“El Congreso se divierte”

Con este título, no me refiero a lo que sucede entre nosotros en el momento actual, en el que con el ruido político resulta difícil entender si Ayuso es la nueva culpable de todo lo relativo al rebrote otoñal del coronavirus, o lo es la otrora omnipotente «autoridad única» politicosanitaria, devenida ahora en «autoridad inexistente». Como todo perspicaz lector entenderá, me refiero a la genial y admirada opereta alemana que lleva este título, estrenada en la década de los 30 del pasado siglo, cuando la amenaza de los totalitarismos se cernía intimidante sobre Europa. Con dicho telón de fondo, esta obra insufló optimismo y esperanza gracias a su guion desarrollado en un histórico Congreso –el de Viena, de 1815– que, tras la derrota definitiva de Napoleón en Waterloo, estableció las bases políticas para volver al antiguo régimen sepultado por la Revolución Francesa.

En la obra, el Congreso se divertía mientras la catástrofe se cernía sobre la población. Cautivó a la crítica y al mundo del periodo de entreguerras, el genial romántico idilio representado «en los márgenes del Congreso» –en terminología diplomática– entre el Zar Alejandro y una sencilla joven invitada por él a pasear y bailar el vals a los acordes de la música de Strauss, para desagraviarla tras haber confundido su lanzamiento de un ramo de flores con una bomba. Cualquier parecido con las realidad actual es mera coincidencia, lo mismo que cualquier presunta semejanza entre Napoleón y Puigdemont, que solo tienen en común que su personal ocaso se ubique precisamente en Waterloo.