Omar Jerez y los nazis

La nueva performance de Omar Jerez, «80 Credos de Adolf Hitler sobre la Torá», supone una de las reflexiones más lúcidas sobre la infalibilidad de la violencia que haya alumbrado el arte en las últimas décadas: durante cinco horas, se encerró en un local de Berlín con un grupo de neonazis a los que pretendía medirse dialécticamente. Pasados unos pocos minutos, los fanáticos abandonaron la pretensión de las palabras y procedieron a golpear al artista judío mientras la fotógrafa Julia Martínez documentaba la paliza. Salvó la vida. Es evidente que, por decirlo con delicadeza, Omar Jerez es un artista que toca las narices al actual «stablishment» del arte contemporáneo: además de ser judío y de utilizar este hecho como materia explícita y sensible de sus trabajos, no se arredra a la hora de hablar sobre las formas institucionalizadas de la violencia: ETA, en anteriores y polémicas acciones, y ahora la arrogancia fascista, cada vez menos latente y tímida, y, por el contrario, más encaramada a las estructuras de poder europeas. Además, Jerez es autor que, a diferencia del mamarrachismo pseudoconceptual y diletante que manda en la performance actual, se juega su propio físico y no delega su responsabilidad moral en otros cuerpos. En un momento en el que el arte político se ha convertido en un género tan inocuo como el bodegón, y en el que la mayoría de sus líderes y faros intelectuales se parapetan en radicalismos de salón y pataletas de manuales revolucionarios desgastados –véase el caso paradigmático de Santiago Sierra–, el ejemplo de Omar Jerez nos devuelve a la fase más heroica y emocionante del arte corporal: la de los años 70. Es reconfortante constatar cómo, al igual que sucedía con el primer feminismo o el activismo más auroral, Jerez plantea situaciones en las que se recupera la dimensión más física y vulnerable del cuerpo. De hecho, los filtros entre el cuerpo y la realidad se reducen a su mínima expresión, a fin de que el golpe del mundo contra la carne encuentre la menor amortiguación posible. No hay eximentes que valgan para un artista que se enfrenta a la violencia con la única arma de su conciencia personal y política. De nada sirve denunciar la violencia con mando a distancia, mediante la «tele-denuncia»; es exigible y urgente descender hasta sus cloacas, untarse con su mierda y vomitar cuantas veces sea necesario. Ése es el arte necesario, el que vale la pena.