Un hombre y su esclavo, unidos por la lava del Vesubio

Los cuerpos de dos hombres han aparecido de manera inesperada en la villa Civita Giuliana de la ciudad sepultada

Todo descubrimiento en Pompeya tiene un aire como de película apocalíptica en diferido. Uno se imagina al ver esos cuerpos cómo fue, qué sentirían, si había alguna escapatoria o dónde estaba el héroe y salvador cuando se le necesitaba. Pompeya era un importante paso para las mercancías que llegaban a puerto y eran enviadas a Roma. La gente vivía bien allí, tranquilos, con sus villas, sus tascas, sus termas, su teatro, su prostíbulo y sus esclavos. Parecía predestinada para la tragedia si la lleváramos a la televisión y se proyectase un domingo por la tarde después de comer.

El clímax llegaría un 25 de octubre, que había amanecido como un día cualquiera, cuando primero una erupción y después una réplica aún más devastadora arrasaron la urbe. El Vesubio no tuvo piedad de nadie, las clases sociales desaparecieron en ese instante. Parece todo un guión de Hollywood, pero es que ocurrió así. El último hallazgo lo demuestra: un amo y su esclavo yacen en el suelo con un sentido trágico tan romano que parece elegido para la ocasión. Uno vestido de forma más suntuosa y el otro con lo que tenía a mano, cada cual según sus posibilidades, pero igual de muertos al fin y al cabo.

Que la película la hayan repetido mil veces no significa que no queramos volver a verla. Sobre todo cuando el cartel nos lo presentan con esas figuras tan perfectas, víctimas de una tragedia que nunca deja de enganchar. El visitante que llega a Pompeya a menudo piensa que los cuerpos son descubiertos tal cual se exponen, y no es así. Lo que se encuentran son restos óseos y cavidades, que son rellenados con yeso, tal y como lo hizo por primera vez en 1867 el arqueólogo italiano Giuseppe Fiorelli. Ha pasado siglo y medio y la técnica sigue siendo la misma. Lo impactante es que en los últimos 50 años no se habían podido reconstruir de forma tan precisa dos figuras humanas como estas.

Lo que ven es a un individuo de unos 30 o 40 años y 162 centímetros de altura, que viste una túnica o capa. Bajo el cuello se perciben perfectamente los pliegues de una prenda de lana que le llegaba a la cintura, usada los patricios de la época. Era uno de esos pompeyanos que disfrutaban de la vida hasta que explotó el Vesubio. A su lado se encuentra un joven de entre 18 y no más de 25 años, vestido con una tela más corta. Medía 1,56 metros, pero lo que evidencia su origen plebeyo son una serie de aplastamientos en la columna, nada habituales para su edad, si no fuese porque se veía obligado a realizar trabajos forzados. Era uno de esos que permitían que los otros pompeyanos disfrutaran de la buena vida.

“Hemos tenido suerte porque el vano por el que hemos encontrado los cuerpos había pasado invertido durante las primeras excavaciones del siglo XX”, manifestó Massimo Osanna, director del Parque Arqueológico de Pompeya. Los dos hombres permanecían en la villa suburbana Civita Giuliana, una privilegiada finca con vistas al mar en la que hace tres años ya descubrieron los restos de tres caballos con sus sillas de montar, que tampoco lograron huir a tiempo. El hallazgo en esta ocasión cobra más importancia en un año en el que los ingresos se han desplomado tras el cierre del parque debido a la pandemia. Los cadáveres se habían refugiado en una especie de sótano, probablemente tratando de esquivar la lluvia de piedras que había provocado la erupción. No eran conscientes como nosotros, que conocemos el final, que ante una corriente de magma quienes están más abajo terminarán ahogados por la lava y cubiertos por las cenizas.

La doble vida de Pompeya

La asombrosa Pompeya sigue deparando hallazgos que acrecientan la fascinación por la ciudad perdida y reencontrada a los pies del Vesubio. Doble es la vida de esta ciudad, más allá de la muerte y de la lava, como en la peripecia de la mítica Ariadna, princesa cretense que, tras ayudar a Teseo a vencer al monstruo del Laberinto y ser abandonada por el héroe ateniense en Naxos, fue rescatada y divinizada por Dioniso. Precisamente acaba de aparecer un fascinante nuevo fresco del héroe Teseo abandonando a la joven durmiente, cuando la pintura pompeyana hacía énfasis precisamente en esa “segunda vida” de la joven, rescatada del sueño, metáfora de la muerte, por el dios.
Y ese leitmotiv nos recuerda el otro gran hallazgo arqueológico de estos días, que revive e inmortaliza la microhistoria de dos hombres cuyos cuerpos, íntegramente conservados en la lava en aquella noche aciaga del año 79 (seguramente el 24 de agosto), han sido encontrados ahora. Un hombre de unos 40 años y otro de quizá 18, seguramente su esclavo, aparecieron en posición supina y con las manos en el pecho, casi intactos, pese al paso de las edades: incluso pueden notarse los pliegues de sus ropas en el momento en que les sorprendió la muerte. Como Ariadna, Teseo y el Minotauro –el mito de eterno retorno– la sombra del Vesubio que todavía se cierne ominosamente sobre el valle de Pompeya sigue deparando sorpresas y logrando que la vida de hace dos milenios vuelva a la luz.
David Hernández de la Fuente