Luis Gil, muerte de un helenista
Fallece el catedrático emérito de Filología griega y doctor honoris causa, un curioso insaciable y ejemplo de entrega
Antonio Alvar Ezquerra

La noticia de la muerte de D. Luis Gil me sorprende lejos de mi casa y me llena de tristeza. Su desaparición deja un vacío irremediable pues él fue para mí -y para muchos filólogos e historiadores de mi generación- un referente del trabajo bien hecho, de la pasión por el saber y de la hombría cabal. Lo conocí en los primeros setenta, cuando comencé a estudiar Filología clásica en la Universidad Complutense y desde entonces, aunque no con la frecuencia que hubiera deseado, gocé de su magisterio. No es este el momento de recordar los inagotables hitos de su quehacer académico, de sus publicaciones incontables, de los premios, honores y distinciones recibidos.

Me basta con evocar al hombre que marcó con su ejemplo lo que debe ser un profesor universitario de los pies a la cabeza: su insaciable curiosidad por el saber le llevó desde la entomología -siguiendo las huellas paternas-, eso sí, pasada por la filología, cuyo fruto más notable y poco seguido fue su Tesis doctoral sobre los nombres de insectos en griego antiguo, hasta el espionaje contra el turco por parte de los Austrias hispanos con ayuda de los persas, pasando por Aristófanes y Sófocles, por Platón y Luciano, por el mundo del Nuevo Testamento o por estudios ya clásicos sobre la inspiración o la censura en el mundo antiguo. Pero quizás de entre todos sus libros el que ha tenido más impacto ha sido su monumental obra sobre el humanismo español, en el que hemos bebido y aprendido varias generaciones de filólogos.

Hace unos años, cuando yo preparaba una obra de conjunto para conmemorar el quinto centenario de la Biblia Políglota Complutense, le pedí que hiciera un capítulo sobre el griego de la colosal empresa cisneriana. Su aportación fue mucho más allá de lo que yo hubiera podido imaginar. Trabajó con una entrega y con un interés admirables en una persona que ya no tenía que preocuparse ni por su curriculum ni por la obtención de una inminente plaza universitaria. Él era así: cuando se trataba de trabajar, lo hacía con una dedicación absoluta. Pero también con un sentido del humor impagable, con el que hacía siempre gratísima su compañía: “Que sea la última vez, Alvar, que haces trabajar a un jubilado”, me dijo, con esa voz socarrona que tantas veces hemos podido disfrutar.

Hoy nos ha dejado para siempre. Ya no volveré a compartir con él las reuniones en el Patronato de la Fundación Pastor. Ya no podré admirar su sabiduría, su sentido del deber, ni tampoco su saber estar entre amigos, porque eso nos hacía sentir a quienes no éramos sino sus discípulos. En este momento último, tan solo puedo balbucear con emoción: “Gracias por todo, D. Luis”.