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El juez de palo

La Razón
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Sobre el calificativo «zorra», el «Invesntario general de insultos» de Pancracio Celdrán (ediciones del Prado, noviembre, 1995), dice lo siguiente: «Mujer de mala vida y reputación, despreciable y ruin; ramera, hembra pública que vive de comerciar con su cuerpo». La intención ya insultante se documenta en el siglo XIII: «Persona holgazana», de donde, por extensión, pudo predicarse de la mujer que se entrega por dinero. En el «Poema de Alfonso Onzeno» (mediados del siglo XIV), sigue apuntando Celdrán, se lee: «Y fue muerta otra sorra,/ reyna era pagana,/ fija fue de una chamorra,/ que salió falsa cristiana». Podemos, pues, asegurar que, en el acervo cultural español de los insultos, se trata de un término muy ofensivo para la mujer; que aparece como tal insulto en todos los autores de los Siglos de Oro, y llega pleno de fuerza despectiva a los siglos XVIII y XIX. Y la cuarta acepción del Diccionario de la RAE apunta: «prostituta». Pero nada de todo esto parece conocer el juez que ha exculpado a un descerebrado por llamar «zorra» a su ex pareja, acompañando el calificativo con un tono amenazante. El español no es un idioma machista, pero su uso sí puede serlo y, en este caso, es más que evidente que el apelativo es un insulto inadmisible, machista y lacerante para la dignidad de la persona. Cuando una mujer padece esta repugnante violencia, todos los hombres perdemos también algo de nuestra dignidad. Pero con el nivel educativo que nos trajo la LOGSE, no me extraña que para este juez «hijo de perra» sea un cachorrito.