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La guerra al fin

Castillo mató a Sáenz de Heredia. El teniente de la Guardia de Asalto es asesinado después. Y en venganza, la siguiente muerte es la de Calvo Sotelo. Es el principio del desastre
 

  • La guerra, al fin
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17 de julio de 2011. 02:22h

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17/7/2011

Viene bien meditar las palabras de Paul Valéry: «…Ha llegado el día en el que la civilización aplasta al civilizado; ella misma se derrumba allí donde la inteligencia engendra estupidez y también brutalidad». El poeta francés habla de la guerra, de todas las guerras, también de la nuestra, aquella que con inusitada rabia se desató entre hermanos en 1936, conduciéndonos hacia el «abismo de nuestras miserias». La violencia vivida tras las elecciones desembocó en el asesinato de José Calvo Sotelo, el 13 de julio de 1936. Asesinato del líder de la oposición, amenazado por políticos, a manos de guardias de asalto y guardias civiles; algo que horrorizó a la opinión pública mucho más que cualquier otro asesinato ocurrido desde febrero.
Pero, ¿dónde comenzó la «espiral» de odio? ¿Dónde ubicar el principio de la brutalidad y el fin de la inteligencia? La calle tuvo la palabra, al ritmo de la agitación de unos y otros («aúllan y piden sangre los hunos y los hotros», lamentará amargamente Unamuno). Horas antes del brutal magnicidio, la noche del 12 de julio, había sido asesinado José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto e instructor de milicias socialistas. Pero, ¿por qué Castillo? Según parece, el 16 de abril había intervenido durante el entierro de Anastasio de los Reyes, alférez de la Guardia Civil, fallecido dos días antes en un tiroteo durante la celebración del 5º Aniversario de la República. Los guardias de asalto dirigidos por Castillo se enfrentaron a la comitiva fúnebre, que pretendía pasar por delante del Congreso. Aquél disparó su arma, matando al falangista Andrés Sáenz de Heredia, primo de José Antonio Primo de Rivera. Castillo quedaba así fatalmente señalado.
La noticia del asesinato del teniente recorrió Madrid. Sus compañeros, la mayoría pertenecientes a la izquierdista UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista), acudieron a la capilla ardiente con un solo pensamiento: venganza. Decidieron asesinar a un líder de la derecha. La muerte de Calvo Sotelo ejerció de catalizador, aceleró los preparativos del golpe y limó (serias) diferencias entre sus participantes. Las disputas y divergencias políticas y militares se desvanecieron entre los partidarios de la conspiración.

Franco cambia de parecer
Así, Franco decidió lanzarse a la acción. El 23 de junio había escrito una carta a Casares Quiroga manifestándole su preocupación por el ambiente reinante y, de manera implícita, recordándole que como primer ministro tenía el inexcusable deber de hacer cumplir la ley. Todavía el 14 de julio, Franco seguía negándose a participar en la insurrección. Cambió de parecer 24 horas después.
A su vez, tras la muerte del diputado monárquico, Mola llegó a un acuerdo con los carlistas navarros. Es evidente que éstos serían una inmejorable fuerza de choque durante las primeras horas del levantamiento. Pero las negociaciones con los carlistas, a través de Manuel Fal Conde, secretario general de Comunión Tradicionalista, habían sido especialmente tensas y difíciles, hasta tal punto que antes del 13 de julio estaban abocadas al fracaso, ya que los tradicionalistas jamás iban a aceptar luchar bajo la bandera republicana ni una dictadura posterior que abogará por la separación Iglesia-Estado (algo esencial en el programa de Mola). Tanta era la divergencia, que Javier Lizarza, jefe del Requeté navarro, cursó el 12 de julio la orden de no secundar ningún movimiento «que no fuera exclusivamente nuestro».
Sólo el 15 de julio ordenó la Junta Suprema Carlista sumarse a la rebelión militar, y no sin exigir condiciones. Las relaciones con la Falange fueron más sencillas, aunque a finales de junio, desde la cárcel de Alicante, José Antonio Primo de Rivera recomendaba a sus seguidores estar atentos pero sin fiarse de quienes les invitaran a conspirar, aunque fueran militares, pues «los proyectos políticos de los militares no suelen estar adornados por el acierto».
Los apoyos de última hora no ocultan las enormes dificultades de Mola para aunar voluntades en torno a la conspiración: falangistas, tradicionalistas, miembros de la UME (Unión Militar Española), republicanos decepcionados, conservadores católicos que asistían con inquietud y pánico a la violencia desplegada por la izquierda revolucionaria y a la pasividad del Gobierno, en manos de republicanos jacobinos.
Mola sabía que el golpe conllevaría un enfrentamiento armado de grandes dimensiones porque los múltiples contactos mantenidos le habían convencido de que el pronunciamiento no triunfaría sólo con la actuación del ejército; además, éste distaba mucho de estar unido. El «Director» encontró muy pocos apoyos entre los generales de División. De las ochos divisiones orgánicas, tan sólo la 5ª, mandada por el general Miguel Cabanellas –republicano convencido, al igual que Mola–, se adhirió de manera decidida al proyecto golpista.

Casares Quiroga reacciona
Además, Mola era consciente de su fracaso en el intento de reagrupar bajo un mismo proyecto republicano a las diferentes fuerzas cívico-militares. Su pesimismo se percibía en sus últimas instrucciones y, especialmente, en una carta dirigida a Fal Conde el 9 de julio.
Casares Quiroga estaba al tanto del «ruido de sables». Percibió la extensión y las debilidades de la conspiración, especialmente la falta de apoyos en las principales ciudades, Madrid, Sevilla, Barcelona y Valencia. Casares se aseguró la lealtad de los mandos superiores de las guarniciones y de los cuerpos de orden público. La actuación de éstos fue determinante en las ciudades donde el golpe fracasó. Pero el político gallego se confió, creyendo siempre que acabaría con la conspiración igual que se frustró la «Sanjurjada» de agosto de 1932. Nada más lejos de la realidad.
Aquel 14 de julio, Mola decide no demorar más el golpe y cursa órdenes para que los levantamientos se escalonen entre los días 18, 19 y 20 del mismo mes. En las cabeceras de división y en las ciudades con guarnición se declarará el estado de guerra y desde ese momento la autoridad superior será la militar.
Entre las cuatro y las cinco de la tarde del día 17, en Melilla, el coronel Darío Gazapo desencadena el golpe de manera fortuita. Una vez neutralizada la resistencia, los sublevados cablegrafían a Franco, que responde apelando a la «fe ciega en el triunfo», despidiéndose con un «Viva España con honor». Marruecos, Canarias, Sevilla, Zaragoza, Burgos, Valladolid y Pamplona, entre otras, se unen a la sublevación «republicana» orquestada por Mola (la bandera monárquica sólo ondeó en Pamplona y Burgos). Casares es superado por los acontecimientos y Martínez Barrio telefonea a Mola para conseguir su fidelidad a la República. La respuesta del militar fue firme: «Ni ás abrazos de Vergara ni más pactos de Zanjón». La Guerra Civil había comenzado.

El asesinato de José Calvo Sotelo
El líder de los monárquicos, ante el avance del socialismo revolucionario y el declive de la figura de Gil Robles y la CEDA, se enfrentó y conspiró contra la República, defendiendo una suerte de tradicionalismo monárquico semejante al carlista. Tras el asesinato del teniente Castillo, será secuestrado y asesinado a la  1,30 horas del 13 de julio, cuando era conducido al cuartel de Pontejos por Fernando Condés, al mando de un grupo de guardias civiles y guardias de asalto. Dos tiros en la nuca disparados por Luis Cuenca, escolta de Indalecio Prieto, acabaron con su vida. También Condés gozaba de la confianza del líder socialista.

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