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“Nomadland” triunfa con justicia, y sin diversión, en la gala de la diversidad

La 93.ª Edición de los Premios Oscar, sin los interludios musicales que se relegaron al espectáculo previo, se convirtieron en una frívola sucesión de discursos soporíferos y chascarrillos sin dinamismo

El reto, pese al contexto, no parecía de gran dificultad: cerrar los 15 meses que habían pasado desde la última ceremonia de los Oscar con un fin de fiesta que, primero animara al público a volver a las salas teniendo en cuenta el delicado momento racial que atraviesa Estados Unidos y, segundo, recordarnos esa bendita frivolidad que la pandemia nos obligó a dejar por el camino.

Al fin y al cabo, los siempre mirados en menos Premios Goya y los BAFTA lo habían conseguido. La ceremonia de la 93.ª Edición de los Premios Oscar, con el decepcionante Steven Soderbergh (”Contagio”, “Erin Brokovich”) al frente, comenzó como un tiro, con una secuencia de créditos iniciales que recordó a “Ocean’s Eleven” y que tuvo en Regina King una candidata firme a llevar el peso de la gala por sí sola el año que viene, pero se diluyeron rápidamente en favor de discursos eternos, historias personales que no iban a ningún sitio y nulo espacio para la improvisación y lo genuino.

De la vergüenza al bostezo

Lo blanco y raso de la gala se hizo obvio cuando, pasada la hora desde el inicio oficial, solo “La madre del blues” había repetido premio y los grandes candidatos esperaban con ansias poder recoger la primera estatuilla.

Discursos como el de Thomas Vinterberg, que ganó el Oscar a la Mejor Película Internacional por “Otra ronda”, se sintieron distantes, pese a la emotividad, en un año en el que todo el mundo ha perdido a alguien, aunque sea en la distancia. La vanidad, pues, quedó en un plano demasiado obvio, como si el “star-system” de Hollywood se hubiera permitido por una noche hablar de sus problemas más banales.

De hecho, ni siquiera el reciente juicio por el asesinato policial de George Floyd “animó” las proclamas, ya que solo King y Tyler Perry tuvieron el arrojo de protestar de algún modo.

La hecatombe del “qué hay de lo mío”, llegó con el triunfo de “Mi maestro el pulpo” o “Lo que el pulpo me enseñó” (ni Netflix se aclara con la traducción). El documental sobre un hombre extremadamente pudiente que un buen día se aburrió y se hizo amigo de un octópodo se impuso a historias sobre el encarcelamiento masivo de la población negra (”Time”) o la pandemia de la soledad entre los ancianos (”El agente topo”) en uno de los episodios más vergonzosos de la historia de los premios. Uno se llega a preguntar, contrariado, si la burbuja en la que dejamos vivir a nuestro firmamento no se estará quedando sin aire.

La justicia, al menos, se hizo verbo con las decisiones concernientes a la ficción, donde la “Nomadland” de Chloé Zhao se alzó como la gran triunfadora de la noche. La directora asiática no solo rompió barreras como la séptima directora en ser nominada en más de 93 años de historia, sino que además se convirtió en la primera mujer asiática en conseguir la estatuilla (Kathryn Bigelow la ganó en 2004).

Su película, ese triunfo de la libertad individual que a veces romantiza la pobreza y a veces la denuncia rabiosa, supo jugar en la ambiguedad del valle de las estrellas y también ganó el premio a la Mejor Película en una decisión de consenso como hace años que no se veía entre los votantes, quizá remontándonos a la gala de “Spotlight” (2015).

La guinda final, para sorpresa de muchos incluyendo a quien les escribe estas líneas con una sonrisa de oreja a oreja, fue el tercer Oscar a Mejor Actriz para Frances McDormand (”Fargo”, “Tres carteles a las afueras”), que no solo refrenda una de las carreras más ilustres de la historia de los Oscars sino que la empuja como productora, ya que levantó la película desde los cimientos del libro de Jessica Bruder (”País nómada”).

“Mank” y “Una joven prometedora”, grandes perdedoras de la noche

En el lado del cuadrilátero al que le duele la campana, por aquello de las toneladas de millón en inversión, se situaron “Mank” y “Una joven prometedora”, como grandes perdedoras de la última edición de los Oscar.

La primera pretendía reivindicar la obra maestra de un señor blanco, comodón y borracho; la segunda, quería hacer un tratado del feminismo moderno partiendo de preceptos ya anticuados y dando al pop una nueva Joker, una nueva Tyler Durden con la que llenar camisetas para que las nuevas generaciones las interpreten “regulinchis”. Las dos, crecidas en su soberbia presupuestaria, se dieron de bruces contra la pobreza “cuqui” de la película de Zhao que en cualquier paisaje de Arizona mal enfocado respira más cine de guerrilla que sus competidoras. Su derrota demostró que es imposible ganar en convocatoria al cine social... O al menos al que aparenta ser social.

Si bien la película de Fennell se hizo con el Oscar al Mejor Guion Original, celebrado por la bancada “lanadelreyista” y la de David Fincher se hizo con los dos técnicos de más peso (Fotografía y Diseño de producción), festejado con igual ahínco por aquellos que creen que el cine es un club y debe exigirse etiqueta, lo cierto es que solo se pueden entender como premios de consolación en una carrera en la que llegaron a soñar con la “perra gorda”. Por eso, triunfos en lo numérico como los de “Sound of Metal”, “Soul” o “La madre del blues” se vuelven losas difíciles de superar. Pero como esto es Hollywood y, en realidad, la diversidad es más una excusa que una herramienta de crecimiento, ambos directores volverán a contar con todas las armas necesarias en la siguiente ocasión en la que lo requieran. Ya saben, cosas de la suerte sistemática que rige el negocio.

Final anticlimático, final decente

Politiqueo habitual aparte, ya que estos premios tampoco iban de la excelencia cuando loaron a esa película que guarda en el fondo de su corazón, la gala de Soderbergh bien podría resumirse como un “cambiarlo todo para que todo siga igual”.

Primero trasladó las actuaciones musicales al espectáculo previo, brindando a la alfombra roja de un dinamismo inaudito, pero ello lastró una gala en la que nos coló los dos premios honoríficos que se solían hasta entregar en la semana de la premiación y no en la ceremonia.

El truco del realizador, más que servir como plataforma contra las injusticias de un país roto, sirvió de anestesia cuando apenas alcanzábamos a coger vuelo, como si alguien, suponemos que el mismo que puso la canción más alegre del mundo en el “in memoriam”, intentara recordarnos que hay que sentirse muy culpables y “mucho” culpables.

El legítimo perreo de Glenn Close nos despertó del letargo para cuando solo quedaban tres premios por entregar y, entonces, Soderbergh se sacó de la chistera un anticlimático final... que funcionó: por primera vez en 93 años, el Oscar a la Mejor Película no fue el último en entregarse y la tensión dramática pasó a los actores.

De ahí la explosión de júbilo con McDormand imponiéndose a Carey Mulligan y Andra Day y con Anthony Hopkins, merecidamente, ganando la estatuilla a Mejor Actor y demostrando que se puede competir contra la inmejorable memoria de un recuerdo, y un pedazo de actor, como era Chadwick Boseman.

La pequeña cabriola no modificó el giro dramático de unos Oscars en clave asiática (Zhao llegó a hablar en chino para agradecer el premio; Youn Yuh-Jung se acordó de su Corea al recoger el de Mejor Actriz de Reparto), pero sí ayudó a que la sensación final fuera de celebración, de limpieza de telarañas y de comienzo de una nueva era en el cine de Hollywood. Una en la que “Soul”, película estrenada directamente en Disney+, puede hacerse con uno de los premios gordos y una en la que ponerse al frente de proyectos pausados e independientes como “The Rider” lo puedan llevar a uno (una, si somos ácratas), primero al Oscar, y luego a forrarse rodando películas de superhéroes para seguir financiando el círculo.

A los Oscars de la diversidad se les olvidó la diversión, sí, pero al menos no se les olvidó que su tarea es hacernos viajar cuando no se puede pisar el aeropuerto, hacernos sentir cuando no nos podemos tocar y hacernos amar el cine cuando ni siquiera podemos gozarlo en experiencia completa.

Si perdonan la cursilería (la de la anterior línea y la fílmica), y se reconcilian con ese cine que mostraba más que indicaba, como si los juicios morales a los que las películas modernas se apuntan antes de terminar el guion fueran una moda conveniente, encontrarán en “Nomadland” la brújula del “quién demonios soy” en el que se rompieron cuando estalló la pandemia que hasta aquí nos ha traído.

El año que viene, cuando recordemos aquellos Oscar tan extraños que ocurrieron en una antigua estación de tren con la luz solar atronando las ventanas, quizá, hasta los echemos de menos en su singularidad.

De momento, lo propio es volver a unas salas (y a unas plataformas) sobre las que Hollywood ha dictado sentencia y ha servido en menú: la mejor película del año, con justicia y pese a los bostezos de la gala que así lo confirmó, es la de una mujer que decidió ser más que sus circunstancias. Tal y como los Oscars de la pasada madrugada.

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