La tumba del generalísmo en Mingorrubio siempre está adornada con flores frescas, banderas y símbolos de la dictadura
La tumba del generalísmo en Mingorrubio siempre está adornada con flores frescas, banderas y símbolos de la dictadura FOTO: Enrique Cidoncha La Razón

Franco cotiza a la baja en Mingorrubio

La «mina de oro de visitantes» que esperaban en la colonia tras el traslado de los restos del dictador nunca llegó. «Aquí no viene nadie», dicen vecinos y hosteleros

Es mediodía y el sol pelea por hacerse un hueco entre las nubes que comienzan a despejarse en el cielo de El Pardo, al norte de Madrid. Allí, en medio de un paraje idílico, manso y silencioso como es la colonia de Mingorrubio, hace dos años se preguntaban qué sería de ellos tras las llegada de los restos de Francisco Franco cuando el Gobierno decidió trasladarle desde el Valle de los Caídos a este cementerio discreto donde ya estaba enterrada su esposa, Carmen Polo, y otros altos mandos de la dictadura.

Unos lo veían entonces como un «golpe» a su tranquilidad cotidiana, mientras que otros aseguraban que sería la gran oportunidad para los contados negocios de esta colonia. «Pero nos hemos quedado con lo primero, aquí no viene nadie», sentencia el propietario de la única tienda de alimentación de Mingorrubio.

La tranquilidad de la colonia de Mingorrubio, en El Pardo, no se ha visto alterada por el traslado del dictador
La tranquilidad de la colonia de Mingorrubio, en El Pardo, no se ha visto alterada por el traslado del dictador FOTO: Enrique Cidoncha La Razón

En el mausoleo del dictador se aprecian flores frescas así como innumerables muestras de afecto, «y eso quiere decir que sí que viene gente a mostrarle su respeto. Llegan hasta aquí, dejan lo que quieran y se van. Es mentira eso de que Franco está olvidado. Yo no lloré por su muerte ni cante el Cara al Sol, pero a los muertos hay que tratarlos con respeto», comentan unas hermanas que a primera hora de la mañana han ido a visitar la tumba de su madre que lleva enterrada allí tres décadas. Pasean por delante de la tumba de Franco que, en ese momento, permanece solitaria, eso sí, preparándose para el 20-N cuando se espera una mayor afluencia de personas.

«El Gobierno de Sánchez fue el que impuso traerlo aquí, fue muy desagradable porque a los muertos hay que dejarlos en paz. Fue una decisión autoritaria y dictatorial, se le quiso desprestigiar y hacer daño a la familia. A mí no me molesta que esté aquí, pero fue una decisión equivocada. Eso sí, ir al Valle de los Caídos no era cualquier cosa. No tiene nada que ver con esto», comentan las hermanas antes de abandonar el camposanto.

Sin embargo, al abandonar el recinto, al otro lado de la verja que custodia los restos del Generalísimo, la realidad es que el impacto de su presencia en Mingorrubio ha sido «insignificante» para los 1.200 residentes de la colonia. «¿Otra vez estamos con Franco a vueltas? ¡Qué pesadez!», responde Ana que lleva viviendo aquí 55 años y que, junto a su hija Candela, espera a la ambulancia que le traslada al hospital para hacerse una revisión. «El día en el que trajeron a Franco al cementerio sí que hubo mucho revuelo, pero tan solo fue aquel día. Al principio pensábamos que quizá hubiera concentraciones de partidarios y detractores por la zona, pero no ha ocurrido nada de eso. Lo único es que quizá nos hemos hecho un poco más conocidos. Antes, poca gente conocía la colonia y te decían: ¿Cómo se llama donde vives? ¿Mingo... qué?’’. Ahora casi todo el mundo lo conoce», apunta amablemente Candela, enfermera de profesión y que residió durante su juventud en la colonia.

Su padre, como la mayoría de hombres de la zona, trabajaba en el cuerpo de la Guardia del caudillo y más tarde en la Guardia Real. Recuerda, con la ayuda de su madre, que cuando se construyeron las aproximadamente 400 viviendas unifamiliares que integran Mingorrubio, pagaban unas 200 pesetas de alquiler, más tarde, tras la muerte de Franco, les ofrecieron la opción de compra por unos tres millones de pesetas y ahora, cotizan alrededor de los 400.000 euros. «Éstas eran casas de obreros, sin luz ni agua. Poco a poco fuimos invirtiendo en su actualización», puntualiza Ana.

Ni excursiones ni familiares

Otro vecino, que nos pide mantener su anonimato y que reside en una de las viviendas más cercanas al cementerio, relata que a él le da igual «dónde esté el dictador». Trabajó en la guardia del caudillo desde los 18 años: «Fui un obrero más, hice mi trabajo y punto. No hay que revolver el pasado». A sus 85 años, mientras cuida el jardín que tiene delante de su casa, reconoce que «por aquí viene muy poca gente. Pero hace dos años, en octubre de 2019, cuando le trajeron fue tremendo. Yo ese día tenía cita en el dentista, cuando llegué en coche de línea no podía ni atravesar la calle para llegar a mi casa. Pensé: como sea así todos los días... Pero nada de eso. Aquel día fue una excepción, desde entonces no ha vuelo a ocurrir», asevera.

"La gente iba al Valle porque es un monumento impresionante, nada que ver con esto», dice un vecino
"La gente iba al Valle porque es un monumento impresionante, nada que ver con esto», dice un vecino FOTO: Enrique Cidoncha La Razón

«Aquí nadie viene a ver a Franco. Tenemos muchos visitantes los fines de semana, pero para hacer turismo e ir al monte. Quizá el día de los Santos sí que hay más personas en el cementerio, pero no creo que sea por Franco», apunta Laura, una joven que se ha instalado recientemente en esta privilegiada urbanización. «Nada de nada. Que lo trajeran aquí no nos ha cambiado la vida. No hay vandalismo, no hay enfrentamientos ni gente exaltada. Hay una normalidad absoluta como la que habían antes de que lo trasladaran. Que la gente no se piense que vienen aquí a cantar el «Cara al sol». Nada de eso, seguimos como estábamos», añade Esther, que espera a las puertas del colegio la salida de su hijo.

La que antaño fue directora de este centro insiste en la misma idea: «En las casi cinco décadas que llevo en esta zona nadie se ha metido con nadie, todos nos respetamos y vamos a lo nuestro. El que tengamos ahora a Franco en el cementerio no ha supuesto ningún problema para nosotros».

Siempre, flores frescas

Los contados comerciantes analizan la situación con cierta desazón. «Al principio sí que se esperaba que quizá vinieran más curiosos y ya de paso se quedaran a tomar algo, pero, vamos, no ha ocurrido de eso. Muchos creían que esto sería una mina de oro, pero la realidad es que ni por el asomo», cuenta José Ramón, que nos atiende en el restaurante el Pinar, frente al cementerio.

«Temimos que la exaltación de los primeros días rompiera con nuestra tranquilidad», resalta una vecina
«Temimos que la exaltación de los primeros días rompiera con nuestra tranquilidad», resalta una vecina FOTO: Enrique Cidoncha La Razón

Según él, lo que ocurre es que la gente acudía al Valle de los Caídos, principalmente, para ver el monumento. Es más, las visitas al mítico lugar que ahora llevará por nombre Valle de Cuelgamuros, sigue siendo un lugar de atractivo turístico pese a la ausencia del cuerpo del generalísimo. «Date cuenta que aquí tampoco no venía antes nadie pese a que esta el palacio de El Pardo, que era la residencia de Franco y que, además, los miércoles es gratis, por cierto. Así que ahora, salvo algunas personas que por nostalgia quieran dejar algunas flores o banderas, no genera tanto atractivo como el Valle. Es verdad que siempre hay flores frescas y que alguien lo mantiene, pero es muy reducido. Es más, aquí están otros gerifaltes de la dictadura y nadie viene por este lugar tampoco. La falta de interés también se nota en que no hay seguridad en los alrededores, puede pasar quien quiera. Pero ni con esas», subraya el hostelero.

¿Tampoco se han dejado caer por el restaurante alguno de los familiares de Franco? «Ni uno, al menos yo no les he visto en todo este tiempo». En el restaurante La Terraza, en el que durante los fines de semana resulta complicado coger mesa, reconocen que «no ha supuesto un empujón a nuestro negocio. En ninguna conversación he escuchado a nadie que hablara del tema o que hubieran venido de excursión a ver la tumba», dice José Alonso desde el otro lado de la barra mientras su compañeros comienzan a preparar las mesas para recibir a los ansiados turistas.