La Cataluña rural y la urbana libran la batalla por la independencia

Mientras los partidarios del «sí» viven en zonas de menos de 10.000 habitantes, los del «no» residen en grandes ciudades.

El pulso demoscópico a la ciudadanía catalana lo toma tres veces al año el Centro de Estudios de Opinión (CEO). La encuesta tiene una muestra muy amplia, de 1.500 entrevistas, siendo el estudio autonómico de mayor envergadura que se realiza periódicamente en Cataluña. Una de las preguntas que incorpora últimamente es: «¿Quiere que Cataluña se convierta en un Estado independiente?» La respuesta a la cuestión ha ido modificándose desde el verano de 2016. El «sí» a la independencia ha bajado del 47,7% al 41,1%, mientras que el «no» ha ido a más, pasando del 42,4% al 49,4%. Este dato reciente corresponde al barómetro de julio de este año y nunca antes se había alcanzado un diferencial tan grande a favor del «no»: 8,3 puntos.

Accediendo al último barómetro del CEO, el realizado en julio, obtenemos una radiografía muy completa de la sociedad catalana, la que mayoritariamente rechaza la independencia. También en todos los segmentos de edad, incluso en los que han padecido el experimento de la inmersión lingüística, auténtico apartheid sociocultural.

Mientras que el apoyo a la secesión se mantiene muy regular en todas las franjas de edad, con leves oscilaciones entre el 39,2% y el 42,3%, la permanencia en España es defendida con tasas superiores al 50% por los catalanes de 50 y más años. Mientras que se reduce a tasas comprendidas entre el 45,5% y el 47,7% en los tramos de edad de 18 a 49 años. A pesar del descenso entre los más jóvenes, éstos siguen superando a sus coetáneos independentistas. La mirada por género es muy homogénea entre el «no» a la independencia: el 49,7% de los hombres y el 49,1% de las mujeres. No sucede lo mismo entre los separatistas, en donde los hombres se imponen claramente a las mujeres por un 42,2% frente a un 40%.

Sin embargo, territorialmente nos encontramos con una importante diferencia: las dos provincias más urbanizadas y desarrolladas rechazan mayoritariamente la independencia. En Barcelona, el 50,6% dice «no», frente a un 39,7% favorable. Pero incluso en Tarragona el porcentaje contrario a la separación es mucho mayor: 54,4% frente al 37,2% de secesionistas. El «sí» triunfa en las dos provincias más rurales y menos desarrolladas, en Lérida y Gerona, en donde entre ambas se alcanza un 50,6% de favorables a la independencia, frente al 40,2% antiindependentista.

En cuanto al uso preferente del catalán o del castellano, nos encontramos que hay una nueva división social, el 49,7% prefiere el catalán y el 46,7% el castellano, y un 3,6% le es indiferente. Pero las opiniones de los que usan normalmente uno u otro idioma son verdaderamente significativas: el 79,1% de los que se inclinan por el catalán está a favor de la independencia, mientras que el 70,2% de los castellanoparlantes quiere seguir en España. Sólo un 18,2% de éstos es favorable a la independencia, mientras que entre los catalanoparlantes los unionistas se elevan al 26,3%.

Otra grieta que separa a los catalanes es su punto de vista en función del tamaño demográfico de su municipio, lo que viene a ratificar la teoría de que el nacionalismo es una manifestación provinciana reñida con la globalización. Los municipios más pequeños registran el índice más elevado de independentistas: hasta el 63,3% de los que viven en aldeas o pequeños núcleos de hasta 2.000 habitantes. El nacionalismo es «cateto, estrecho y provinciano». Textual, palabras pronunciadas por un político español con el carné del Partido Comunista de España, Julio Anguita en 1994, cuando era el líder de IU. Y además se refería al nacionalismo catalán, personificado en aquel momento por Pujol. El porcentaje de independentistas aún supera a los no independentistas en los pueblos de 2.001 a 10.000 habitantes, con el 53,6% de separatistas. Pero a partir de 10.001 habitantes, el independentismo es derrotado. Especialmente en las ciudades de 50.000 a 500.000 habitantes, en donde los unionistas superan el 60% de la población (60,8% en el tramo de 50.001 a 150.000 y 60,4% en el segmento de 150.001 a 500.000 habitantes). Incluso en la ciudad de Barcelona, en donde reside el 21,4% de los catalanes, el no a la independencia se impone por un 50,1% frente al 41,6%.

Después de 1-O habrá que buscar la unión de las fuerzas constitucionalistas de ámbito nacional y replantear la devolución al Estado de las competencias en materia de Educación. Las aulas son la verdadera fábrica de independentistas. También habrá que poner fin al monolingüismo.