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Pessoa, para quitarse el sombrero

  • Pessoa, para quitarse el sombrero

Tiempo de lectura 5 min.

07 de febrero de 2018. 03:52h

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Gema Pajares .  7/2/2018

«No sé quién soy yo. Qué alma tengo. Me siento múltiple. Yo me siento varios seres», escribe en 1915 Fernando Pessoa. Lo hace en una cuartilla minúscula que lleva en el margen izquierdo el membrete de A Brasileira, esa cafetería tan lisboeta de la rua Garrett. «Todo arte es una forma de literatura» es otra frase suya. La que da nombre a la exposición que acoge el Museo Reina Sofía, una muestra que entra a borbotones por los ojos y en que este hombre menudo tocado con antiparras, un bigote de caprichosa forma triangular y un sombrero de fieltro y pajarita domina la escena. Es el eje. La amalgama, el nexo, el cemento armado capaz de agitar desde sus múltiples voces, desde sus inquietantes personalidades un panorama estepario. Casi un centenar de nombres y hombres construyó a lo largo de su vida, demasiado corta, quizá. Y volvemos: «Todo arte es una forma de literatura porque todo arte consiste en decir algo. Hay dos formas de expresar, hablar y callarse. Todas las artes, salvo al literatura son proyecciones de un silencio expresivo. En todas las artes que no sean al literatura hay que buscar la frase silenciosa que contienen, o el poema, o la novela, o la obra teatral (...) Con esto basta hasta que lo demás se presente», deja escrito en la personalidad de Álvaro de Campos en «Otra nota al azar», en 1936.

Heterónimos y «yoes» ingleses y portugueses, algunos, miembros de la misma familia (Ricardo y Federico Reis, por ejemplo), pensamientos diferentes y dispares, contrarios, a través de los que se vertebra un recorrido de descubrimiento desde que abre la exposición. En la primera sala, como recién pintado (casi «reciennacido»), recibe el Pessoa que inmortalizó Almada Negreiros, en una paleta de tonos cálidos en 1964. No le faltan las cuartillas y el pitillo, uno de los ochenta cigarrillos que fumaba al día. En la pared de la derecha el escritor se desdobla en sí mismo. Son otras tantas imágenes –de autor desconocido– paseando por las calles empedradas de Lisboa, que aun siguen adoquinando con una parsimonia propia de ese espíritu tan «calmo» y tan propio portugués.

La periferia portuguesa

Para Joao Fernandes, subdirector del Museo Reina Sofía y uno de los comisarios de la muestra, «él crea las propias vanguardias y crea, a su vez, conceptos propios, y para ello se inventa a quiénes serán sus propios protagonistas. Cuenta así la historia de un país que asume su propia periferia». «Soy una habitación con innumerables espejos», escribe. Y para ello nos legó su obra. Una y trina y múltiple, multiplicada hasta el infinito por él mismo. Como asegura el director del centro de arte, Manuel Borja-Villel, «lejos de limitarse a mimetizar las influencias externas se esforzó por trazar su propio camino».

Cada sala que recoge estas obras de la vanguardia lusa –300 en total entre pinturas, revistas, cartas, fotografías, dibujos, que trazan un retrato lo más fiel posible de un movimiento que en España va a constituir un auténtico descubrimiento– es deudora de la palabra pessoana. «El lado estético de la guerra no está en los combates ni en las campañas (...) Está en los preparativos», declara en «Estética de la guerra». Al pie ocho cuadros a lápiz de Sousa Lopes que bien podrían haberse sido fotografías bélicas. Portugal, a diferencia de nuestro país, entra en la Primera Guerra Mundial y es capaz de sentir en su propia carne las heridas de la contienda. El imperio que fue se desmembra y el convulso siglo XX muda de piel a pasos de gigante. Los ismos estallan en Europa y Portugal desde el extremo del continente se deja empapar por las corrientes de vanguardia y por el arte que se cuece en los talleres de París, en sus cafés, en las tertulias, pero pasándolo por el tamiz de tres corrientes transversales con las que se imbrican movimientos como el futurismo y dan como resultado el paulismo, el interseccionismo y el sensacionismo por obra gracia de Fernando Pessoa o de Caeiro, o de Reis o de De Campos. Él no fue la vanguardia establecida: construyó la suya y la modeló a través de su palabra, en hojas volantes, en cuartillas pequeñas, en trozos de papel. Nunca utilizó una moleskine. Para ello se valió de las revistas, vehículos de capital importancia, como es el caso de «Orpheu», lanzada en 1915 por el poeta Mário de Sá-Carneiro y de la que únicamente se editaron dos números. En palabras de Fernando Cabral Martin fue capaz de «asestar un duro golpe a la buena conciencia del arte portugués». A ella seguirán publicaciones como «Revista Portuguesa» (1923), «Athena» (1924-1925) y «Presença» (1927-1940). El simbolismo se hace fuerte de la mano de António Carneiro, que pinta el imponente tríptico «A vida. Esperança, Amor, Saudade», obra que abandona por primera vez Portugal para formar parte de esta exposición. ¿No hay en esta corriente transversal, por ejemplo, en «Orfeo en los infiernos» de 1917, obra de Guillherme de Santa-Rita, ecos más que audibles del Kirchner de «Die brücke» o del George Grosz de «Metrópolis», del mismo año? Ese ambiente de conflicto queda plasmado también en las piezas de Américo Amarelhe, Souza-Cardoso (de quien se exhibe una serie de ácidas caricaturas fechadas en los años veinte del pasado siglo), Manuel Laranjeira y el citado y múltiple Almada Negreiros, retratador de los heterónimos de Pessoa, seres a los que pinta dotándolos de personalidad. ¿Cómo era cada uno de esos tres «yoes» según su creador? Alberto Caeiro es la «despersonalización dramática», Ricardo Reis, la «disciplina mental» y Álvaro de Campos, la «emoción que no concedo ni a mi ni a la vida», le describe a Casais Monteiro en 1935. Y es que Pessoa, cultivado, reservado, políglota, un hombre que había ensanchado sus fronteras es la argamasa de una modernidad que pide paso a gritos en el extremo de Europa (otra cosa será el manto de silencio que envuelva al país tras la llegada de la dictadura de Salazar).

Tras la primera y urgente modernidad del arte portugués, durante el periodo de entreguerras atravesará por un segundo tramo no tan radical como el primero y cuya seña de identidad era su lenguaje más figurativo. Junto al omnipresente Almada trabajan Mário Eloy, Júlio Dos Reis Pereira, Jorge Barradas y Abel Manta o la presencia casi testimonial de una mujer, Sarah Affonso, una excepción dentro de un panorama dominado casi absolutamente por hombres.

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