Muere Suárez, renace la Transición

Tras fallecer el expresidente hay coincidencia en retomar el espíritu de los primeros años de la democracia, algo que hoy parece imposible.

Se ha ido entre elogios hacia la Transición y evocaciones del consenso, antaño logrado, tantas veces invocado y ahora tan difícilmente logrado. Pasados el oropel y la lisonja, cuando todos apelan a grandes acuerdos de Estado, ello no se refleja en la realidad actual del país. El desafío separatista, la inmigración, educación, concertación social, política exterior, grandes temas de Estado que Adolfo Suárez tejió con mano maestra y que no se cierran en nuestra España de hoy. «No era esto, no era esto», dicen muchos de aquellos políticos que trabajaron con él, codo a codo. Entre ellos, José Pedro Pérez Llorca, Rodolfo Martín Villa o José Manuel Otero Novas, quienes recuerdan cómo al ex presidente le obsesionaba la idea de la unidad nacional. Durante los largos debates en la Comisión Constitucional del Congreso, lo preguntaba siempre con insistencia. Pero, «¿queda clara la unidad de España, estáis seguros de que queda claro?».

Era su obsesión política. Corría el año setenta y siete, y el Congreso de los Diputados hervía por los debates en la Comisión Constitucional. Bajo la presidencia de un valenciano, ya desaparecido, Emilio Attard Alonso, se fraguaba el texto de la Carta Magna. Todos los grupos políticos apuraban las discusiones, con renuncias y cesiones, con luces y sombras, pero con el objetivo del consenso. En aquellos años, a Adolfo Suárez le preocupaba enormemente la cohesión nacional. Una y otra vez lo comentaba, en especial con quienes formaban su círculo interior: Fernando Abril Martorell, Rodolfo Martín Villa, Pérez Llorca y José Manuel Otero Novas.

Tanto José Pedro Pérez Llorca, el llamado «silver fox» o zorro plateado de UCD, como el ilustre catedrático Otero Novas lo recuerdan ante los últimos vaivenes secesionistas. «Suárez sabía que el Estado de las Autonomías era necesario, pero también un riesgo», aseguran quienes a su lado trabajaron. Por ello, siempre le encargó a Fernando Abril que mantuviera esa idea de la unidad en sus negociaciones con Alfonso Guerra, su cualificado interlocutor con el PSOE. Y por ello, también consumió largas horas de debate con dos hombres claves: Miguel Roca y Xavier Arzallus. Un catalán y un vasco que se entendieron con Suárez, y cuyo sentido de Estado tanto se echa en falta en estos momentos. Algo que definió muy bien Emilio Attard el día que se cerró el texto constitucional: «Ésto se estudiará en un futuro como un gran tratado de ciencia política».

Adolfo Suárez se ha ido sin ver la irresponsabilidad de algunos por una España deshilachada. En los últimos años, preso de la enfermedad y el olvido, no pudo contemplar cómo aquella gran obra de consenso se resquebraja. Su propio hijo mayor, Adolfo, que probó la tentación política sin consumarla, lo ha comentado muchas veces. Ante el desafío catalán, el más acerado del momento, Suárez Illana lo ha dicho: «Éste no es el pacto que hizo mi padre». Al hombre que, bajo la inteligente batuta del Rey, trajo la democracia, se le abrirían las carnes ante el actual espectáculo. El hombre que propició el «Ya estoy aquí» de Tarradellas, con quien mantuvo una estupenda relación, caería en suma tristeza, desolado. «No era eso, no era eso», comentan ahora algunos de sus colaboradores más cercanos como Pérez Llorca, Jaime Lamo de Espinosa y Otero Novas.

Para Rodolfo Martín Villa, que padeció la etapa más cruenta y terrible del terrorismo, a Suárez sí le habría gustado ver el ocaso de ETA. Al menos, el respiro de dejar de matar. Martín Villa, que procedía de los llamados «azules», integrados en UCD, soportó el zarpazo etarra como nadie. Y aún recuerda cómo Adolfo vivía preparado para un atentado o un secuestro en primera persona. Según quienes con él trabajaron en aquellos duros años, ese entrenamiento psicológico le mantuvo erguido, altivo y firme ante Tejero el día del asalto al Congreso. Algo que ha confirmado muchas veces su hijo Adolfo, el único con quien algunas veces hablaba de política: «Mi padre sabía que en el mundo libre se gobierna desde la moderación, el centrismo y lo social».

Suárez lo practicó y consiguió unos Pactos de La Moncloa históricos. Felipe González y Santiago Carrillo siempre reconocieron el mérito de aquella mesa de concertación social. La foto de unos líderes, tan distintos pero escasamente distantes en aras del consenso, es hoy impensable. ¿Qué ha pasado en estos años?, ¿por qué se ha deteriorado tanto la política? Algunos de los colaboradores del ex presidente opinan que falta generosidad y altura de miras. Y que el ciudadano percibe hoy a los políticos más como «una casta de privilegios» que de entrega sencilla, austera, desinteresada al servicio del país. «Digamos que los valores se han trastocado y ya no son los mismos», en frase de algunos de ellos.

Adolfo Suárez se ha ido con muchos cantos hacia la Transición y su obra, algunos de quienes más le atacaron en vida. Sin embargo, pasadas las horas del obituario, este país volverá al desafío separatista, a la crítica irresponsable, a la ausencia de acuerdos en grandes temas de Estado, ya sea en educación, inmigración, concertación social o política exterior. En el terreno personal, muy pocos han estado a su lado, con excepción de su familia. Adolfo y su mujer, Isabel Flores, han sido los más mediáticos. Pero el resto ha sufrido lo indecible. Sobre todo las chicas, Sonsoles y Laura, ambas afectadas también por la lacra del cáncer. Sonsoles y su compañero, el músico mozambiqueño Paulo Wilson, pasaban muchas tardes en la residencia familiar de Casaquemada. Con su gorrita y gafas negras, la «niña de ojo claros», como la llamaba su padre, está muy afectada. Laura y Javier, tímidos y reservados, jamás han querido aparecer en la prensa.

Este país, tan dado a fustigar en vida, pero al oropel y la lisonja tras la muerte, despide a Adolfo Suárez con cantos hacia la Transición. Una nueva parece harto imposible. En los pasillos de la Clínica Cemtro, mientras el ex presidente se apagaba, su hijo Adolfo hablaba con los médicos que le atendían. Dicen que contó algunas de las últimas conversaciones con su padre, antes de perder por completo la lucidez. Desveló que, a pesar de los terribles trances personales, jamás perdió la fe y escuchaba Misa en silencio, con mirada apacible, todos los domingos, con un capellán amigo que le visitaba. «¿Cuál cree que sería su última alegría?», le preguntó uno de los facultativos. «El ver a una España sin las costuras abiertas». Es el pacto que le habría gustado, que ya no verá y, en estos momentos, tan difícil de cerrar.