Danza de la pandemia en la plaza de la Lealtad

Las bolsas suelen anticipar el futuro. También son un termómetro, ahora virtual, de las economías y, en estos momentos, España se lleva la peor parte. El índice Ibex-35 es el que más pierde en Europa y prácticamente en todo el mundo desarrollado. Algo significará

Federico García Lorca, «por encima de las multiplicaciones», contempló en Nueva York el desplome de Wall Street en 1929, que fue el principio de la mayor crisis económica del siglo XX, que se prolongaría hasta la II Guerra Mundial y que también provocó que Keynes alumbrara su famosa «Teoría general» (1936), en la que abogaba por la intervención de los Estados para corregir el mal funcionamiento de los mercados. «Que ya la Bolsa será una pirámide de musgo», escribía con pesimismo Lorca al final de 1929 en su «Danza de la muerte», de «Poeta en Nueva York».

Casi un siglo después, los mercados –las bolsas– interpretan, cada uno como puede, su particular «Danza de la pandemia», sin que todavía haya otro Lorca que ponga la letra. Las bolsas, como el algodón, no engañan, y colocan a España y al Ibex-35 a la cola de Europa y de los países desarrollados. El principal índice del mercado español cae desde principios de año un 30%, frente a retrocesos del 20% del CAC francés o del Mibtel italiano. A mucha distancia, el Dax alemán retrocede un 5% y el más famoso de todos, el Dow Jones americano, alrededor de un 6%, mientras que el Nasdaq –más tecnológico–sube nada menos que un 24% este año de pandemia.

El Ibex-35 es un índice de un mercado virtual –electrónico al 100%–, que conserva, quizá como referente para incrédulos, el parquet –patio de operaciones– del magnífico edificio del siglo XIX de la Bolsa de Madrid, en la plaza de la Lealtad, decorado con las pantallas de cotizaciones en tiempo real y dedicado a bodas, bautizos y comuniones empresariales y financieras. El Ibex-35 es ahora propiedad de los suizos de Six a través de BME (Bolsas y Mercados Españoles), que preside el holandés Jos Dijsselhof, sustituto del histórico Antonio Zoido.

El Ibex, los valores que lo forman y el resto de compañías que cotizan, forman una especie de ruleta virtual, en donde la bolita de las subidas –pocas– y las bajadas –muchas– gira sin control. No obstante, el que el Ibex sea el índice que más pierde, sobre todo en Europa, es un indicio pésimo para la economía española. Las bolsas, en último extremo, miden –y pagan por ello– los beneficios futuros de las empresas, lo que significa que las compañías españolas –siempre hay excepciones como las eléctricas– no tienen un horizonte halagüeño y, por lo tanto, tampoco el país. Los ejemplos más sangrantes están ahí, sobre todo en la banca, en donde el BBVA de Carlos Torres ha llegado a mínimos históricos de 2.1 euros por acción.

Es lo que justifica también las fusiones, en donde Caixabank y Bankia han ido por delante. Onur Genç, el consejero delegado del BBVA, reconoce ahora que «si encontramos algo valioso, haremos una operación». Paradojas de la vida, la subida de tipos de interés en Turquía, el país de Genç y en donde el BBVA tiene muchos intereses, le ha permitido dejar atrás los mínimos bursátiles. Sin embargo, al sultán Erdogán no le ha gustado ese alza del precio del dinero y eso puede darle algún otro susto al BBVA.

Ana Botín, presidenta del Santander, asegura mientras tanto que su banco «no necesita hacer compras para crecer». No significa nada, porque una regla de oro para comprar bien es no mostrar mucho interés hasta el último final, incluso por el Sabadell.

Los rumores apuntan a un posible pacto Liberbank y Unicaja. Es factible, pero las entidades que encabezan Manuel Menéndez y Manuel Azuaga, aunque en Unicaja el poder está en la Fundación que preside Braulio Medel, juegan en otra división, como diría la banquera Botín. No supondría un cambio trascendente en el doliente sector bancario, ni tampoco sería un revulsivo para la bolsa. Liberbank y Unicaja acumulan caídas en sus cotizaciones del 34% anual.

Todavía peor le va al Sabadell de José Oliú, en busca de novia y de no ser comprado, que apechuga con un desplome bursátil del 70%, mientras que los gigantes Santander y BBVA tienen que digerir batacazos del 50% y ahora esperan que el BCE que preside Christine Lagarde les deje repartir dividendo, aunque mínimo, el próximo ejercicio. Las bolsas, dicen los críticos, no son la economía real, pero sí caminan en paralelo y el que la española sea la peor de Europa es síntoma muy malo. «¡Ay, Wall Street!», escribía pesimista Lorca en Nueva York en 1929. Ahora, quizá diría «¡Ay, Ibex-35!». Danza de la pandemia en la Plaza de la Lealtad.

La solución siempre pendiente para el futuro de las pensiones

Cristina Herrera, presidenta de la AIREF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal), sugiere retrasar la edad real de jubilación para aliviar las cuentas de la Seguridad Social, que en septiembre gastó 9.911 millones en el pago de las pensiones. Una fórmula similar propone el Banco de España y, aunque no es la solución definitiva, aliviaría bastante las cuentas de la SS y sería la menos dolosa para los pensionistas actuales y también futuros.

El día que los británicos volvieron a Portugal y colapsaron Faro

Visto y no visto. El Gobierno británico de Boris Johson, en su errática política también sobre la pandemia de la COVID-19, levantó de pronto la cuarentena que había impuesto para los viajes con Portugal. Dos días después, la compañía aérea Ryanair no solo programó, sino que también llenó, en pocas horas, hasta 27 vuelos en el mismo día, entre diversas localidades del Reino Unido hasta el aeropuerto de Faro en el Algarve portugués, en donde muchos británicos tienen segundas residencias y en donde otros muchos pasan sus vacaciones. Los vuelos llegaron a colapsar el aeropuerto de Faro en algún momento, aunque todo ha sido fugaz porque enseguida volvieron las restricciones ante el aumento de la pandemia. Sin embargo, ha quedado el interés de los británicos por los destinos del sur de Europa.