Kim Cheol-Woong«No podía confiar ni en mis padres, eran muy fieles al Estado»

Toca aquella música que durante años tuvo vetada. Ahora está en el Centro Cultural Coreano de España para dar un concierto y, de paso, visitar los museos.

Durante muchos años fue parte del 1% de la clase alta norcoreana. Su padre, un alto cargo del régimen fiel a Kim Jong-il, murió al saber que su hijo había huido al vecino del sur. Kim Cheol-woong (Pyonyang, 1975), es pianista y desertor norcoreano. Descubrió el jazz estudiando en Rusia, se atrevió a reproducir una canción que sabía que estaba prohibida, lo delataron y tuvo que escribir diez folios pidiendo disculpas por ello. «Fue en ese momento cuando me di cuenta de que tenía que irme del país» cuenta a LA RAZÓN. Ahora vive a caballo entre Seúl y Nueva York dando conciertos y exigiendo a la comunidad internacional que haga algo para que en Corea del Norte se respeten los derechos humanos.

–Músico en un país donde pocos pueden permitirse ese lujo.

–Nací en un país donde muy pocos pueden estudiar y el número se reduce con los que estudian música. Hay sólo una escuela que enseña piano; mi familia se pudo permitir enviarme ahí. Después pude ingresar en la Academia de Música y Danza de Pyonyang, fui uno de los nueve niños elegidos entre los más de 6.000 candidatos. Hay que pasar pruebas muy duras, trece en total.

–¿Qué papel juega la música como instrumento para la propaganda en Corea del Norte?

–En el país predomina la clásica y popular de Corea del Norte. Sólo la clásica compuesta hasta el siglo XIX puede ser escuchada e interpretada libremente. Ya después del siglo XX, la mayoría de los autores están vetados. Se da mucha importancia a la tradición y a la música clásica se le añaden instrumentos nacionales autóctonos. El sonido de los instrumentos de Corea es más conocidos para los norcoreanos, por lo que por medio de ellos el Gobierno podía difundir su propaganda.

–Muchos norcoreanos que huyen lo hacen del hambre; usted era un privilegiado, su padre fue uno de los hombres de confianza del régimen. ¿Por qué cambiar su vida en Pyonyang?

–Me sentía muy limitado, como artista no podía tocar la música que me gustaba; las razones que daba el régimen para no tocarla o escucharla era porque era «mala». ¿Por qué iba a ser mala la música clásica y el jazz, muy comunes en otros países? Todo empezó cuando estuve viviendo en Rusia; muchos de los extranjeros hablaban mal de Corea del Norte; cuando lo vi todo con perspectiva me di cuenta de que aquello en lo que había creído toda mi vida no era real; lo que me decían en mi país no era verdad; comprendí que los que decían en el colegio que eran los malos no lo eran. La gente se muere de hambre pero también se alimenta de la cultura; yo personalmente no pasaba hambre, pero quería saber más de lo que había ahí fuera, conocer más opiniones.

–¿No se arrepintió ni cuando estuvo trabajando como inmigrante ilegal en China?

–No suelo arrepentirme de lo que he hecho; lo que sentía era miedo a la incertidumbre del futuro, el no saber qué me esperaba me asustaba aún más.

–¿Cómo logró llegar a Corea del Sur?

–Antes pasé por China. Había misioneros que ayudaban a los norcoreanos que llegaban al país; uno de ellos me consiguió una identificación falsa; cuando un policía me detuvo, sabía que si decía que era de Corea del Norte me iban a enviar a un campo de concentración. Mientras investigaban fui a la cárcel, me torturaron para intentar conseguir información, pero yo lo único en lo que pensaba era en protegerme las manos.

–¿Cómo llevó el estar lejos de su familia; la muerte de su padre pocos meses después de haber huido de Corea del Norte?

–Antes de salir del país no hablé con nadie, no podía confiar ni siquiera en mis padres, ya que eran altos cargos del Gobierno, sobre todo muy fieles con el Estado. Pero tenía la confianza de que pasado el tiempo, mis padres comprenderían mi decisión. Cuando mi padre se enteró de que me había escapado del país le dio un ataque al corazón y murió. Lo que sentí fue una profunda tristeza, pero en ese momento más que nunca sabía que tenía que lograr mi objetivo de llegar a la libertad. Quería hacer que todos los esfuerzos y sacrificios merecieran la pena.

–¿Cuándo fue la primera vez que volvió a tocar el piano en libertad?

–Cuando estaba en China conocí a otro norcoreano que se había escapado del país; le comenté que sabía tocar el piano y me llevó a una iglesia cercana donde había uno. Llevaba cinco meses sin tocar cuando volví a ponerme frente a él.

–¿Qué perspectivas de futuro ve para las dos Coreas?

–Creo que la reunificación es posible y quiero que se haga; todos mis recuerdos de la infancia y juventud están al otro lado de la frontera y nada me haría más feliz que volver a la que un día fue mi casa. Para que los miles de norcoreanos que nos encontramos en el exilio volvamos a recuperar nuestra esencia. Pero también soy consciente de que mientras existan ciudadanos norcoreanos que ni siquiera sepan que existen los Derechos Humanos no se podrá avanzar de ninguna manera.