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ARCO, el arte de vender

Se vende, y a buen ritmo. Es lo que comentan buena parte de los galeristas de la feria. Las paredes se van llenando de puntos rojos. «Parece que volvemos a respirar», aseguran

  • En la galería Espacio Mínimo las ventas han ido a buen ritmo y los galeristas que la regentan están satisfechos
    En la galería Espacio Mínimo las ventas han ido a buen ritmo y los galeristas que la regentan están satisfechos

Tiempo de lectura 4 min.

24 de febrero de 2018. 14:39h

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Pedro Alberto Cruz Sánchez,  P.A. Cruz Sánchez/G. Pajares.  24/2/2018

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Los puntos rojos, pequeños gomet al lado de las obras de arte, señalan que la pieza ya tiene comprador. Unas los lucen y otras los omiten, no sabemos muy bien por qué. Los galeristas han montado sus cinco días de feria y no quieren escuchar hablar de «Presos políticos» (Carlos Urroz, director de la feria, asegura que lo que han aprendido del «caso Sierra» es «que eso no sehace») sino de lo que les ha traído hasta Madrid, que se resume en un verbo: vender. Helga de Alvear lo dijo el martes, que a eso se viene a ARCO. Y así es. En la galería Espacio Mínimo han seguido este año con la tendencia de 2017, que era vender todos los días y muy bien. «No nos vamos a visitar porque no paramos en el stand», asegura Luis Valverde, el 50 por ciento de la galería. Han vendido bastante, unas 14 piezas en la galería y no menos de diez en la feria, entre ellas una obra de Moraza a un coleccionista español y una de Liliana Porter de 60.000 euros a una coleccionista colombiana. Y al Perez Art Museum de Miami, también.

Baltasar Lobo, al alza

Seguimos: Javier Álvarez y Fer Francés no se pueden quejar. El primer día vendieron una docena de obras y la tendencia se mantiene. Con Mark Ryden y Alex Katz van bien servidos. Los stands impolutos de Guillermo de Osma y Leandro Navarro son exquisitos. Ahí también se vende. Baltasar Lobo, por ejemplo, un clásico de primera. Los mismo que los hermanos Fernández Brasso, optimistas siempre. «Hay muy buenas vibraciones y se va vendiendo. Hay más pintura de calidad y menos tontería», comentan. Damián Casado, de Casado Santapau, habla de una «increíble efervescencia. Hemos empezado muy bien», comenta. No hay duda de que una feria es para vender, no para pergeñar nuevos discursos que reorienten el futuro del arte –declaran los galeristas. Y si de lo que se trata es de vender, sí parece que esta edición está dejando contentos a los principales expositores –aquellos que marcan tendencia y establecen el estado de ánimo generalizado. Algunas galerías, incluso, comentan que el año pasado ya rompieron su techo de cristal en cuanto al precio máximo de obra vendida, y que en esta edición están consolidando el terreno conquistado. Cierto es que, en el caso de los expositores más pequeños, las operaciones no se cierran con tanta rapidez como sucede con las grandes marcas, y habrá que esperar al final de la feria para evaluar los rendimientos de este «segundo nivel».

¿Cuáles son las razones de este moderado optimismo que cunde entre los «dealers»? En primer lugar, la simplificación del formato de la feria, que propicia una mayor focalización en la labor comercial de ARCO. Por «simplificación» cabe entender aquí la eliminación de secciones como el país invitado (que vuelve el año que viene con Perú), la mayor localización de los proyectos curatoriales, y la reducción del número de galerías hasta aproximarse a esa cifra mágica de 160, que es la que manejan ferias referenciales como Frieze. Se ha eliminado «ruido ambiental» –en el sentido literal del término– y se han priorizado los factores que deben prevalecer en cualquier feria.

Precio medio: 5.300 euros

Además, la mayor parte de las galerías han optado por un repertorio de nombres consolidados, idóneos para apartar la sensación de «apuesta arriesgada» en los compradores. ARCO no es ese tipo de feria en el que haya mucho espacio para valores emergentes y con un futuro por definir. Tampoco es un lugar en el que las «mega-estrellas» del firmamento artístico se den cita y propicien ventas de 6 o 7 cifras por una sola pieza. El precio medio de una obra de arte vendida en España es de 5.300 euros, y eso predetermina excesivamente el tipo de obra al que se puede dar salida en Arco. Con el fin, incluso, de otorgar más confianza al coleccionista, muchas galerías han optado por combinar artistas históricos ya fallecidos, con firmes valores de las últimas generaciones. Así, por ejemplo, en el stand de Espacio Mínimo conviven fotografías de Steven Arnold (1943-1994) y pinturas de Nono Bandera; o, en Max Estrella, cuelgan fascinantes imágenes de Val del Omar (1904 -1982) muy cerca de las últimas producciones de Almudena Lobera. Si a todo esto sumamos la abrumadora presencia de pintura y escultora –tradicionales «lenguajes-refugio» para aquellos tiempos económicamente convulsos y estéticamente necesitados de confort–, tendremos el «contexto de confianza» diseñado por los expositores para despertar el apetito comprador de los coleccionistas.

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