La adormidera en los discursos y el morro infinito
Escuchando a Ribera uno quiere abandonar la tribuna y echarse a las calles para asustar a un notario con un lirio cortado
Julio Valdeón

Escuchar a Teresa Ribera, vicepresidenta Tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, defender el presupuesto inclusivo, ecológico y paritario de este gobierno es lo más parecido a chutarse un potito de opiáceos. Profesional de la neolengua, Ribera sabe leer, entona con claridad, frasea con ganas, pero olvida que el buen orador, como explicaba Cicerón, debe ser «preciso a la hora de probar; mediano a la hora de deleitar; vehemente, a la hora de convencer». Sus parrafadas provocaron tal aburrimiento que apetece hacerse agnóstico del cambio climático antropogénico o contrarrevolucionario de la igualdad, la salud pública o la pervivencia del lobo ibérico o el urogallo. Fue todo tan tacticista y plúmbeo, tan narcisista e inflado, que escuchando a Ribera uno quiere abandonar la tribuna y echarse a las calles para asustar a un notario con un lirio cortado o dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde, en efecto, y dando gritos hasta morir de frío con tal de no aguantar un segundo más la infecta retórica de unos políticos podridos de vanidad, con un discurso plano, fofo e inane, tan impecable como vago y tan acampanado, bienintencionado y testimoniales que nunca va más allá del postureo ahormado por la corrección política y el crudo marketing.

Fue particularmente interesante, por revelador, el párrafo en que la flamante vicepresidente presumió de unos presupuestos que garantizan la presencia del Estado en todo el territorio nacional. Un territorio, un Estado, una nación, donde el ministerio de Cultura ya aclara que no piensa instar al gobierno de Cataluña a cumplir con las sentencias de los tribunales. Ayer mismo varios consejeros de la Generalidad explicaron en rueda de prensa su decisión de pasarse por la estelada bisectriz la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, que obliga a impartir un mínimo del 25% de las horas lectivas en Cataluña en castellano, lengua oficial del Estado y, oh, mayoritaria en la propia Cataluña, donde el 57,58% de los ciudadanos mayores de 15 años la tiene por lengua materna, mientras el catalán lo es del 33,46%. Ribera habló de justicia o igualdad y sus socios, los mismos que votarán sí a estos presupuestos, presumen de desobedecer las sentencias, de ordenar a los funcionarios que incumplan la ley y de tomarse como papel mojado las páginas de una Constitución que no admiten, de una Constitución que les gustaría electrocutar y a la que tratan como si fuera una Carta Magna otorgada por un poder despótico o una potencia colonial, y no un texto que recibió el Sí del 91,09% de los electores que votaron en Cataluña en el referéndum de ratificación de 1978. Normal que los juristas comenten desde hace años que tenemos unas instituciones en franca rebeldía, unos políticos sediciosos y una estupefaciente normalidad, que da por buena la corrosión del Estado de derecho y los inauditos privilegios de unas élites y unos poderes al margen de la ley que teóricamente a todos hace iguales y a todos emplaza.

Cuando llegó el turno de Miquel Iceta, ministro de Cultura y Deporte, cuando explicó que los museos nacionales pertenecen al conjunto de la ciudadanía, con independencia de su ubicación concreta, uno ya no sabía si reír o llorar, llorar y llorar. Después de la feroz campaña contra Madrid, después de los ataques contra un centralismo que dista eones de seguir el modelo jacobino y que, en realidad, garantiza que el patrimonio artístico, histórico y científico no sea repartido con criterios arbitrarios ni usado como señuelo para comprar favores, rebañar votos, negociar presupuestos, contentar mayorías Frankenstein y contentar el vientre siempre vacío y ávido de los comisionistas. Las trampas y las nubes de algodón, los adjetivos de vientre blando y los momentos sobreactuados encontraron un momento terrible con Odón Elorza, con un discurso vibrante por solanesco y atroz. Si cerrabas los ojos podías creer que escuchabas al viejo Jon Idigoras.