"Los novios de Cádiz": 27 minutos de agonía en los que nadie hizo nada

Un corto de ficción dirigido por Fernando González Gómez narra uno de los más escalofriantes crímenes de ETA, el asesinato en Guipúzcoa de una pareja a la que nadie ayudó a pesar de que el cuerpo del joven se desplomó sobre el claxon de su coche y lo hizo sonar durante 27 minutos

Un momento del rodaje de «27 minutos»
Un momento del rodaje de «27 minutos»

Un corto de ficción dirigido por Fernando González Gómez narra uno de los más escalofriantes crímenes de ETA, el asesinato en Guipúzcoa de una pareja a la que nadie ayudó a pesar de que el cuerpo del joven se desplomó sobre el claxon de su coche y lo hizo sonar durante 27 minutos

El cine también tiene la obligación de contar. Pero la verdad. La memoria histórica siempre se desliza hacia el mismo rincón. Hay tantas películas de la Guerra Civil que algún día la Filmoteca tendrá que dedicarle un archivo estratosférico. Ayer, sin embargo, se estrenó un corto de ficción especial sobre uno de los más escalofriantes crímenes de ETA. Se titula «27 minutos», dirigido por Fernando González Gómez. Cuesta trabajo imponerse a tanto miedo y tanta vileza.

La historia es conocida, como la de otras barbaries terroristas sin resolver, que no encuentran acomodo en las series de las grandes plataformas de pago. Antonio y Hortensia. Año 1979. Ella tenía 20 años y era de San Roque. Él, 24, nació en Tarifa. Hortensia viajó hasta Villafranca de Ordicia, en Guipúzcoa, para pasar unos días con una hermana casada con un guardia civil. Allí se reunió con su novio, también de uniforme verde.

Salieron una noche. Bailaron en una discoteca, «la Sunday». Pasaban las dos de la mañana. Se subieron al coche que habría de llevarles a su parcela de exterminio. En un stop de Beasain aguardaban los pistoleros. Fueron dieciocho impactos de bala. Los agentes recogerían después 15 casquillos del calibre 9 milímetros parabellum. Antonio se desplomó sobre el claxon, que sonó durante 27 minutos. Un clamor de auxilio en plena madrugada. Una sirena después de un accidente nuclear. Nadie acudió a ayudarles. El tiempo se derritió en las almas de los vecinos como si los muertos fueran los que no abrieron las ventanas o se quedaron en la cama paralizados por miedo o complicidad. Una eternidad de indolencia. Los cadáveres fueron asesinados dos veces. Una por acción y otra por omisión.

Un recorte de periódico con la noticia del asesinato

El caso se reabrió hace un par de años porque se encontró una pistola. Nadie ha sido condenado. Ahora, nos dicen, toca olvidar y aplaudir a los «héroes» que supieron rendirse porque, como dice la propaganda gubernamental inventando metáforas políticas, «hay que poner las luces largas».

Como aquellos vecinos que fueron cucarachas de su propio vertedero, nuestros cineastas, con poquitas excepciones, Manuel Gutiérrez Aragón, Iñaki Arteta, Jaime Rosales, y, en clave de comedia, Borja Cobeaga, también ponen un «The end» antes de que la película haya acabado. Mejor mirar hacia otro lado, una zona de confort que no incomode. Los que han de construir el relato se esconden en las faldas de la amnesia, rota por la «Patria» de Aramburu y poco más.

Parece que el claxon siguiera emitiendo un ruido frío y resacoso. Es lo que nos recuerda cortos como éste. Que el mito del fin de la historia era mentira, por mucho que la cultura desalmada que llora con razón el naufragio de un refugiado en las alfombras rojas decida colocar a estos novios, y los otros más de trescientos muertos en busca de autor, en el desván, sin darse cuenta de que son nuestros «Rosebud».