100 días de Gobierno: Sánchez, ante el reto del consenso para salvar la legislatura

En tres meses el líder del PSOE ha visto cumplirse todos sus temores sobre sus alianzas y se ha quedado sin la agenda de su Legislatura. Su reto ya no es Cataluña, sino contener la debacle económica de España

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, rendirá hoy de nuevo cuentas en el Congreso sobre la gestión de la pandemia
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, rendirá hoy de nuevo cuentas en el Congreso sobre la gestión de la pandemia FOTO: Borja Puig de la Bellacasa EFE

Pedro Sánchez cumple cien días en el Gobierno y, posiblemente, no hay precedente, ni siquiera el de Mariano Rajoy de 2008, de un presidente que en tan poco tiempo se haya tenido que enfrentar a una situación tan desbordante. Más o menos Rajoy sabía cuando llegó a La Moncloa en 2008 que iba a tener que gestionar una pesadilla económica, pero ni en la agenda de Sánchez ni en la de nadie entró jamás la previsión de que este Gobierno recién estrenado tuviera que enfrentarse a tal catástrofe sanitaria y económica y a la voladura de todas sus previsiones para la Legislatura.

A la fuerza Sánchez forjó un bi-Gobierno diseñado para gestionar una agenda social, moverse cómodamente en la polarización y entretener el problema catalán a la espera de que las nuevas elecciones autonómicas permitieran al líder del PSOE mantener el control de La Moncloa con sus socios de investidura mientras ERC se asentaba en la Generalitat.

La agenda social ha quedado dinamitada. El Gobierno se enfrenta a una costosa inyección de gasto público no para contentar a la ciudadanía sino para intentar garantizar «in extremis» su supervivencia. No habrá Presupuestos este año y la agenda catalana y la mesa de diálogo entre Gobiernos suena hoy en día a debate del siglo pasado o a lujo de la política de partido que ni España ni Cataluña pueden hoy permitirse.

El colapso de los procesos judiciales afecta también a las causas que el independentismo tiene por resolver en los tribunales y al recurso interpuesto por Quim Torra en el Supremo en la causa sobre su inhabilitación, y cuya resolución marca el final de la legislatura catalana. Los tiempos se alargan, la agenda catalana cambia y los intereses comunes entre Moncloa y ERC se diluyen.

En este contexto, el acuerdo de mínimos que el lunes Sánchez consiguió con el presidente del PP, Pablo Casado, tiene mucha más importancia de la que parece, aunque en sí no acabe traduciéndose en acuerdos legislativos importantes. De momento, Sánchez, cediendo, gana tiempo, y da tiempo a los españoles para evitar que nos despeñemos por el precipicio que nos ha puesto delante la pandemia. Antes o después los consensos, esas amplias mayorías, aunque sea acuerdo por acuerdo, serán necesarias no ya para garantizar la supervivencia de un Gobierno o de una oposición, sino para garantizar una salida estable y durarera de una catástrofe sanitaria y económica sin precedente.

Es fácil intuir que en estos cien días Sánchez ha confirmado que su oposición más peligrosa está dentro de su Consejo de Ministros y no fuera. En el PSOE lo ven claro y lo reconocen, aunque la estructura del partido y la territorial, la que les queda, trabaje al servicio de mantenerle en La Moncloa. «Todos los temores se han cumplido, empezando por tener la oposición más sólida dentro del Consejo de Ministros». La reflexión de un presidente autonómico socialista apunta a Pablo Iglesias y a Podemos, y a «sus ansias permanentes para colocarse por delante del PSOE y cambiar el modelo del 78».

Sánchez se enfrenta a la debacle desde una posición precaria en cuanto a los apoyos. Podemos le está ganando la partida de la comunicación, mientras el PSOE carga con el desgaste de la crisis. ERC y EH Bildu no son compañeros de viaje para atender a una crisis nacional en la que harán falta políticas nacionales y grandes reformas de Estado. Por eso entre sus decisiones más acertadas está la de apartar a un lado la mesa de partidos extraparlamentaria para el Acuerdo por la Reconstrucción y aceptar la exigencia del PP de trasladar el diálogo al Congreso.

Las previsiones que manejan en el Gobierno son dramáticas. Todo dependerá de cuánto dure el confinamiento y de cuánto dure la fase de desescalada, y si las cosas se hacen bien o mal. Pero en el mejor de los escenarios la destrucción de empleo llegará al 25-30 por ciento, y en estas crisis, como advierten los asesores económicos de Moncloa, el mercado laboral cae en picado muy pronto, pero luego tarda mucho tiempo en recuperarse. En el escenario más favorable, tardará al menos dos o tres años.

Con sólo cien días de tregua el presidente del Gobierno se enfrenta esta semana a una negociación decisiva en Europa para la que necesita tener detrás el respaldo de toda la oposición. A diferencia de la crisis de 2008, España tiene un sector financiero solvente y hay desfases en el déficit, pero no llegan al nivel de sobreendeudamiento de entonces.

Pero es muy difícil que el Gobierno español consiga ganar la batalla de mutualizar la deuda, y aunque no haya ajustes y la condicionalidad de la anterior crisis, el gran peligro al que se enfrenta el Gobierno es que España salga de esta tragedia sanitaria como uno de los países más endeudados y con peores «ratios» en prácticamente todo. Ahora la deuda está en el cien por cien, la previsión es que se dispare al 130 por ciento sobre PIB a costa del gasto público, de las prestaciones por desempleo y de la inversión pública que será necesaria para intentar reconstruir el mercado laboral.

A Sánchez le están pidiendo desde fuera, y también se lo dice alguno dentro de su círculo de consejeros áulicos, que le toca asumir la responsabilidad de liderar al país cuando se enfrenta a una encrucijada que va a marcar el futuro de las próximas generaciones. Con la incertidumbre añadida de que si hay rebrote de la pandemia en otoño, la caída será todavía más grave. Y que su obligación, como también le están pidiendo al jefe de la oposición, es que entienda que los partidos no pueden seguir comportándose como si nada hubiera pasado.

El «mundo de ayer» no va a volver y para el mundo que se nos echa encima, cuánto más tarden los partidos en revisar sus estrategias del pasado mayor será el daño. Sánchez necesita revisar sus alianzas y ser capaz de alcanzar grandes consensos para impulsar una política económica ambiciosa, a medio y largo plazo, con previsiones plurianuales de ingresos y gastos. No está en juego un Gobierno, está en juego el futuro de España.