El libro maldito: «El criticón»

Esta obra, una de las más relevantes de nuestra literatura, le costó a Baltasar Gracián el exilio y la vida

El escritor pagó muy caro publicar esta obra: fue retirado a Graus, se le privó de su cátedra y se le impuso un ayuno que quebró su salud

Escribir en España es llorar. Nunca ha dado un maldito maravedí y en ocasiones hasta ha salido caro. Por estos lares, los escritores jamás han escapado de las cuitas y las necesidades gracias al oficio del punto y la coma. Y el que lo ha logrado, sobre todo en calendas pasadas, lo hacía acogiéndose a sagrado, o sea, tonsurándose la coronilla y tomando el hábito.

La sotana siempre ha sido un resguardo para protegerse de los rigores del invierno y ha procurado caldos calientes a la andorga cuando las cosas se ponían crudas, o sea, llegaban tiempos revueltos y el pan alcanzaba el precios del oro. El inconveniente venía cuando la escritura entraba en riña con la fe. O, más propiamente dicho, con los preceptos de la orden.

Baltasar Gracián pertenecía a esa clerecía culta y docta que igual te evangelizaba una tierra, que le daba por acudir a una batalla y dar cuenta de ella en la crónica pertinente. Todo permitido y aceptado. El problema es que después se le ocurrió la insensatez de discurrir por sí mismo. Mal hecho. Eso de escribir «El criticón» y que lo publicara sin el permiso de la Compañía, vamos, los jesuitas, donde profesaba la vocación religiosa, no se vio con buenos ojos. Con todo, el asunto se habría despachado con una amonestación, como en el fútbol. Pero esto es España y al que no le odia a uno, le tiene envidia el de más allá. Siempre existe alguien que te la tiene jurada. Por «a» o por «b», cualquiera sale trasquilado. A Gracián, que tuvieron que venir a reivindicárnoslo Schopenhauer y Nietzsche, le estaban aguardando para ponerlo fino unos cuantos «compiyoguis» de los suyos. Y la oportunidad pintó calva cuando se sacó de la manga «El Criticón» y puso a los pies de los caballos aquella España del siglo XVII tan soberana y enseñoreada al sacar a relucir sus hipocresías y mendicidades.

Uñas afiladas

Lo de sacar defectos sienta mal al propio y al ajeno, pero, de una manera especial, a los que van bien abastecidos y nutridos de ellos. Cuando imprimió la segunda parte de «El Criticón», Gracián se libró por los pelos de que le cayera una fina. Pero con la publicación de la tercera y última sección, ya no se libró ni por la santa caridad. Sus adversarios afilaron uñas y se dispusieron a que el religioso las pasara canutas. Lo de predicar, vale, aunque sin pasarse, debieron decir algunos. Gracián publicó uno de los mejores libros de nuestra literatura, una obra honesta, valiente, muy sentenciadora y copiosa en decires y sabidurías, pero lo pagaría. Sus enemigos tomaron prestanza en denunciarle y en apretar a los mandos para que las medidas contra él fueran enérgicas. Le retiraron la cátedra, el ejercicio de la docencia, lo exiliaron a Graus y, por si no era poco, le impusieron un ayuno que le abrió una honda crisis personal y lo enfermó. Ninguna broma. Pidió abandonar la compañía y se lo negaron. A los meses, falleció. Leer es un divertimento, pero escribir, nunca. Es casi una fe.