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Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros

La columna de Carla de la Lá

  • Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros

Tiempo de lectura 4 min.

04 de julio de 2018. 16:29h

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Carla de La Lá Madrid. 7/7/2018

El título es una broma de nuestro admirado Groucho Marx, que se llevaba las manos a la cabeza observando la necedad reinante. ¿Observan ustedes? Yo sí, me preocupa la sociedad que edificamos para nuestros hijos y más allá de clasificar y reciclar las basuras, pienso que la mayor aportación que podemos hacer en favor de la vida en la tierra es sencilla: “ser educados” y “educar”.

Diría que “la filantropía”, ser bondadosos, íntegros, caritativos, generosos, abnegados, afables, desinteresados, pensadores... pero lo encuentro sofisticadísimo para la generalidad. Dejémoslo en una sana contención externa: la Educación, una serie de normas elementales de actuación, los psiquiatras aseguran que el orden externo, termina por organizarnos también por dentro...

Sí, queridos, acabar con la mala educación es un objetivo alcanzable y estaría muy bien, aun tratándose de una medida cosmética. Miren ustedes, tengo un ojo que roza lo sobrenatural para adivinar cómo es una persona sólo con mirarla. Observar a una persona es leerme su historial psiquiátrico, conocer su CI, su vida laboral, afectiva, su estado civil y su árbol genealógico.

Cuando se trata de mirarme a mí misma solía hacerlo con un ojo abierto y el otro cerrado, no fuera que mi precisión cognoscitiva arrojara alguna verdad para la que no estuviera preparada o que destruyera el equilibrio que tanto me había costado conseguir.

En 2018, a los 41 años, me miro a la luz de valores preeminentes, lo que no me cuadra, con arreglo a ellos, lo corrijo, en una mezcla esforzada y feliz de disciplina. Apreciado lector, una persona en la mitad de su vida ya no es una promesa, no es momento de ensayos, ni bocetos.

Verán, una de las constantes que marcan este principio de siglo XXI es la ausencia de valores morales e intelectuales. Dirán los millennials: “¿y yo para qué los quiero si no me dan de comer, ni me hacen más atractivo?”.

Pues porque el equilibrio del Hombre y del Planeta Tierra, sin esos fundamentos es tan endeble como el de un violinista en un tejado (les recomiendo esa maravillosa película).

Además, los principios confieren un estatus impagable en este mundo: identidad.

Quien no tiene fundamentos, bases sólidas en su sistema credencial_ religioso o laico ..._ no sabe quién es, no sabe de dónde viene, ni a dónde va, no sabe cómo comportarse consigo mismo ni mucho menos con los demás (fuera de un egoísmo y una vanidad elementales, de gato), ni sabe cómo educar a sus hijos, ni lo hará.

Esas personas, amigos, sobreviven bebiendo de fuentes inconexas, su ideario es como una ensalada de frutas y verduras de temporada, que difícilmente combinan entre sí y les impiden construir una conciencia mínimamente elevada o digna; funcionan sólo pensando en un desmesurado y grotesco “yo”.

Una persona sin caridad (ni educación) ocupa su mente sólo en despejar el propio camino de obstáculos, sean animales, cosas o personas. Vive sólo para sí, los demás no cuentan, los demás no valen, los demás no existen.

Así las cosas, entenderán ustedes que los vínculos humanos no prosperen. Poniendo el “yo” por delante, todas las relaciones están llamadas a desaparecer; las profesionales, las amistosas, las familiares, y por supuesto, la pareja.

Hay que querer, comprender, respetar y ayudar a los demás, sólo queriendo a los demás podremos empezar a querernos a nosotros mismos. Marco Aurelio (El emperador-filósofo romano de obligada lectura, el de Gladiator, ese a quien su hijo Cómodo mató de un abrazo...) decía que habría que ser tan íntegros, tan conscientes e inteligentes que pudiéramos pensar en alto sin ofender ni escandalizar a nadie. Cuando lo leí, hace años, me impresionó como discurso ético-estético pero a los 41, comienzo a comprender su administración más funcional. Para mí es un reto.


Cuidado con la crítica, sepan que cualquier descripción de otro ser humano perfila más y mejor a la persona que la realiza. Cuando criticamos desvaloramos al otro con el objeto (consciente o no) de aparecer elevados, de emerger sobre la realidad inferior del otro, casi siempre, de acuerdo a la más ridícula parcialidad. Al criticar, estamos reforzando, apuntalando, nuestra irritable autoestima.


Las personas educadas no critican; las personas seguras de sí son tolerantes con las diferencias y no necesitan echar mano de esos groseros ejercicios compensatorios. Cuidado con la rabia, siempre lo digo, que la rabia es mentirosa y nunca procede de donde uno cree... A la rabia, hay que conocerla, como el que tiene un Staffordshire Bull terrier y domesticarla para que se atempere y no se arroje contra los demás. En una persona sensata no cabe odio ni rencor, sólo entendimiento e indulgencia. Las personas educadas sacan a pasear su rabia atada en corto y con bozal.

Y cuidado con la soberbia. El soberbio, el orgulloso, piensa que no tiene necesidad de cambiar y mejorar, sino que debemos aceptarlo y sufrirlo, tal como es. Las personas educadas no imponen sus miserias a los demás, pero en el soberbio no cabe la autocrítica, ni el autoconocimiento.

Lectores míos, una vida sin altruismo es eso que pasa mientras consumes innecesariamente, mientras conduces tu coche a un lugar irrelevante, mientras eres Bisbal o Bustamante, mientras enredas y desenredas superficiales relaciones y variadas peripecias a cuál más frustrante y menos trascendente.


Esto no es un manual de primero de bondad. Pienso que todos deberíamos reírnos de todos y todos tendríamos razón.

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