Historia

Levantar los escombros

Tras el «día de la victoria» había que poner en pie un país en ruinas. La tarea fue ardua.

Tras el «día de la victoria» había que poner en pie un país en ruinas. La tarea fue ardua.

Pese a lo que aseguraba el último parte firmado por Franco en Burgos, el primero de abril de 1939 no terminó la guerra, sino que, según muchos de los estudiosos del período, comenzó la victoria. Incluso así fue en la terminología del régimen: 1939 “tercer año triunfal”, los 1º de abril, serían el “día de la victoria” y hasta 1976, el desfile de las Fuerzas Armas se denominó “desfile de la victoria”.

Comenzó la victoria para muchos, pero la mayoría de los españoles habían perdido la guerra. 25 años después, me contaba una campesina con emoción contenida que aquel 1º de abril se hallaba trabajando en la mies cuando comenzaron a repicar las campanas.

-“¡Qué buena noticia! Habíamos ganado la guerra... Yo no pude alegrarme: en mi casa faltaban mi padre y mi hermano y quedábamos una viuda con diez huérfanos, casi todos pequeños, y un porvenir amenazador porque el taller que nos sostenía estaba vacío y cerrado.”

Y así en millones de familias. El diez por ciento de la población había muerto o sufría heridas graves o se hallaba en el exilio o campos de concentración y cárceles por lo eran pocas las familias sin muertos, mutilados, exiliados presidiarios... Y luego llegarían los represaliados. La victoria, para gran parte de los españoles, era dolor, preocupación, angustia y pobreza. Y para los que perdieron, peor.

UN PAÍS EN RUINAS

Todos eran conscientes de que los tres años de guerra habían supuesto un gasto enorme. El oro del Banco de España y los metales preciosos que se pudieron arrebañar entre la población sirvieron para pagar las armas que la República compró en la URSS, Francia y otros países y los sublevados recibieron, a crédito, aún más material de Alemania e Italia, que querrían cobrar.

El país estaba destruido, fábricas, puertos, puentes, nudos de carreteras, ciudades (más de 250.000 viviendas en ruinas), habían sufrido bombardeos y destrucciones de modo que si en 1936 casi todo era un tanto anticuado y pobre, en 1939 predominaban los escombros.

El producto interior bruto, propio de un país muy modesto, descendió un 25% (hasta 1956 no se recuperó la renta per cápita anterior a la guerra anterior a la guerra); la producción cerealista descendió un 30%; la de remolacha, el 60%. España se había sumergido en la pobreza: desindustrialización, agricultura obsoleta, déficit alimentario, autarquismo deprimente y, alrededor, la Segunda Guerra Mundial. La victoria consistió en el empobrecimiento de las familias, la inflación, el racionamiento, el estraperlo, el gasógeno, la mendicidad generalizada...

Políticamente, lo que trajo la paz fue la dictadura, la privación de libertad, todas las censuras, la vinculación a los estados nazi y fascista, el peligro de la intervención exterior, nazi o aliada.

LA HORA DE LOS MUERTOS

Han pasado 80 años, pero siguen doliendo sus profundas heridas. La Transición, en aras de una concordia imprescindible para alcanzar la democracia y vertebrarnos en Europa, puso en marcha la Ley de Amnistía de 1977, aprobada por las Cortes y refrendada por la sociedad, que constituyó una de las bases de partida para un extraordinario cambio político, económico y social. Pese a ello, uno de los debates nacionales más enconados de los últimos tiempos ha sido la Ley de la Memoria Histórica y la búsqueda de responsabilidades por la guerra y la dictadura.

Pedro Laín Entralgo decía: “Es cierto, sí, que la guerra civil debe ser por todos olvidada, mas tan sólo después de haber conocido la íntegra verdad -insisto, la íntegra verdad- de lo que ella fue y porque sólo puede ser realmente olvidado lo que realmente se conoció”.

Pero el desconocimiento de la verdad no es la causa única. La Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865) es uno de los elementos que mayor controversia suscita entre los norteamericanos, pese a la exhaustiva investigación e información, al siglo y medio transcurrido y a que más de la mitad de la actual población de los EE.UU. (320 millones) es emigrante reciente o desciende de los que llegaron después de la guerra. Con ocasión del 150 aniversario del final de aquel conflicto, la CNN realizó una encuesta que, según su director, Holland Keating “muestra que aún hay divisiones raciales, políticas y geográficas sobre la Guerra Civil”.

En Francia, lo mismo: el colaboracionismo con los alemanes durante la ocupación 1940/44 constituye el asunto nacional más vidrioso y controvertido tres cuartos de siglo después del conflicto y pese a que aquella sorda guerra civil entre franceses parece más que investigada...

LAS CIFRAS DE LA TRAGEDIA

Conocer la verdad no cura las heridas, pero sin su conocimiento es imposible terminar con la fiebre. Hay que aclarar, desde el comienzo, que el cómputo de las víctimas aún no es completo ni absolutamente fidedigno, por lo que circulan cifras muy dispares.

No hay controversia importante en cuanto a los caídos en combate: 132.266 (Ángel D. Martín Rubio), 142.000 (Ramón Salas Larrazábal) y 145.000 (Hugh Thomas).

Las diferencias referidas a las víctimas civiles del terror republicano tampoco son muy relevantes y oscilan, según investigaciones solventes, entre 50.000 (Santos Juliá) y 56.577 (Martín Rubio).

Peor conocido es el terror de los vencedores. En general, presenta una ancha brecha que va desde 55.000 o 56.000 muertos (Hungh Thomas y Martín Rubio) a 80.300 (Salas Larrazábal, que incluye los fusilados hasta 1959), o a la cifra provisional de 90.194 (Santos Juliá y otros) que surge de las investigaciones comprobadas y completas de veinticinco provincias y de otras siete parcialmente investigadas, con lo que ese equipo de trabajo sugiere una proyección para toda España de unas 140.000 muertes: unos 90.000 durante la guerra y unos 50.000 en la posguerra y dictadura.

Luego están unos 50.000 muertos en las cárceles durante la posguerra; las víctimas de las calamidades de la guerra: hambre, enfermedad, pobreza extrema, que algunos autores elevan a 120.000. Unos 20.000 perecieron en el exilio por muerte vienta o por causas heredadas de la Guerra civil.

Estas cifras (520.000 en total), fruto de decenas de investigaciones, son tan discutibles como todas las demás, pero parecen próximas a la realidad pues coinciden con las investigaciones demográficas.

UN PROBLEMA CRUCIAL

Por tanto, los datos aproximados se conocen pero hay más cosas y, sobre todo, queda pendiente un asunto que favorece su manipulación y aprovechamiento político: las inhumaciones clandestinas de la represión en la zona sublevada y las fosas comunes de los fusilamientos de la posguerra. El catedrático Santos Juliá, reconocida autoridad en el período, señala: “Todavía está pendiente que los organismos del Estado den una solución al problema de las fosas y eso termina por contaminar cualquier discusión sobre el pasado. Hay una demanda social de la que no se han hecho cargo las Administraciones públicas, poniendo a trabajar en su resolución a jueces, forenses, autoridades políticas”

No se trata de escarbar en el resentimiento, sino de justicia y hasta de misericordia cristiana. Los restos de las víctimas del terror rojo fueron hallados casi siempre, enterrados, honrados; sus familias fueron socialmente reconocidas, ayudadas en algunos casos y su situación civil, clarificada. Por el contrario, parte de las víctimas del terror sublevado fue arrojada a simas, minas, cunetas y fosas comunes, mientras sus deudos sufrían persecución, marginación, indefinición jurídica, rechazo social y el desconsuelo de no poderlos sepultar de acuerdo con su religión y costumbre. Dobles víctimas: del terror, como los otros y, además, del abandono de su Patria.

Para poder olvidar la guerra, una de las medidas más urgentes y eficaces sería la exhumación de los enterramientos clandestinos y las fosas comunes. No será la panacea porque, como escribe Tony Hudt: “La memoria es intrínsecamente polémica y sesgada: lo que para unos es reconocimiento, para otros es omisión. Además, es una mala consejera en lo que al pasado se refiere”. Con todo, es imprescindible comenzar por ahí.

Estudios demográficos 1936-1942:

Faltan 1.150.000 españoles

Los demógrafos Javier Silvestre y José Antonio Ortega han estudiado el terrible golpe que supuso La guerra Civil y la inmediata posguerra para la población española.

*De haberse mantenido el crecimiento demográfico de los años anteriores, en 1942 debiera haber habido 1.151.000 españoles más de los que ese año se contabilizaron.

*En los años de la guerra, 1936-39, entre la población prevista y la real se registra una diferencia de 540.000 personas, que corresponderían a los muertos por el conflicto.

*Otro apartado es el referido a los no nacidos por causas de la guerra: 39.000.

*En el trienio posterior, 1939-42, no mejoró la situación a “por culpa de las condiciones tan duras de la inmediata posguerra” (J. A. Ortega).

*Todo ello determina que entre 1936-1942, se abra una brecha de 1.151.000 personas entre las que hubo y las que debiera haber habido.