El guardia civil y el etarra, frente a frente

“Kubati” es juzgado esta semana por el asesinato de dos miembros del GAR y Rodríguez Galindo comparece como testigo

Esta semana se verán las caras de nuevo uno de los más peligrosos pistoleros de ETA, José AntonioLópez Ruiz, “Kubati”, y el guardia civil que dirigió la operación  denominada “Akaitz”, que permitió su captura; el entonces teniente coronel Enrique Rodríguez Galindo. El primero, como acusado de asesinato; y el segundo, como testigo en el juicio por la muerte, el 26 de julio de 1986 en Arechavaleta (Guipúzcoa), de dos miembros del GAR de la Benemérita, el teniente Ignacio Mateu y el agente Adrián González.

“Kubati” era el  jefe del “comando Gohierri” y responsable del asesinato de la también etarra María Dolores González, “Yoyes”; del general gobernador militar de Guipúzcoa Rafael Garrido, su esposa, un hijo y una viandante, en San Sebastián, entre otras acciones delictivas.

La célula etarra traía de cabeza a las Fuerzas de Seguridad hasta que Galindo y sus hombres obtuvieron una pista fundamental. El pistolero iba a realizar una llamada a uno de sus “laguntzailes” (colaboradores) determinado día y a determinada hora. Lo haría desde una cabina telefónica. No había otra manera de cogerle y se optó por controlar a esa hora todas las cabinas de la provincia de Guipúzcoa. En una de ellas, en el centro de Tolosa, fue capturado “Kubati”.

Fue una de las operaciones más espectaculares de las realizadas desde el cuartel de Inchaurrondo, que tuvieron su cenit en la desarticulación del “comando Eibar” que llevó a la captura de los tres miembros de la cúpula de ETA, el colectivo “Artapalo”, en marzo de 1992, en un caserío de Bidart, en Francia.

Un intenso trabajo de investigación de la Guardia Civil ha permitido identificar la huella de “Kubati” en uno de los tubos lanzadores de granadas utilizados en el citado atentado.

El etarra, junto con el que se sentará su compañero de “comando” José Miguel Latasa Guetaria, “Fermín”, tendrá que explicar, si es que puede, cómo estaba su huella en aquellos tubos. No vale que se nos presente ahora en plan transportista de material cuando están acreditadas sus responsabilidades dentro de la célula.

Debe de ser duro para un individuo como “Kubati” tener enfrente, aunque sea por vía telemática, al guardia civil que dirigió aquella gigantesca operación, en la que hubo que movilizar a cientos de agentes para controlar decenas de cabinas. Es seguro que desde entonces no tendrá ninguna duda de la voluntad de vencer que los agentes de la Benemérita han demostrado a lo largo de sus ya 176 años de historia.

Su sorpresa por la detención fue tal que, cuando finalizó su declaración, confesó a los agentes que si no se hubiese hecho etarra le hubiera gustado ser guardia civil. Se sentía invencible, que nadie le podía capturar y con una simple llamada dio por finalizada su andadura criminal.

El atentado en el que perdieron la vida Ignacio Mateu y Adrián González es uno de los cientos cuya autoría está aún sin esclarecer. Esta semana podría restarse de esa larga lista que tanto daño hace a las víctimas.

Aquel triste día, el “Goiherri” colocó  varios artefactos explosivos con la intención de causar la muerte y destrucción. Uno de ellos, consistía en una trampa que fue el que acabó con la vida del teniente Mateu y del agente González.

Kubati, que abandonó la cárcel en 2013 al beneficiarse de la sentencia contraria a la “doctrina Parot”, puede volver a la cárcel si la Audiencia decide condenarle. Las pruebas parecen concluyentes y el testimonio del general Galindo, pedido por la defensa del terrorista, no parece que vaya ayudar a su exculpación.

En su libro autobiográfico, “Mi vida contra ETA”, editado por Planeta, este militar cuenta una anécdota que da idea de la voluntad de servicio del teniente Mateu, cuyo padre, magistrado del Tribunal Supremo, también fue asesinado por ETA, en 1978,  en concreto por el “comando Argala”, que dirigía Henri Parot.

El día en que fue asesinado, el teniente había preparado todos sus enseres personales para trasladarse a Madrid, donde iba a realizar cursos de idiomas por un periodo de dos años y, por tanto, causar baja en su destino del País Vasco. Al enterarse del atentado con granadas, Mateu «desembaló su uniforme, tomó de nuevo el mando y allí estaba acudiendo a la llamada, que no podía ni quería desoír», subraya Galindo.