Cultura

David Summers: El bonito Redford

Fue el guapo que jamás se vio como tal. El emblema pijo que nunca quiso ser. Ese novio de media España que le era obstinadamente fiel a su novia de siempre

FOTO: David Jar La Razon

Fue el guapo que jamás se vio como tal. El emblema pijo que nunca quiso ser. Ese novio de media España que le era obstinadamente fiel a su novia de siempre. Hijo de un director de cine para quien el humor era el amor verdadero, David Summers heredó de él su ojo travieso, sagaz, y nos demostró que era posible armar una tragicomedia de poco más de tres minutos («Devuélveme a mi chica») y convertirla en un «best seller» intergeneracional. Y para eso, señores, hace falta abrigar talento. En las antípodas estéticas y musicales de Alaska y los Pegamoides (por situarnos), Hombres G, de los que David ha sido y es bastante más que su sangre y su faz, eran mirados con franco desdén por muchos de los nombres más recurrentes de la Movida. Un rechazo que tuvo que ver con su impensable éxito. Porque en la cainita España puedes hacer lo que te dé la gana menos triunfar, ya que a partir de entonces te conviertes en el enemigo público «namberguán» y comienza la cuenta atrás para derribar al mito al que previamente se encumbró.

Los vi actuar en el ecuador de los ochenta, cuando estaban que se salían, en la discoteca Oh! Madrid, extinto templo del pijerío de la capital, con llenazo, y el ambiente tuvo el fervor de una misa pagana. Allí estaban todos los pijos adolescentes madrileños más un servidor. Porque los pijos, atildada/salvaje tribu urbana, se apropiaron de ese grupo de amigos como hicieron con la bandera de todos. Pero Hombres G nunca perteneció a otro clan que al de pasárselo bien, y no ha hecho otra cosa que sembrar ese espíritu de indisimulado disfrute en cada nuevo trabajo y en casi cada una de sus canciones.

En 1992, con siete discos de estudio y dos películas de puro escaparate dirigidas por el padre de David, echaron el cierre por estrés postraumático y su cerebro en la luz inició una travesía en solitario con unas cuantas estampas valiosas y algún que otro destello poético. Pero la gente echaba terriblemente de menos a su precedente, a su «alter ego» multiplicado, y una década después David decidió complacerla y él, Dani, Javi y Rafa, volvieron a intercambiar caricias y besos. Y casi sin darse cuenta se vieron atrapados en el tremendo lío de antes, pero bañados en un clamor aún mayor, y hasta hoy.

Antañazo, cuando el actor Robert Redford era Apolo en la Tierra, se hacían llamar Los Bonitos Redford. Era una broma, claro, como todo su cancionero. Pero una broma muy seria. Y ahí están para certificarlo las cifras, los clásicos y el amor desbocado de varias generaciones de apóstoles. Ha pasado un siglo y, aunque Burt Lancaster, tan falible, la palmó, ahí siguen todos esos mamones, todas esas –ñam, ñam– chicas cocodrilo, todos los que siguen visitando ese bar en perpetua fiesta que es Hombres G sobre un escenario. Y ya da igual lo que ocurra. El mañana se escribió enterísimo ayer y el legado de David, sus canciones coreables como salmos, no hay manera de deslegitimarlo.

Cuando Madrid se vuelva intratable como una suegra iracunda, a David siempre le quedará Venezia (con zeta, por supuesto). Se disfrazará de gondolero y se perderá entre el turbión de turistas, enamorados y poetas presuicidas en busca de su clímax. De la felicidad que ofrece el simple acto de respirar todavía. De su paraíso G.