Historia

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Suicidio

La Razón
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El último de Puerto Hurraco se ha ahorcado con jirones de sábana anudados. Lo que otros utilizan para evadirse lo ha sublimado él en la evasión perfecta: a ver en qué cárcel me meten cuando esté tieso como Mercuccio. El ahorcado tenía que salir en libertad en unos días pero al comunicársele que por aplicación de la doctrina Parot su encierro se iba a prolongar cinco años, el hombre no pudo más y optó por la fuga total. Que me echen un galgo, debió pensar, a la vez que se dejaba caer a plomo abandonado a la gravedad. Y ese es el principal inconveniente de la legislación que se hace en atención a un caso concreto por horrible que este sea. La doctrina Parot se la inventó el Tribunal Supremo cuando al ministro Michavila, de infausta memoria, le falló la pretensión de hacer leyes penales retroactivas; le falló el invento por culpa de la Constitución y vino el Supremo a remediarlo inventándose un texto legal que no existía en una interpretación tan creativa como la contabilidad de quienes nos llevaron a la crisis. Y es que el suicida no era un terrorista sino un preso común que había extinguido el tiempo que la ley asignaba a su delito. Y al cambiarle las cartas con que se estaba jugando la partida se vio defraudado y se ahorcó. Es posible que el pueblo de Puerto Hurraco respire hoy más tranquilo al saber que no habrán de ver al que tanto daño les hizo. Pero cerrando el nudo de ese ahorcado había más manos que las suyas, incluso algunas que cobran de los presupuestos generales del Estado. Pero eso qué más da: se ha hecho justicia y además eterna, que es lo que el pueblo quiere porque el pueblo, no lo olvidemos, aspira a ejecuciones públicas pero se conforma con prisiones eternas. Y si se suicidan, mejor que mejor.