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Para Bono

Tiempo de lectura 4 min.

06 de agosto de 2011. 23:18h

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7/8/2011

Que José Bono es un político hábil e inteligente nadie lo puede poner en duda. Ni los que abominan de él, una considerable masa compuesta principalmente por militantes y votantes de su propio partido. Bono, más que socialista, es un socialdemócrata amable y ponderado, y sus últimas recomendaciones son absolutamente respetables, pero extemporáneas. No obstante, aunque tardías y fuera de su tiempo oportuno, merecen ser valoradas con generosidad. José Bono plantea la necesidad de que el PP y el PSOE gobiernen juntos por el bien de España. Podría ser una solución con tintes patrióticos, como él apunta, pero habría que preguntarse qué sector del PSOE estaría dispuesto a gobernar con el Partido Popular. El abanico –y perdonen la cursilería– ideológico del PSOE es amplio y multicolor. Desde el rosa pálido de la socialdemocracia de Bono al social-comunismo de Zapatero, pasando por el guerrismo , el socialismo-nacionalista periférico, y demás familias. Zapatero y los suyos se han visto obligados a rectificar cuando ya habían hecho a España el daño previsto y perfectamente programado. Con ese sector del PSOE, un partido que reúne a los liberales y conservadores que hoy están establecidos en el poder europeo, la colaboración es imposible. El zapaterismo está en los años treinta del pasado siglo, y Bono lo sabe. Con el sector socialista que Bono representa, no existirían problemas, y las diferencias de criterio se salvarían mutuamente si ello significara la consolidación de España, entendiendo por España la Patria de todos, la que se advierte en el actual mapa. Zapatero ha hecho lo posible por mutilar ese mapa, porque sus fines originales coincidían plenamente con los del comunismo español, que sigue siendo estalinista.
«Es patriótico entenderse», ha dicho Bono. Lo es. Pero habrá de reconocer el Presidente del Congreso de los Diputados que, con Zapatero, el patriotismo no tenía cabida en sus proyectos. No me suenan las manifestaciones de Bono a oportunismo para seguir en la cumbre de los poderes públicos. Pero su actitud y sus palabras hubieran tenido una repercusión y un valor muchos más altos con un Zapatero en plenitud de desvaríos y de influencia en el PSOE. Hoy, ese personaje errante, atemorizado y en el fondo, triunfador en su propósito –la destrucción de España–, no puede poner a Bono en su sitio, porque Bono lo mantiene y el suyo se ha echado a volar. Europa vería con agrado la unión eventual de los dos grandes partidos de España para superar lo que ya parece imposible de llevar a cabo. Pero el PSOE tendría que renunciar a un considerable porcentaje de sus gilipolleces legislativas y ejecutivas para que la deseada colaboración fuera viable.
Algo tienen las palabras de Bono que me recuerdan a las de «Paz, piedad y perdón» de Manuel Azaña. Pronunciadas en su momento, el mensaje azañista sería históricamente admirable. Sucede que esas tres palabras las pronunció cuando todo lo tenía perdido. En sus momentos de mayor poder y gloria, a Azaña no se le pasó por la cabeza ni la paz, ni la piedad –que no la tuvo–, ni el perdón –que no quiso conceder–. Lo narraba un gran humorista inglés de principios del siglo XX. «El Gobernador, enterado de la derrota de sus tropas ante los zulúes en Natal, con todos sus oficiales y soldados muertos sobre la planicie de Ulundi, cerró la carpeta de cuero que tenía sobre la mesa de su despacho con energía, y con gran serenidad comentó: "Creo que ha llegado la hora de entrar en negociaciones con el pueblo zulú"».
Respeto y valoro como español la recomendación de Bono. Sólo lamento que la haya manifestado con cuatro años de retraso.
 

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