Alberto Garzón, don «erre que erre»

En su desafío al ala socialista del Gobierno, el ministro se reitera en sus difamaciones contra la industria cárnica

FOTO: Platón La Razón

Erre que erre. Lejos de rectificar, el ministrillo Alberto Garzón se reitera en sus difamaciones contra la industria cárnica y advierte de que habla como pleno integrante del Consejo de Ministros en la cartera de Consumo. Una bofetada para quienes desde el Gobierno intentan mitigar el escándalo: «No es la primera vez que mete la pata y lo hace a título personal», insisten algunos miembros del Gabinete mientras líderes socialistas como el aragonés, Javier Lambán, o el castellano-manchego, Emiliano García-Page, exigen su dimisión. «No es solo un patoso, es un impresentable que machaca gravemente la imagen de España», dicen en el entorno de ambos presidentes, en cuyos territorios prevalece la importancia económica y creación de empleo del sector ganadero. Y dirigentes del PP se preguntan qué habría pasado si un ministro británico o francés hubiera atacado de esta manera a sus productos en un periódico español: «Cese inmediato», aseguran. Pero la cuota podemita manda y el comunista Garzón vuelve a su estilo de tapar con una última barbaridad todas las anteriores.

Es la impune chulería con que se mueven los ministros de Podemos, todos intocables, en virtud de la necesidad de Pedro Sánchez para mantenerse en el poder. Pero esta vez, algunos ministros y dirigentes del PSOE opinan que Garzón ha ido demasiado lejos en sus ataques contra un sector que factura 7.000 millones en el exterior. Consideran muy tibia la respuesta de la portavoz, Isabel Rodríguez, y sobre todo la del titular de Agricultura, Luis Planas, obligado a defender al sector alimentario y cárnico, primera y cuarta industrias del país. En su desafío al ala socialista del Gobierno, Garzón no se retracta y asegura que sus declaraciones a The Guardian fueron impecables, amparado por la nueva musa de la izquierda, Yolanda Díaz, quien le echa un capote bajo el falso argumento de la crisis climática y demás falacias, lo que revela su ignorancia de cómo funcionan las granjas españolas, que cumplen a rajatabla los controles de salubridad y medio ambiente.

Desde que llegó al Gobierno, este ministrillo no ha hecho otra cosa que despilfarrar dinero público y ser un intervencionista contra los sectores económicos que generan puestos de trabajo. Contra las casas de apuestas, a quienes acusó de ludópatas. Contra el sector alimentario, la bollería industrial y el sector cárnico, por considerarlos nocivos para la salud. Y por si algo faltaba, en plena campaña navideña, arremetió contra los juguetes sexistas apelando a destruir las muñecas que fomentan la desigualdad. Un cúmulo de disparates, pero a pesar de los conflictos y el presupuesto público invertido, las presiones de Podemos le han mantenido en el Ejecutivo. Hace falta tener mucho cinismo para atacar con desvergüenza al sector cárnico mientras en su boda, celebrada por todo lo alto, ofreció un suculento banquete en el que no faltaron el jamón ibérico, solomillo de primera y foie de pato. Es la doble vara de medir de esta izquierda hipócrita con suculentos sueldos públicos y coche oficial.

Al comunista Garzón Espinosa, que incomprensiblemente sigue siendo ministrillo de Consumo, algunos compañeros le llaman el «Pepito Grillo» del Gabinete. Muchas de sus medidas, jaleadas por el grupo parlamentario de Podemos en el Congreso, han sido paralizadas en el Consejo de Ministros. Pero su manejo del dinero público y la propaganda mediática le mantienen en el candelero. Garzón es un ignorante que ha puesto en pie de guerra a miles de ganaderos y empresas del campo, honrados trabajadores que representan una cifra de negocio de miles de millones. Pero a Garzón, que nunca ha trabajado porque siempre vivió de la política, poco parece importarle. Es la suya, como todos los de su estirpe radical de izquierdas, una doble conducta entre elitistas costumbres privadas y la verborrea del «pijoprogre» disfrazada de un falsario ecologismo para salvar el planeta, sin olvidar cotidianos ataques a la Monarquía en favor de la República.

Ante las difamaciones, las asociaciones cárnicas y agrarias le han sacado los colores con un aluvión de datos sobre el rol socioeconómico del sector. Un rapapolvo bien documentado sobre sus opiniones acerca de la contaminación que no se sostienen. La ignorancia de Garzón es supina y hasta Sánchez tuvo un día que defender las bondades de un chuletón, mientras el ministro de Agricultura y Alimentación se escondía bajo la almohada y tildaba sus opiniones de «fuera de lugar». Pero Garzón reitera sus acusaciones sin rubor. No es la primera vez que hace el ridículo y pone en un brete al Gobierno: hace unos meses aseguró que el turismo y la hostelería son sectores «de bajo valor añadido, estacionales y precarios». Compañeros de gabinete reconocen que la formación de Garzón, «no da ni para ser bedel en un Ministerio».

Alberto Carlos Garzón Espinosa nació en Logroño, hijo del malagueño Alberto Garzón Blanco, profesor de Geografía e Historia, y de la riojana Isabel Espinosa Casares, farmacéutica. Sus primeros años los pasó en Logroño, hasta que su familia se trasladó a Marchena (Sevilla). Años después volvieron a Málaga, estudió Económicas y comenzó su militancia política con 18 años en IU-Los Verdes de Andalucía. Era activista en movimientos de izquierda como azote del «capitalismo, el pensamiento único y el vacío intelectual» en la enseñanza de la economía. Defensor de la ortodoxía marxista, opina que el capitalismo «es incompatible con la democracia», porque en este sistema los votos se determinan «bajo el manto del dinero y los poderosos».

Para predicar con el ejemplo, en 2017 celebró su boda por todo lo alto con la médico de familia Anna Ruiz, con quien tiene dos hijas, Olivia y Chloe. Afiliado a las Juventudes Comunistas de España y al PCE, militante de IU, llegó al Congreso como diputado por Málaga en 2011, el más joven de aquella legislatura y nunca brilló por su trabajo. Cercano primero a Julio Anguita y ,después, a Cayo Lara, participó en el 15-M y allí conoció a su mentor para entrar en el Gobierno, Pablo Iglesias. Las presiones de los podemitas, a quienes Sánchez necesita, hacen inamovibles la cuota de sus cinco ministros, entre ellos Garzón, a pesar de su escasa formación. Sonoras fueron unas declaraciones suyas cuando dijo «proponido», en lugar de propuesto. Pero una vez más el poder morado ha triunfado.