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Elogio del periodista detectivesco

Tiempo de lectura 2 min.

11 de junio de 2015. 17:50h

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11/6/2015

Nadie sabe si a comienzos de la década del ochenta, cuando se puso a escribir su primera novela, «Fiebre de caballos», una historia de amor entre un joven deportista y una vecina que se parece a la actriz Natalie Wood, Leonardo Padura pensaba que la mayor parte de su obra estaría formada nada menos que por el género policiaco. Lo cierto es que el reciente Premio Príncipe de Asturias de las Letras, que en aquel entonces era un periodista que llevaba más de tres años trabajando como redactor de un mensuario cultural llamado «El caimán barbudo» y que colaboraba en un periódico llamado «Juventud Rebelde», sólo sabía una cosa: que no tenía ni idea de cómo se escribía una novela, ya fuera ésta del género policiaco o no, pero que bien merecía la pena intentarlo.

Más de treinta años han pasado desde aquel día y todo parece indicar que en todo este tiempo el autor cubano, que no dejó de dedicarse al periodismo, no sólo aprendió a escribir ficción, sino que aprendió a hacerlo, además, muy bien. Ocho novelas traducidas a más de veinte idiomas y protagonizadas por un policía desengañado y bastante escéptico como el teniente Mario Conde, que debe enfrentarse a casos que pincelan la sociedad cubana contemporánea con mucho ingenio y que se ha convertido, con el paso de los años y de los libros, en toda una referencia para los amantes del género policiaco, son una prueba suficiente de ello. Novelas como «Pasado perfecto», que inició la serie del conocido teniente en 1991; como «Máscaras», donde «El Conde», como lo llaman sus amigos, investiga la muerte del hijo de un diplomático del régimen castrista; o como «Adiós, Hemingway» o la tan aclamada «La neblina del ayer», donde el teniente, alejado del cuerpo de Policía y dedicado a la compra y venta de libros usados, se inmiscuye en los bajos fondos de La Habana tras la estela de una cantante de boleros de los años cincuenta, demuestran que Padura es un escritor de primer nivel, con muchos años de oficio a sus espaldas en el arte de la novela policiaca.

Un oficio que también supo despuntar en novelas que nada tienen que ver con el género policiaco, como la estupenda «El hombre que amaba a los perros», en la que el autor entrelaza la vida de Ramón Mercader, asesino de Trotsky, con la vida de su víctima, en una trama que recorre el siglo XX y se detiene en lugares como Barcelona, México, Moscú y Cuba para componer un fresco intenso de la historia más reciente. Lo mismo puede decirse de «La novela de mi vida», un proyecto ambicioso en el que Padura recrea el Caribe de la época colonial a través del poeta José María Heredia. Nadie sabe si a comienzos de los ochenta, cuando escribió su primera novela, Padura pensó que alguna vez recibiría el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. En cualquier caso, tres décadas después de su primer libro, Padura seguirá teniendo dudas sobre las novelas, pero al menos tiene, ahora, una certeza: que la única manera de escribir es trabajar hasta el agotamiento.

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