El deber de dignificar el diálogo

España necesita, claro, grandes acuerdos, pero se antoja imposible con un Gobierno que ha declinado el liderazgo, ha optado por sestear frente a la crisis y ha priorizado blindar sus alianzas con los auténticos enemigos del régimen constitucional

Jesus G. FeriaLa razon

El presidente del Gobierno ha recuperado para su agenda oficial los encuentros con la oposición. Será el próximo 2 de septiembre. Primero, con el líder del PP, Pablo Casado, y posteriormente, con la máxima dirigente de Ciudadanos, Inés Arrimadas. El propósito oficial de las reuniones que sirven como antesala del arranque del curso político es, según el propio Pedro Sánchez, afrontar la pandemia del coronavirus y la renovación pendiente de órganos constitucionales cuyos plazos expiraron hace demasiado tiempo. Esta ronda no estaría revestida de mayor relevancia que una cita política común en cualquier democracia asentada, dentro de los usos de la cortesía y la cooperación partidaria, si no fuera porque la etapa dirigida por el actual inquilino de La Moncloa se ha caracterizado por incumplir prácticamente todos los códigos relacionados con la transparencia, el diálogo y la búsqueda de acuerdos con los partidos que representan la alternancia.

En realidad, Sánchez ha apadrinado un modelo de gobernanza, sin parangón en los otros regímenes parlamentarios homologables, que ha girado en torno al eje de mandar al ostracismo al Partido Popular y someterlo a la incomunicación con el establecimiento de una suerte de cordón sanitario de autor en el que los contactos con Pablo Casado quedaron postergados. La cronología en este asunto retrata singularmente a quien tenía y tiene, como hizo ayer, la responsabilidad de promover esa fluida comunicación con quien lidera a la segunda bancada principal del hemiciclo. La última vez que se reunieron de forma presencial fue el pasado 18 de febrero. Con posterioridad, hubo un contacto telemático y, desde hace más de tres meses, Sánchez no encontró el momento ni la oportunidad de levantar ni una vez el teléfono. Este estrategia de arrinconamiento, que viene aderezada por el discurso sobre el obstruccionismo del PP y el latiguillo de que Casado se oponía a todo, sólo puede responder a un propósito de desgastar al adversario endosando el estigma de que no arrimó el hombro en los peores tiempos del país pese a la permanente mano tendida del presidente, que era el soniquete que repetía en todas sus intervenciones. La verdad es que Sánchez no movió un dedo para escuchar a la oposición porque lo que quería, y nos tememos que aún lo desea, era la adhesión o la sumisión a su liderazgo y de paso eliminar de la ecuación electoral a los populares y con ello a la alternativa. En este convencimiento de empujar extramuros de la institucionalidad a la oposición en una democracia liberal y representativa hay rasgos degradantes y empobrecedores del sistema. Para mayor escarnio, ese sucedáneo de divide y vencerás, en este caso, relega y doblegarás, se ha practicado en los meses más críticos y trágicos de la historia democrática.

Cabe preguntarse y sospechar que si no se aproximó a la oposición entonces, por qué lo hará ahora. El presidente ha decidido mover pieza en ese escaparate magnífico de gestos y propaganda que es su política. En pleno rebrote, y cuando ha dado la espantada en la gestión de la crisis para que los gobiernos regionales carguen con la factura, que será costosísima. Sánchez tendrá su foto con Casado, pero la experiencia nos dicta que no habrá nada más. Aunque debería. Hasta la fecha, las reuniones de los líderes han resultado territorio yermo, sin fruto alguno ni de contenido y ni siquiera de una mejoría en el clima y la comunicación. España necesita, claro, grandes acuerdos, pero se antoja imposible con un Gobierno que ha declinado el liderazgo, ha optado por sestear y ha priorizado blindar sus alianzas con los auténticos enemigos del régimen constitucional. Ojalá, el presidente decidiera dar el volantazo que los españoles necesitan y demandan y abordar la terapia frente a la crisis desde la lealtad con quienes representan a millones de españoles, y que el bien común desdeñara intereses menores y tacticismos arteros. Visto los antecedentes, es obligado ser escépticos cuando no pesimistas sobre la posibilidad de que Sánchez dignifique el diálogo con Casado.