en sus últimos meses era pura muerte. Quedaba muy poco de aquel vitalista adolescente que había impulsado el explosivo torrente de creatividad de una banda como los Beatles, la mejor y más importante de la historia. Que cuatro muchachos de enorme talento, con Lennon y McCartney a la cabeza, lograran coincidir en espacio y tiempo solo cabe calificarlo como uno de los más grandes milagros culturales de la historia. De hecho, y en perspectiva, también cabe calificar como milagro que lograran alargar la carrera del grupo durante tantos años, pues los últimos fueron especialmente conflictivos y hasta desagradables. Entre otras causas, por Lennon. En los últimos dos o tres años del grupo, ya no se sentía un Beatle. Era McCartney quien se empeñaba en prolongar la agonía. Afortunadamente, les alcanzó para crear postreras maravillas como el álbum blanco o «Abbey Road». Pero, para entonces, Lennon solo pensaba en cómo vengarse de los Beatles sacando los mejores discos en solitario. El debate sigue abierto: ¿lo consiguió? Seguramente no. Como probablemente tampoco lo lograría McCartney. De hecho, no son pocos quienes piensan que el mejor disco de un Beatle en solitario pertenece a George Harrison y se llama «All things must pass».

Sea como fuere, es notorio el ímpetu con el que Lennon comenzó a volar solo discográficamente hablando. La Plastic Ono Band fue una gran experiencia (con canciones tan tremendas como «Mother», «Working Class Hero» o «God»). «Imagine», de 1971, fue un disco sensacional, pero «Sometime in New York City», de 1972, comenzó a poner en evidencia la tendencia a la «dispersión» que Lennon desarrollaría durante los siguientes años. Y «Mind Games», de 1973, sería una de las cumbres de su carrera, un álbum lleno de tensión y valor a pesar de no ser bien recibido por la crítica. «Walls and Bridges», de 1974, mostraría una tremenda irregularidad y el posterior «Rock and roll» solo cabe calificarlo como anécdota y anticipo de una profunda sequía creativa. Como les suele pasar a los niños, Lennon acometía con pasión las primeras etapas de un proyecto –ya fuera musical o vital–, pero muy pronto comenzaba a cansarse y aburrirse, con ganas de terminar casi de cualquier manera. Ocurría con su vertiente artística, pero también con la vital. Por ejemplo, como sucedió con su etapa de activista político, que tan poco le duró a pesar del cliché que siempre le acompañaría como símbolo del pacifismo. Desde aquel «Walls and Bridges», tardaría cinco años en publicar un nuevo disco. Sería el nada memorable «Double Fantasy», interpretado a medias con los insufribles grititos de Yoko Ono, a la postre el último que grabaría.

No se puede explicar tal sequía sin indagar en la vida de Lennon durante la segunda mitad de la década de los 70. Los detalles resultan escabrosos: padecía anorexia a pesar de atiborrarse de mermelada, hacía vida prácticamente en su cama, dormía en una habitación separada de la de Yoko Ono, en sus múltiples épocas de aislamiento se comunicaba con su mujer a través de un interfono, ambos mantenían relaciones extramatrimoniales que torturaban a Lennon, dormía a intervalos de dos y cuatro horas durante día y noche, fumaba tres paquetes de cigarrillos al día, era adicto a la heroína, se tomaba entre veinte y treinta tazas de café o té al día, tenía obsesión por la limpieza pero no quitaba los excrementos de sus adorados gatos, procuraba que no le diera la luz del sol, se afanaba por vigilar que nadie tocara su colección de dibujos y libros pornográficos, tocaba poco o nada la guitarra, no ejercía de padre, apenas veía a amigos

Aislamiento y demencia

Muchas obras maestras de la música han salido del aislamiento y de demenciales estilos de vida y depresiones. Pero no con Lennon, quien precisaba la necesidad de competir para sacar lo mejor de sí mismo, como ocurría con McCartney. Si no competía, el impulso del rencor y el orgullo también mejoraban su talento, como sucedió en los primeros años de su carrera en solitario. Sin embargo, Lennon se echó en brazos del aletargamiento, en gran medida inducido por su consumo de heroína. Entre las paredes de su habitación, el aire cargado a tortura mental consentida a la que le sometía Yoko Ono y las sábanas de su cama se iría marchitando su incalculable valor creativo.

Nadie sabría decir si las balas de Mark Chapman fueron en realidad el clavo final de su ataúd o si fue una muerte prematura que le privó de la oportunidad de redención que todo ser humano merece. «Era extremadamente famoso. No lo maté por su personalidad o la clase de hombre que era. Lo asesiné porque era muy, muy, muy famoso y esa es la única razón. Yo estaba concentrado en buscar la gloria personal. Fue egoísta», reconoció recientemente. Otra de las muchas locuras conectadas a la existencia de Lennon. La realidad es que en el invierno neoyorquino de 1940 Chapman fulminó a un músico de leyenda, con una vida que fueron muchas, producto de una psique atormentada y llena de heridas nunca cicatrizadas desde la infancia. Lo que dejó Lennon fue un legado incalculable que hoy todavía perdura entre los amantes del rock and roll. Una visión única para componer canciones que siguen siendo una cumbre contemporánea, un estilo de interpretar mil veces mal imitado y una voz más profunda que el tajo de un sable. La insólita progresión de acordes de muchas de sus canciones continúa siendo objeto de revisión. Igual que las maravillas que hacía con su voz y las ideas que se le ocurrían cuando se encontraba motivado e inspirado. Con su muerte acabó una vida y comenzó una leyenda: la del gran John Winston Lennon.