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Un hombre de teatro

Tiempo de lectura 2 min.

16 de diciembre de 2013. 00:03h

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16/12/2013

En 1973, el día en que yo estrenaba «Las tres hermanas» en el Teatro María Guerrero, con mi primer papel importante, el barón Tuzenbach, me metí antes en un cine a ver «Beckett» para inspirarme. La había visto ya tres o cuatro veces porque me enloquecía el trabajo de Peter O'Toole en esa película. Salí del cine y me fui al María Guerrero subido en una nube. Cuando le llegó la fama con «Lawrence de Arabia», O'Toole no era aún una figura grande de la escena. Sin embargo, sí contaba ya con una enorme carrera teatral. Pertenecía a esa generación de Richard Burton, Oliver Reed, Richard Harris y Alan Bates, actores que empezaron juntos sobre los escenarios y que continuaron haciendo teatro por encima de todo, aun cuando se convirtieron en estrellas de cine. Él fue siempre uno de los favoritos de Laurence Olivier, con quien logró su gran éxito interpretando «Hamlet» en el Old Vic.

Pude verle actuar en dos ocasiones. La primera, con el que es mi papel favorito, el profesor Higgins de «Pigmalión», en los años 80. La segunda, en la última obra que hizo, una pieza muy especial que representó durante cuatro o cinco años, «Jeffrey Bernard Is Unwell». La vi en el Shaftesbury Theatre, a comienzos de los años 90. Eran textos del famoso periodista Jeffrey Bernard, que escribía en «The Spectator», un borracho empedernido que a menudo no podía escribir. De ahí el título: cuando esto ocurría, la revista dejaba su columna en blanco y ponía esa frase: «Jeffrey Bernard no se encuentra bien». Le vi en primera fila: podía casi tocarle. No lo hice nunca, pero tentaciones tuve. Él se pasaba las dos horas del monólogo en estado de embriaguez, con una finura que te dejaba enloquecido.

Tengo dos de sus mejores películas grabadas en la cabeza: «La clase dirigente», basada en una obra de teatro, que era una burla de la aristocracia inglesa, y «Mi año favorito», en la que él se reía de sí mismo dando vida a un actor alcohólico. Era un actor completo: más allá de «Lawrence de Arabia», todos sus trabajos en el cine tenían una enorme carga teatral, en el mejor sentido. Eran personajes con un gran componente de composición, pero no eran amanerados. Una característica de aquellos grandes actores de cine que venían del teatro, una generación a la que admiro.

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