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Deuda de EE UU, una bomba de relojería que amenaza con estallar

La suma de Administración, empresas y familias alcanza los 72 billones de dólares, una cifra récord que hace resucitar el fantasma de las «subprime» de hace una década

Las palabras de Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal estadounidense, resonaron en la sala de Washington donde se celebraba la reunión del Club Económico. Hablaba, por supuesto, de la deuda. «Estoy muy preocupado», confesó, y añadió que estamos ante «un problema a largo plazo que definitivamente debemos enfrentar, y en última instancia, no tendremos más remedio».

Su mensaje combina maravillosamente con el visionado de la web que cobija los relojes de la deuda en Estados Unidos. En el momento de escribir estas líneas, la deuda pública ascendía a los 22 billones y acumula un billón extra al año. El total, añadida la deuda de las empresas y las familias, asciende a más de 72 billones. Cifras récord, que añaden turbulencias a la incertidumbre si consideramos que el crecimiento de la deuda está coincidiendo con la fase expansiva de un ciclo económico magnífico. Dicho de otra forma, ni siquiera en momentos de bonanza, con las mejores cifras de ocupación laboral en décadas, el país parece capaz de cortar la espiral de la deuda. Nadie duda, por ejemplo, de que existen numerosos gastos estatales, federales y locales, programas de todo tipo, duplicidades, agencias, etc., que podrían y tendrían que recortarse o suprimirse por una cuestión de estricta eficacia.

Pero tampoco nadie está dispuesto a que los recortes afecten a su Estado o su ciudad, y menos que nadie los congresistas y senadores, conscientes de que su escaño depende del nivel de satisfacción de unos electores generalmente opuestos a los recortes de inversiones y recursos en su circunscripción. Hace tiempo que los economistas alertan de la posibilidad de que el endeudamiento público, empresarial y privado, que adquiere proporciones de burbuja, explote en una crisis similar a la de 2008, causada por las hipotecas de alto riesgo. Se estima que cada ciudadano de EE UU debe de media 66.595 dólares y que la deuda por contribuyente es de 179.464 dólares. Si le añadimos la deuda federal, de la que resulta imposible sustraerse, las cifras son descomunales: 219.435 dólares por ciudadano y 856.127 dólares por familia. Si aplicamos el microscopio y atendemos a las particularidades e idiosincrasias del país descubrimos que la deuda generada por los préstamos a los estudiantes, muchos de ellos incapaces de acceder a los carísimos estudios superiores sin hipotecarse durante décadas, supera el billón de dólares. Las tarjetas de crédito reclaman un billón en deudas y las hipotecas y préstamos bancarios otros 15 billones. Los gastos sanitarios, primera causa de ruina familiar, han provocado a su vez que 79 millones de ciudadanos de EEUU tengan dificultades para pagar sus facturas sanitarias y/o estén directamente endeudados con las aseguradoras. En un país donde no es raro que cada miembro de una familia pague unos 500 mensuales por unos seguros que incorporan la fórmula del copago y, para colmo, rara vez proporcionan todos los servicios.

Donald Trump, que llegó a la Presidencia de EE UU prometiendo acabar con la deuda en dos mandatos, la está aumentando a un ritmo sostenido de un billón al año. Para recortarla, y estimular la economía, logró sacar adelante en 2018 una reforma fiscal de gran calado. Entre otras medidas el tope que tributan las empresas ha bajado del 35% al 21%, y el tipo máximo para los particulares ha quedado fijado en el 37%. El problema, como recordaba Kimberly Amadeo en «The Balance», consiste en que «de acuerdo con la curva de Laffer, los recortes de impuestos solo contribuyen a la disminución de la deuda cuando los impuestos están por encima del 50%. Funcionó durante la administración Reagan porque la tasa impositiva más alta era del 90%», pero éste no era el caso, ni remotamente, cuando Trump alcanzó la Presidencia. De todas, el 29% de subida de la deuda que dejará al terminar su mandato palidece frente al 54% de aumento que dejó George H.W. Bush, el 74% de Barack Obama, el 101% de George W. Bush y el 186% de Ronald Reagan.

En atención a Obama, cabría subrayar que llegó a la Presidencia en mitad de una crisis bancaria sin precedentes y que en cualquier caso sus números palidecen frente a los del presidente Franklin D. Roosevelt, que aumentó la deuda en un 1.000% a causa de la Gran Depresión y el subsiguiente «New Deal», primero y, después, por culpa de la II Guerra Mundial. Si atendemos a la serie histórica, podría afirmarse que la situación empezó a complicarse a partir de 2001, cuando la deuda nacional era de unos cinco billones de dólares. Desde entonces, se ha multiplicado por cuatro, para superar los 21 billones de dólares cuando en 1989 estaba por debajo de los tres billones. Entre 2000 y 2019, la base monetaria ha crecido un 456% y la oferta de dinero en un 212%. Para entender la magnitud de la deuda en EE UU bastaría con recordar que supera a la de cualquier otro país del mundo y que sólo encuentra parangón en la deuda combinada de todos los países de la UE. Las perspectivas no podrían ser menos optimistas si tenemos que cuenta que EE UU ha aprovechado sistemáticamente el colchón de la seguridad social para hacer frente a la mayoría de sus vencimientos. Pero al igual que sucedió antes en Japón y la UE, los cambios sistémicos en la pirámide demográfica ahogarán el imprescindible recurso, provocando que tarde o temprano que la seguridad social también entre en números rojos. La única manera de atajar la espiral de una deuda incontrolada pasa por subir ciertos impuestos y recortar los gastos. Posiblemente, una combinación de ambas medidas. Pero sucede que el país y sus necesidades, y los intereses de la clase política, caminan en dirección opuesta. Quizá , nada resulte más preocupante que la opinión del propio Trump. Según la revista «The Daily Beast», el presidente, reunido con sus asesores económicos, pasó revista a la situación de la deuda y descontó cualquier problema... suyo. Opina que faltan unos cuantos años para que explote la burbuja. Cuando suceda, dicen que dijo, «yo ya no estaré aquí»

¿Qué pasará cuando los tipos suban?

A finales de 2018 la prensa próxima a Trump repitió encantada las palabras del premio Nobel de Economía Paul Krugman. En su columna del «New York Times», explicó que conviene preocuparse de la deuda a largo plazo, entre otras cosas porque pueden surgir «contingencias futuras cuando las tasas de interés real aumenten». Pero», añadió, «la deuda ocupa un lugar muy secundario en la lista de cosas de las que preocuparse y es absolutamente trivial en comparación, por ejemplo, con la catástrofe que supone una infraestructura desmoronada, y que debemos arreglar sin preocuparse por pagar a medida que avanzamos». Un balón de oxígeno para Trump que llega desde la trinchera contraria. Entre tanto, desde las páginas de medios tan influyentes como el «Financial Times,» periodistas como Gillian Tett subrayan la inquietante contradicción de que la deuda a una velocidad imparable en un momento en que los intereses son relativamente bajos si nos atenemos a los estándares históricos. «¿Qué pasará» –pregunta– «con esa deuda y los costos de servicio, si (o cuándo) las tasas de interés suban a un nivel más normal?». Nelson D. Schwartz, uno de los especialistas económicos más reconocidos del «New York Times», advertía a finales de septiembre de que EEUU pronto gastará más en hacer frente a los vencimientos de deuda que en el Ejército, la Seguridad Social y los programas dedicados a la infancia