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Un «tupper» y la memoria

  • Beitia (izda.) y Trapat
    Beitia (izda.) y Trapat

Tiempo de lectura 2 min.

12 de octubre de 2018. 03:04h

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Raúl Losánez.  12/10/2018

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Todas las familias esconden un secreto; algunos son más importantes que otros, pero todos terminan estallando», afirma la directora Laura Ortega, que dice haber tomado esta idea como punto de partida a la hora de poner en escena «Vientos que nos barrerán», la obra de Cristina Redondo que llega al Fernán Gómez con Maiken Beitia, Alfonso Torregrosa y Andrea Trapat como protagonistas.

Julia ha desaparecido de manera repentina. Pablo, su desconcertado marido, llama a su hija Tita para contárselo. Ambos deberán reconstruir su vida en común para dar con el motivo que ha llevado a Julia a marcharse, ya que hay un significativo detalle que les hace pensar que están ante una huida voluntaria: ha dejado la nevera repleta de «tuppers» con los platos favoritos de toda la familia. Esa comida, en definitiva, representa el legado de la madre; padre e hija la tendrán presente en la medida que sigan degustando los platos que les ha preparado».

La historia, definida por su directora como «un drama sembrado de comedia que tiene también suspense», está contada desde el presente, el pasado y también el futuro, y se desarrolla como una suerte de indagación de los personajes que, inevitablemente, hará volver a sangrar las heridas que nunca se cerraron. «Lo que queremos es ofrecer un espectáculo “self-service” en el que queden bien expuestas, y por igual, las razones de la madre, las razones de la hija y las razones del padre, para que sea el espectador, viendo a esa familia dentro de su propia cocina, el que decida ponerse del lado de los padres o del lado de los hijos. ¡O bien para que decida reconciliar a ambos!», dice Ortega.

En cuanto al espacio en el que se representa la acción, Olga López ha diseñado la escenografía como una cocina metida dentro de una piscina abandonada. Precisamente, el elemento de la piscina tiene mucho que ver con uno de los conflictos no resueltos para la hija, y que radica en la exigencia de su madre cuando depositaba en ella la esperanza de que se convirtiese en nadadora olímpica. «Jugamos a medio camino entre lo cotidiano y lo simbólico o poético». Todo ello con el objetivo, explica la joven directora, de «defender bien el personaje de la hija, pero, al mismo tiempo, mirar a los padres como a personas a las que también les pasan cosas al margen de su papel familiar».

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