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Y Charlene dijo «sí»

La surafricana se convirtió ayer en princesa de Mónaco en una emotiva ceremonia civil. Hoy se celebrará la religiosa

  • ... Y Charlene dijo «sí»
    ... Y Charlene dijo «sí»
  • Charlene agradeció a los monegascos su cariño durante el concierto
    Charlene agradeció a los monegascos su cariño durante el concierto
  • Ni Carolina ni Estefanía ni siquiera la siempre risueña Carlota Cashiragi esbozaron una sonrisa pese a que todos los ojos se posaban sobre ellas
    Ni Carolina ni Estefanía ni siquiera la siempre risueña Carlota Cashiragi esbozaron una sonrisa pese a que todos los ojos se posaban sobre ellas
  • Alberto y Charlene ya son marido y mujer
    Alberto y Charlene ya son marido y mujer

Tiempo de lectura 8 min.

01 de julio de 2011. 19:21h

Comentada
1/7/2011

Mónaco ya tiene princesa. El soberano Alberto II, una esposa. Y la añorada Grace Kelly, una sucesora. Su nombre: Charlene Wittstock, de 33 años, que ayer se convirtió en princesa de Mónaco al darle el «sí quiero» a uno de los últimos solteros de oro de la monarquía europea en una breve, pero emotiva, ceremonia civil.

Entre ellos median veinte años de diferencia y orígenes bien distintos – él descendiente de una rancia dinastía, la de los Grimaldi, y ella plebeya de nacimiento y ex nadadora de profesión – pero ayer todo aquello que podía alejarles se desvaneció en la sala del Trono del Palacio del Principado. Una instantánea que, inevitablemente, traía a la memoria aquellos clichés en blanco y negro del enlace el 18 de abril de 1956 entre Rainiero III y la reina de Hollywood, la «hitchcockniana» Grace Kelly.

Como entonces, la ceremonia duró apenas una veintena de minutos. Más de 4.000 monegascos siguieron, invitación en mano, y por pantalla gigante el enlace desde el patio del Palacio. Sólo ochenta personas, allegados de la pareja y altos dignatarios, tuvieron el privilegio de compartir de cerca el ansiado momento.

Vestida con un traje «tailleur azul cielo», diseñado por ella misma –los rumores apuntaban a una creación de Karl Lagerfeld para Chanel–, Charlene, sonriente, fue, pasados unos minutos de las cinco de la tarde, la primera en aceptar al príncipe como esposo. Alberto, evidentemente no le llevaría la contraria.

Charlene desposaba a un príncipe, «pero también un país» quiso recordarle Philippe Narmino, presidente del consejo de Estado y encargado de oficiar una ceremonia que supone el enlace de dos continentes y dos culturas como son la europea y la africana.

Como testigos de boda, el príncipe Alberto eligió a su primo hermano Christopher Levine, hijo de la hermana de su oscarizada madre, mientras que Charlene, que ayer por fin adoptó el apellido Grimaldi, escogió a una prima del soberano, Donatella Knecht, convertida en una cercana amiga durante estos años de exilio lejos de Suráfrica.

En primera fila, las hermanísimas del contrayente. No acostumbran a aparecer juntas en público más que cuando el protocolo y la posición obligan, y ayer era uno de esos momentos. Codo con codo, Carolina y Estefanía, que no pudo evitar verse sumergida en lágrimas por la emoción.

El día soleado acompañaba a los novios y a los miles de asistentes, residentes monegascos en su mayoría, que siguieron en directo y a través de las múltiples pantallas desplegadas a lo largo y ancho de los dos kilómetros cuadrados que conforman el principado, el histórico acontecimiento.

Son los invitados menos glamourosos de este principesco enlace, pero hasta la Policía viste sus mejores galas. En total, medio millar de agentes garantizan la seguridad y el buen transcurso de los sucesivos actos durante este largo y festivo fin de semana en el micro estado de los casinos.

Se acercaban las seis de la tarde y el beso desde el balcón de la Sala de los Espejos se hacía esperar. Por fin aparecen los novios, convertidos ya en marido y mujer, a saludar. El patio del Palacio es un hervidero de gente que aclama al matrimonio y se regocija por el advenimiento de una nueva princesa, tras décadas de viudedad en Mónaco.


Un tímido beso
De fondo suena el himno compuesto para Charlene por los carabineros mientras los flamantes esposos deciden besarse. Un ósculo que finalmente se quedará en un tímido «pico». Y eso que la discreción nunca ha sido el punto fuerte de los hermanos Grimaldi. Carolina y Estefanía, que también comparten balcón, flanquean por un lado a la pareja. La primogénita, tocada con una inmensa pamela, saluda acompañada por la pequeña de su descendencia, Alexandra de Hanover, mientras que la princesa-cantante posa junto a su hija Camille.

El calor se hace notar. Pero enseguida el champán, una edición especial y una añada de excepción, empieza a fluir a raudales a la espera de que arranquen los discursos. Entre ellos, el del alcalde de la ciudad que precede a la tradicional entrega de regalos por parte del pueblo monegasco. De hecho, la de sus súbditos, es la única ofrenda que la pareja va a admitir y sólo en signo de reconocimiento. Si Grace fue agasajada con una gargantilla, en esta ocasión los vecinos del peñón se han rascado el bolsillo para obsequiarles con dos obras de arte: una escultura de Emile-Antoine Bourdelle y un cuadro del fundador del arte abstracto, Vassily Kandinsky.

Todo estaba transcurriendo según lo previsto, viento en popa, hasta que llegó el turno del príncipe. Un error de megafonía impidió al público seguir correctamente la perorata de rigor. Pero más frustrante aún resultó quedarse sin oír a Charlene. La princesa se eclipsó sin mediar palabra, ni en francés, ni en su materno inglés. La asistencia se quedó con ganas aunque sí pudo disfrutar de su presencia durante el cóctel elaborado por los chefs del prestigioso hotel Fairmont Monte-Carlo, que los contrayentes compartieron en el patio de Palacio, donde hoy se oficiará la ceremonia religiosa. Los ciudadanos de Mónaco cederán entonces su lugar a otro tipo de invitados: monarcas y herederos de otras casas reales, celebrities, deportistas y famosos de diferente ralea.

La otra gran protagonista en todo connubio: la tarta nupcial. La de ayer, coronada con una King Protea, la flor emblema de Sudáfrica, en honor a la desposada, desafiaba todos los récords. Nada menos que cincuenta kilos de pastel, de 75 centímetros de diámetro y algo más de un metro de altura que ha necesitado 250 horas de trabajo y enormes dosis de paciencia y «savoir faire». Como manda la tradición, fue la maison Mullot, proveedor oficial del Palacio desde 1949, la encargada de su realización.

El colofón lo puso el francés Jean Michel Jarre con un multitudinario concierto en el puerto de Hercule, a la espera de que la pareja prosiga hoy su cuento de hadas con una boda religiosa con presencia de  medio millar de invitados y la notable ausencia de la Familia Real española.


Una novia de pastel
Formal, sencillo, elegante y discreto. Hasta aquí, el look escogido por Charlene fue del todo correcto. Y aunque ya han aparecido quienes lo califican de «aburrido» o «sin personalidad», lo cierto es que estuvo muy en la línea de los gustos de la nueva princesa de Mónaco. No sorprende entonces que la novia se decantara por un color «pastel». El look en cuestión, que podría haber sido realizado en exclusiva por su firma de cabecera para eventos de día, la etiqueta suiza Akris, estaba formado por un vestido largo en gasa y rematado con encaje, y una americana tipo blazer y con solapa estrecha, un detalle que suaviza ópticamente su atlética espalda y amplios hombros, informa Aitana Ferrer.


¿Qué le pasa a Carolina?
Algo debe sucederle a Carolina de Mónaco para que el gesto circunspecto no le abandonara ayer durante la boda. Y es que con la llegada de Charlene a la familia, la mayor de los Grimaldi ve peligrar las posibilidades de que su hijo Andrea Casiraghi pueda un día suceder a su tío en el trono. Actualmente es el segundo en la línea sucesoria tras su madre, que goza del título de princesa heredera. Un puesto que el hermano mayor de Charlotte y Pierre podría perder si Alberto y Charlene tienen descendencia.

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