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La mayoría de los surcoreanos apoya las maniobras militares

Entre vítores y aplausos, varios ancianos yerguen los muñecos de paja, les colocan sandías por cabeza y les ponen rostro con caretas: una del dictador Kim Jong-il, la otra de su hijo Kim Jong-un. El primer bastonazo hace saltar la pulpa de la fruta por los aires y salpica al auditorio.

Seúl aumenta el control militar sobre Yeonpyeong
Seúl aumenta el control militar sobre Yeonpyeonglarazon

Un ex militar con el pecho lleno de medallas vacía una botella de gasolina y les prende fuego. En la pira también acaba una enorme bandera de Corea del Norte. El humo se alza por encima de los rascacielos de vidrio y las ultramodernas avenidas de Yeouido, un barrio de oficinas de Seúl.

 «A lo largo de estos años, nosotros hemos mandado ayuda humanitaria y dinero a Corea del Norte. Ellos, a cambio, nos devuelven bombas», dice Park Hyang Gu, ex combatiente de 70 años. Le secunda Lee Jung Sang, de 77, que recibió un tiro y cuatro heridas de metralla hace medio siglo. «Yo no sacrifiqué mi vida para permitir que ahora nos maltraten. Soy viejo, pero podría volver a las armas si es necesario», dice. Los veteranos de la guerra de Corea (1950-1953) llevan varios días realizando demostraciones como ésta en las calles de la capital.

Sin dejar de ser una pequeña minoría, estos ancianos reflejan el enfado de la gran mayoría de la población surcoreana, impotente ante las provocaciones de un vecino que pone en riesgo, impunemente, la prosperidad de una democracia que se ha convertido de la noche a la mañana en la segunda economía más próspera de Asia. La Prensa local habla de un «giro a la derecha» en la manera en que la opinión pública entiende el conflicto con Corea del Norte.

Un sondeo publicado ayer asegura que el 83% aplaude que su Gobierno haya optado por la intimidación militar, desplegando maniobras militares conjuntas con la ayuda de Estados Unidos.

 El presidente, Lee Myung-bak, ofreció ayer su primer discurso público desde el ataque del martes. Y lo hizo atendiendo al humor de su ciudadanía, al mismo tiempo que su gabinete se encargaba de aprobar una ley que declaraba «zona militar» la isla de Yeonpyeong –donde se produjo el ataque– y prohibía la presencia de civiles. «Sin duda pagarán un precio alto si osan provocarnos de nuevo», amenazó el líder político. Mientras hablaba, las maniobras militares de la alianza Seúl-Washington continuaban en «alta intensidad» en el mar Amarillo. Los cazas sobrevolaban la zona y las baterías de artillería afinaban su puntería en el mar. Al caer la noche, en el moderno cruce de Jonggak, un grupo de jóvenes encendían velas y sostenían pancartas de «no a la guerra».