Cultura

Fusilado por confesar a José Antonio Primo de Rivera

¿Quién fue José Planelles, el clérigo que ofreció su vida para salvar la del fundador de la Falange Española?

Fotografías de la ficha policial de José Antonio Primo de Rivera
Fotografías de la ficha policial de José Antonio Primo de Rivera
La fecha: 1936. Examiné en su día el receptáculo donde se conserva un trozo del cráneo y del fémur de José Planelles Marco, el sacerdote que confesó a José Antonio.
El lugar: Alicante. «Hoy he confesado a uno que va a morir por todos nosotros», dijo el sacerdote tras absolver a José Antonio al cabo de cuarenta y cinco minutos.
La anécdota. Planelles fue incluido en la «saca» por el único motivo de haber confesado a José Antonio, pues en su bolsillo conservaba el documento absolutorio del Tribunal.

Mientras investigaba en su día para componer mi libro «Las últimas horas de José Antonio», que Planeta lanzará en bolsillo este miércoles, tuve oportunidad de visitar el majestuoso relicario de los mártires de la Guerra Civil en la ciudad de Alicante. Y, cómo no, también de examinar el receptáculo donde se conserva un trozo del cráneo y del fémur de José Planelles Marco, el sacerdote que confesó a José Antonio Primo de Rivera la víspera de su muerte en la cárcel provincial, hace ahora 85 años.

¿Quién era en realidad José Planelles, el clérigo que ofreció su vida para salvar la de José Antonio, tras absolverle de sus pecados por la Eternidad? Ante todo, era un hombre de Dios; un valiente testigo de Cristo aun en las situaciones más difíciles y comprometidas. Nacido en San Juan de Alicante, José Planelles había cursado sus estudios en el seminario de Orihuela, ordenándose presbítero en 1910, a la edad de veinticinco años. Fue coadjutor en Pinoso, párroco en Aguas de Busot durante diez años, luego en Agost y, por último, en Alicante. Hasta que lo detuvieron el 12 de septiembre de 1936 en su casa de la calle de Cádiz, confinándole en la cárcel provincial a disposición del gobernador civil Francisco Valdés Casas.

Como no existían cargos inculpatorios contra él, una vez juzgado por el Tribunal de Desafectos presidido por Juan Francés fue absuelto en la segunda mitad de noviembre de 1936. Cuando el 19 de noviembre se solicitó la presencia de un sacerdote para confesar a José Antonio y a sus cuatro compañeros de Novelda, condenados a la pena capital, Planelles fue el único de los clérigos confinados en la prisión que se ofreció a hacerlo con una valentía y generosidad sin límites. Poco antes, Nivardo Brotóns había sido enviado por Rafael Planelles, tío carnal del sacerdote y conocido farmacéutico alicantino, para acompañar al liberado a su salida de prisión. Pero Brotóns no pudo cumplir su encargo porque Planelles se negó a traspasar el umbral del rastrillo, alegando que «estaba esperando a que le llamaran para confesar a José Antonio y sus compañeros».

El Comité Popular Provincial de Defensa había accedido aquel mismo día, mediante oficio, a que Planelles administrase el sacramento de la Penitencia al reo de muerte. Planelles contaba 51 años, pero parecía mayor a causa de la enfermedad que padecía: una lesión medular en la columna vertebral, agravada por las circunstancias de dormir en el suelo, lo cual le obligaba a caminar algo corcovado. En sus últimos días de prisión, los familiares le enviaron un colchón que no llegó a utilizar.

La confesión duró alrededor de 45 minutos y fue presenciada, a prudencial distancia, por el director Adolfo Crespo. El sacerdote impartió la absolución al penitente, arrodillado a sus pies, fundiéndose luego con él en un paternal abrazo. Más tarde, comentó: «Hoy he confesado a uno que va a morir por todos nosotros». Cumplido su ministerio, aludía así a él José Antonio en su testamento ológrafo conservado en su célebre maleta, la cual deshice por vez primera a los ojos del lector en 2011: «Me he confesado con un sacerdote viejecito y simpático, que me ha regalado el libro de los Evangelios, que ahora estoy leyendo».

La vida de José Planelles bordeó peligrosamente el abismo, hasta sumirse plenamente en él, como consecuencia de un suceso luctuoso. La capital alicantina sufrió en total dos bombardeos aéreos en noviembre, el primero de los cuales se registró el día 5. El segundo ataque aéreo, llamado «de las ocho horas», se produjo la noche del día 28, en protesta por el fusilamiento de José Antonio.

En represalia por los ataques aéreos, las turbas de milicianos asaltaron horas después la cárcel provincial y el Reformatorio de Adultos, «sacando» de los mismos a 52 presos falangistas y de derechas que fueron fusilados luego sin miramientos frente a las tapias del cementerio. Uno de ellos, Leoncio Escudero, escapó milagrosamente mientras se efectuaban las descargas, viviendo para contarlo; y otro más, Haroldo Parres Crovetto, sustituyó voluntariamente a su hijo ante el pelotón de ejecución.

José Planelles tampoco pudo escapar de la escabechina. Al parecer, por orden expresa del Comité sito en el Palacio de la Diputación fue incluido en la «saca» por el único motivo de haber confesado a José Antonio, ya que en su bolsillo conservaba el documento absolutorio del Tribunal que le juzgó. El corto viaje hasta el cementerio, a bordo del camión del Hércules Club de Fútbol, debió ser estremecedor.