Ay, Concha lo que podría conseguir hoy un chichi morado

A falta todavía de la vacuna milagrosa que nos devuelva una ración de vieja normalidad, la autoridad competente nos inyecta optimismo en vena: Salvador Illa ha pasado de filósofo a profeta (un Nietzsche superlativo) y nos anuncia para primeros de año la gran Cabalgata de la Ilusión sin niños ni reyes (concesión a Podemos y ERC) en la que los Magos arrojarán vacunas Pfizer congeladas y mascarillas sin IVA a sanitarios y jubilatas. Desde la Moncloa hasta Ferreras han lanzado las campanas al vuelo sin tan siquiera saber si Cristina Pedroche aparecerá en Sol disfrazada de Doña Inés (Arrimadas) haciendo estriptís para su Don Juan (Sánchez) o de Ana Soria sólo cubierta por la montera de Ponce. Ya ha dicho Bolsonaro en frase memorable que «hay que dejar de ser maricas». No le van a llamar los de Chueca para el pregón del Día del Orgullo Gay, pero creo que la nostálgica apelación testicular no encaja muy bien ahora, cuando vivimos un momento trans o «queer», o sea, elija usted entre la Veneno o la fluidez sexual sin límites. O el fetichismo, como mi desaparecido amigo Berlanga, que no podía vivir sin los zapatos de tacón de aguja o las muñecas tamaño natural.

Concha Velasco, que a los 80 larga como nunca, explica que para conseguir un papel en «París-Tumbuctú», la mujer del director, María Jesús, le aconsejó que se maquillara el chichi de color fucsia y se lo presentara en bandeja al libertino y libertario. Antes la actriz había intentado conquistarlo mostrándole su poderío pectoral. Dura vida la de las actrices de entonces, y todo porque aún no se había inventado el «Metoo» ni estaban Irene Montero y Beatriz Gimeno en las trincheras del feminismo atómico. Así que la Velasco se mostró desnuda y con el pubis teñido de un morado fucsia ante el director. Como ella es católica y de Valladolid, puede que haya conservado la costumbre del teñido purpúreo en las celebraciones penitenciales a modo de capirote simbólico. Ya no corre peligro, creo, pero hace años yo la habría aconsejado que de seguir coloreándoselo de morado tuviera cuidado con las aproximaciones de Pablo Iglesias, que ahí no perdona ni a las creyentes. Ni se imagina Concha lo que podría conseguir hoy un chichi así. Berlanga fue un adelantado.