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Paloma Pedrero, hágase la luz

La directora presenta su nuevo proyecto de inclusión social donde recupera un «infortunio médico» de su propio pasado.

  • Pablo Tercero y Belén González en «Una guarida con luz»
    Pablo Tercero y Belén González en «Una guarida con luz»

Tiempo de lectura 2 min.

23 de marzo de 2018. 04:12h

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23/3/2018

Paloma Pedrero es «la mujer orquesta», lo dice ella. Por las mañanas, ensaya y, por las tardes, se pega con la música, la producción, la comunicación, las luces... Lo que se le ponga por delante. Pero, recién entrada en los 60, reconoce que los años ya no pasan en balde. Y no por el físico, que le sobra, sino por las peleas que ha ido librando por el camino. Veinte años fogueándose en el mundo del teatro social y para la integración son muchos si la burocracia no es más que ese escollo que se repite una y otra vez, como la marmota Phil. Es el punto en el que reconoce estar una «harta» Pedrero. Suerte que su vocación, «lo que me pide hacer esto», sea más fuerte que su hastío, y es por ello que hoy y mañana presenta en Conde Duque –y de la mano de la asociación cultural Caídos del Cielo– su nueva batalla, «Una guarida con luz», la puesta en escena del taller de teatro para la integración de emigrantes que comenzó hace dos años.

Aun así, cuando no tiene vista, olfato y gusto puestos en la obra, se lamenta de «lo difícil que es ayudar en este país», resopla. «Es todo tan burocrático que, como no se tenga el cauce por el que puedas entrar, no hay posibilidad de hacer nada. Aunque sea el mejor proyecto del mundo es imposible».

Pero las dificultades son algo que a la directora le dan vida y, de ahí, que su idea sea una realidad que ha levantado junto a 16 actores –de Senegal, Honduras, Siria, Venezuela, Costa de Marfil, República Dominicana, Brasil...– a los que les ha devuelto «la posibilidad de sentirse personas de nuevo». Porque «no todo el mundo que llega a España quiere trabajar en una oficina o en la construcción, por ejemplo, los hay que tienen una sensibilidad especial y buscan dedicarse al arte», explica una Pedrero que considera «importante el momento histórico que vivimos y, por ello, pensar en los refugiados para contar con ellos».

Resurrección

Con esta base la también profesora de interpretación del taller inicial se propuso valerse de su propia experiencia para abrazar a sus «paisanos»: «Nadie es extranjero en el país del teatro y del arte, en el escenario nos entendemos todos». Así, arropada por actores profesionales, psicólogos y trabajadores sociales, Pedrero ha escrito un texto basado en un «infortunio médico» real que la llevó a vivir tres semanas «enchufada a todo tipo de máquinas». Sin comer, sin beber, sin moverse y apenas sin respirar. Con la morfina como tratamiento, pero siendo consciente en todo momento de la situación. Una historia que Pedrero recupera cinco años después «para transmitir a los demás lo que es una resurrección» e imaginando que está de vuelta en este «campo de concentración» donde todo es dolor. Pero ella no puede morir, en casa se le han quedado deberes por hacer. Allí le esperan dos perros –«mi familia»–, que será abandonados si no consigue regresar y a quienes utilizará como «metáfora la sensibilidad».

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