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Humor amargo por Lluís FERNÁNDEZ

«Los jueves, milagro»:  un alto en el camino
«Los jueves, milagro»: un alto en el camino

Berlanga era un hombre jovial, muy próximo en el trato, extremadamente comunicativo y de una verbosidad torrencial. Detrás, bajo su aspecto frío, se ocultaba una persona tímida, algo sentimental y a veces cariñosa. Extremadamente individualista. Dotado de un sentido del humor socarrón, proclive a un malicioso ingenio verbal. Luis Ciges, con quien marchó a La División Azul, se quejaba de la falta de reconocimiento del trabajo del actor. Era un director poco dado a la lisonja y, como a sus personajes, utilizaba a sus múltiples actores como piezas de un mecanismo de relojería para crear ese mundo disparatado, de una seria comicidad, que surgía de las situaciones cotidianas en las que los iba colocando. En este sentido, se emparentaba con el humor del traspié y la situación embarazosa, típico del cine mudo de Charlot y Buster Keaton.

Por su modernidad, su cine estaba muy próximo a la comedia neorrealista de Risi, Emmer y Monicelli, en particular sus dos obras maestras, «Plácido» y «El verdugo». Como en «Rufufú» o «Vida difícil», bajo un trasfondo de crítica social se desplegaba una variopinta galería de personajes populares tan individualistas como él que trataban de sobrevivir a la dureza de la vida cotidiana de la España de posguerra y el inicio del desarrollismo mediante el ingenio, la picaresca y una falta de dignidad moral que alcanzaba por igual a cuantos encarnaban las proletarizadas clases populares como a la empobrecida burguesía de provincias, en lucha por diferenciarse del populacho aparentando una altivez y una distinción de clase agostada. De ese contraste, de las situaciones más chocantes y los comportamientos menos admirables nace su particular sentido del humor crítico, calificado de «berlanguiano», que podría definirse como cínico y disparatado, con tendencia al humor negro y la caricatura cruel. Humor grave y pesimista, netamente español, cuyas influencias hay que rastrearlas en la picaresca quevediana, aunque también beba de la exuberancia vital felliniana.

Podría decirse que las primeras películas de Berlanga gozan de un sentido del humor ligero, a veces ingenuo y ternurista, entre el costumbrismo y la influencia neorrealista. Próximo a los humoristas de «la otra generación del 27»: Jardiel Poncela, Edgar Neville, Tono y Mihura, de quienes toma su pasión por lo absurdo. Tanto en «Bienvenido Mr. Marshall» como en «Calabuch», la humanidad de los personajes, su infantilismo y cordialidad, los hace amables, próximos, como Pepe Isbert, el ingenuo alcalde de Villar del Río, el farero de Calabuch y el bondadoso verdugo.

A partir de su colaboración con Azcona su cine se vuelve desesperanzado, pesimista. Aparecen aspectos buñuelianos y el humor negro se hace grave, feroz, a to- no con la crítica política. En la escena de la iglesia, cuando acaba la boda de postín franquista y el sacristán va retirando or-namentos y luces para celebrar la boda de la hija del verdugo con el empleado de pompas fúnebres, se pone en evidencia la falta de humanidad, el egoísmo y el comportamiento mezquino de unos y otros. Así logra Berlanga un ácido y no siempre divertido retrato de la hipocresía española en clave de sátira social.

Sin embargo, permanece un fondo de infantilismo en sus protagonistas, una rebelde contumacia ante las imposiciones sociales de una sociedad que se hace más absurda e insolidaria, y la aceptación a regañadientes de responsabilidades, pese a su claudicación final. Es aquí cuando cuaja lo «berlanguiano». En la colisión de unos personajes autistas, logorreicos, egoístas y antipáticos, atrapados en un entorno social tan depauperado como hipócrita, y enzarzados en una lucha de prestigios inane. Hay ecos del chiste absurdo que practicaban los humoristas de «La Codorniz», como el diálogo entre la señorona y el notario: «¿A usted qué le ha tocado, anciano de asilo o anciano de calle?». Y del tipo de crueldad ligera de los tebeos de posguerra: La familia Ulises, Carpanta y Gordito Relleno.

En «El verdugo», mientras bailan en la sierra el empleado de pompas fúnebres le pregunta a su novia, la hija del verdugo: «¿A ti cómo te gustaría morir?». Un tipo de estilemas de aquella época utilizados en los chistes de tullidos de Summers y la «pareja siniestra» de Mingote, recurrentes como las obsesiones de López Vázquez, sastre militar y eclesiástico, que le hace probar la sisa de la sotana a su hermano bendiciendo y mide, maniático, las cabezas de sus hijos: «¡Que los niños son normales –le grita su mujer–, que lo de mi padre no es hereditario!». La última época, la que comienza con «La escopeta nacional» y finaliza con «París-Tombuctú», se regodea como el demiurgo burlesco y socarrón que ha logrado finalizar el proceso de adelgazamiento humanista de sus personajes hasta convertirlos en caricaturas extravagantes. Con propensión a un humor deslenguado y ridiculizante, el que suele asociarse al humor fallero que, de existir como género propio de lo valenciano, sería algo así como el recurso al chascarrillo soez, el lenguaje «bròfec» (grosero) y una puesta en escena exuberante y desmadrada, con tendencia al exhibicionismo impúdico.

«Moros y cristianos» sería el epítome de lo «berlanguiano» fallero llevado al extremo y «París-Tombuctú» su corolario final. En esta etapa, su amor por la pornografía, el fetichismo y la obscenidad muestran el absurdo «berlanguiano» en estado terminal. La crítica política de «La escopeta nacional» y la burla de los fantoches franquistas y el acomodaticio catalán Saza dan paso a un giro vitalista en donde Berlanga quiere mostrar su verdadero mundo interior, sus obsesiones y caprichos eróticos , liberado de la última censura autoimpuesta: el pudor.

Lo «berlanguiano», que Berlanga relacionaba entonces con el humor fallero y la burla de unos personajes que se muestran de forma colectiva como un batallón de sombras grotescas, lindan con el disparate cómico. La traca final de su desesperanzada humanidad.


Lluís FFRENÁNDEZ