El productor, distribuidor y exhibidor Enrique González MachoJuanJo MartinEFE

Enrique González Macho: “Mis ex colegas del cine cambiaban de acera al verme”

El productor rompe su silencio tras el «escándalo» de la compra de entradas con resolución judicial a su favor y un libro de memorias cinéfilas: “Mi vida en V.O.” (Atticus)

Hace ya un lustro, a finales del año 2015, el delicado equilibrio del cine patrio se veía sacudido por un terremoto inaudito: un grupo de productores, en connivencia con distribuidores y exhibidores, habría participado supuestamente en la compra activa de sus propias entradas para inflar la taquilla de sus películas y acceder así a las subvenciones del Ministerio de Cultura.

Si bien la práctica no era ilegal y estaba casi extendida de forma generalizada, sí se habían detectado irregularidades a través de «sesiones fantasma» en cines que ni siquiera existían. Asentada la polvareda del escándalo, los focos mediáticos se centraban sobre el que había sido director de la Academia de Cine hasta hace apenas unos meses antes de que se conociera el supuesto entramado: Enrique González Macho (Santander, 1947). Después de besar la lona que otrora fue alfombra roja y aguantar que ex compañeros «se cruzaran de acera» si le veían acercarse o pidieran otra mesa si le tenían cerca en un restaurante, como él mismo cuenta (diciendo en voz alta «aquí huele a mierda»), el productor y distribuidor ha decidido romper su silencio en «Mi vida en V.O.» (Atticus), una especie de colección de recuerdos cinéfilos escritos con la ayuda de la crítica e informadora cinematográfica Begoña Piña.

«Cuando jarreaba, yo preferí quedarme bajo el paraguas», explica un González Macho que nunca negó el sistema de compra de entradas pero que presenta sus memorias con la primera de las resoluciones judiciales del caso a su favor, quedando absuelto de los delitos que se le imputaban. «Han sido los peores años de mi vida», añade antes de completar el relato: «De repente te enfrentas a la posibilidad de una condena de 350 años de cárcel y 400 millones de multa y te cambia todos los esquemas que tenías. Vas a sacar dinero al banco y resulta que está embargado. Es una pesadilla», dice compungido.

Después de serlo todo en el cine español y participar, en alguna de sus facetas, en cerca de 1400 títulos estrenados en nuestro país, el hombre detrás de «Te doy mis ojos» o «La noche de los girasoles» confiesa que llegó al séptimo arte por una mera sucesión de casualidades: «Yo nunca he tenido vocación de cine, llegué de casualidad. Es muy bonito decir que desde niño quería ser director o actor, pero yo no nací para eso. Entré en el cine por azar y sin ningún tipo de prejuicio. Es como si mañana te pones a estudiar un asunto aeronaval. Como probablemente no tienes ni idea, entras sin prejuicios ni ideas preconcebidas».

Hacia Rusia con amor

El distribuidor da pie así a hablar de uno de los capítulos más industrial y anecdóticamente interesantes de su libro, cuando narra su intento de acercamiento del cine español a la Unión Soviética: «Alta Films, compañía con la que yo me acabaría haciendo gracias a la bailarina Yelena Samarina, se fundó originalmente para traer películas soviéticas. Yo no tenía ni idea de ese cine, así que me puse a investigar y di con joyas como “Alexander Nevsky”, de Eisenstein», explica. Y sigue: «Así empezaron mis relaciones con un Moscú en el que todavía mandaba Yeltsin y que me abrió las puertas para abrir allí una sala de cine español. Mi pretensión, que luego también copiaron y con mucho mayor éxito los franceses, es que aquello fuera una especie de misión diplomática y se pudieran vender productos españoles».

Sobre la censura previa que debían pasar los filmes, cuenta González Macho que no era «tan férrea» y que lo peor era el doblaje ruso, que se solapaba con el audio original y «no se acababa de entender ni una cosa ni la otra». Esa misma censura, cuenta el productor en los primeros pasajes de sus memorias, es un «mal endémico» de nuestro país que empezó mucho antes de la llegada de Franco al poder, en los tiempos de la Segunda República: «Si uno analiza los manuales de censura, se dará cuenta de que la preservación de valores como la defensa de la familia o la patria ya existían en 1934», explica.

En su libro, en el que hay «palos» para los que considera que le «fallaron» en el pasado, incluyendo a gente del cine y periodistas, pero no hay un ánimo de revancha demasiado evidente, también hay mucho sobre el futuro de una industria que reconoce como «incierto»: «Es como si las grandes compañías intentaran volver a hacerse con toda la cadena de producción. No sé si hay una “mano negra” detrás o no, pero los movimientos industriales son bastante perceptibles y el valor artístico de las películas que hacen las plataformas todavía está en duda», explica el exhibidor antes de añadir: «El papel del Gobierno es muy anecdótico y existe un obvio abandono institucional. Yo, por ejemplo, no entiendo el arte moderno, pero lo respeto como cultura. Pues algo así debería ocurrir con el cine». González Macho, que da por concluidos sus «días de gloria» se despide con una sentencia: «La única película buena que ha hecho Netflix es “Roma” y todo se lo deben a (Alfonso) Cuarón».