Rodrigo y Gonzalo, amigos y porteros: “Cuando te meten cuatro a cualquiera se le va la cabeza... A ellos, no”

Sterbik y Barrufet describen a los porteros de España, los mejores en este Mundial en el que los Hispanos disputan las semifinales contra Dinamarca

Rodrigo Corrales y Gonzalo Pérez de Vargas, en el centro de la imagen de la celebración de uno de los triunfos de los Hispanos en el Mundial
Rodrigo Corrales y Gonzalo Pérez de Vargas, en el centro de la imagen de la celebración de uno de los triunfos de los Hispanos en el MundialKhaled Elfiqi / POOLEFE

«Los porteros somos un pequeño equipo dentro del equipo», dijo Rodrigo Corrales en Teledeporte después de su sobresaliente actuación ante Noruega en los cuartos de final del Mundial. Paró una detrás de otra, hasta 19, y lo celebraba él y también sacaba los puños Gonzalo Pérez de Vargas, con el que comparte puesto, podría pensarse que es su «rival», pero principalmente es su amigo. Lo mismo, pero al revés, sucedió en días anteriores, porque cada partido juega uno, ya que así es la política del seleccionador, Jordi Ribera. Han pasado juntos una gran parte de su vida. Uno de Toledo y otro de Cangas, fueron reclutados por el Barcelona cuando apenas eran unos niños, para las categorías inferiores. Y de compartir residencia en la Blume pasaron a compartir piso. Lo que no llegaron es a compartir portería en el primer equipo azulgrana, pero sí lo hacen con los Hispanos, que hoy busca ante Dinamarca (20:30, viernes 28, Teledeporte) el pase a la final.

Siguen la tradición de España, que siempre ha presumido de porteros: Lorenzo Rico, Barrufet, Hombrados, Sterbik... «Se nota la buena relación que tienen. Es una competencia sana. Al final en balonmano puedes salir en cualquier momento. Lo que intentas es ayudar a tu compañero, estudias los partidos juntos, comentas cómo ves al lanzador, el objetivo es que la portería pare, sea el que sea, y si tu compañero lo hace es como si estuvieses jugando tú», cuenta David Barrufet. Cuando él era el dueño de los palos en el Barça era cuando Rodrigo y Gonzalo estaban en las categorías inferiores. «Alguna vez entrenaban con nosotros. En esa época quizá Gonzalo destacaba un poco más que Rodri porque su evolución fue más rápida, pero veías que los dos tenían madera para poder ser grandes porteros y así ha sido», recuerda el mítico guardameta, el jugador que más veces ha vestido la camiseta de España. Gonzalo salió cedido al Granollers y al Toulouse y se quedó en el Barça. Rodrigo fue cedido al Wisla Plock de Polonia y después no renovó para marcharse al PSG, donde aprendió de Omeyer. Ahora está en Hungría, en el al Veszprem. Allí tomó el relevo de otro mito, Arpad Sterbik, que ahora le ayuda como entrenador de porteros y que también conoce perfectamente a Gonzalo, porque han coincidido en la selección y el Barcelona. «Son dos muy buenos chicos, dos amigos», dice Arpad. «Gonzalo es muy listo ha estado con muchos porteros buenos, con Saric, con el otro... De todos ha recibido cosas buenas y las ha aprendido», explica. No se añade a él, pero está en esa lista de los guardametas con los que el toledano ha crecido. «De mí... La altura, el peso, somos diferentes. Él es más rápido... Bueno, más rápido que yo no es difícil», añade mientras suelta una carcajada. Él, que con sus 120 kilos ponía la pierna por encima de la cabeza en un segundo. «Gonzalo para más por ver y leer cómo va el lanzador y Rodrigo aprovecha su gran envergadura para tapar espacios», describe Barrufet. «Gonzalo es más explosivo. Rodri mide más de dos metros, no tiene que saltar tanto y cubre más portería. Es bueno tener dos porteros diferentes», completa Sterbik, que cuenta cómo es trabajar con este último. «Yo no le voy a cambiar el estilo. Hablamos, preparamos los partidos, el tema físico...y preparamos la cabeza», asegura.

Porque detrás de un portero hay mucho. Por un lado, la mentalidad, algo que tienen los dos: «Son tranquilos y eso es bueno, tienen la cabeza fría para pensar en los momentos difíciles. Puede que al público no se lo parezca, pero en la portería tenemos que pensar mucho: qué se espera de un jugador, de otro. Cuando va bien, bien; pero si te meten cuatro o cinco goles seguidos hay que saber volver de entre los muertos, y ellos dos son capaces, mientras otros porteros pierden la cabeza», afirma Sterbik. Por otro lado está el estudio de los contrarios, que hacen juntos, porque en todas las concentraciones comparten habitación. «Claro que hay que estudiar. Ahora hay jugadores que están lanzando a 110 o 120 por hora desde siete, ocho o nueve metros, no hay que estudiar matemáticas para saber que es difícil reaccionar. Hay que manejar los cuatro, cinco o seis ángulos en los que puede llegar el lanzamiento y hay que estudiar cómo puede pensar el rival», describe Sterbik, que se escribió un mensaje con Corrales antes del partido contra Noruega: «Me dijo que tenía claro todo lo que había preparado con Gonzalo, pero que si yo había visto algo de Noruega. Y le dije que si lo tiene claro, que fuera a por lo que había visto que había que hacer». Y así lo hizo.

Corrales habla siete idiomas (castellano, catalán, gallego, inglés, portugués, polaco y francés) y siempre le gustó el periodismo, tanto que de niño jugaba a hacer programas de radio. Le atraía más que la tradición familiar: es hijo, nieto y sobrino de marinero, aunque respeta mucho ese oficio porque sabe lo sacrificado que es. Pero sobre todo quería ser portero. Lo era de fútbol y cuando empezó con el balonmano lo querían poner de extremo. «Yo soy portero», dijo. Gonzalo, un gran cocinero, amante de la fotografía y el DJ del vestuario, se puso bajo el larguero por casualidad. «En el segundo o tercer entrenamiento el entrenador preguntó que quién quería ponerse. No me preguntes por qué, pero ese día o nadie levantaba la mano o yo la levanté demasiado pronto», cuenta él. Y desde ahí hasta hoy. «Para mí son la mejor pareja junto con la de Dinamarca, Landin y Moller», piensa Sterbik. «Ampliarán durante muchos años la tradición de buenos porteros de España», opina Barrufet, que vivió tranquilo el partido de cuartos: «Se veía en las reacciones de Rodri que se lo estaba pasando bomba. Cuando las paraba se reía, estaba disfrutando. Hay días en los que tienes el ángel de pararlo todo. Eso da tranquilidad al equipo aunque falle en ataque», añade. «Cuando lo vi volar, feliz, y celebrando cada pelota que paraba, estaba seguro de que íbamos a ganar», concluye Sterbik, que espera que hoy puedan hacer lo mismo ante Dinamarca. Da igual que sea uno u otro, los dos estarán igual de encantados.