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Otro rumbo para Afganistán

Tiempo de lectura 4 min.

27 de agosto de 2010. 03:16h

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27/8/2010

El ataque terrorista en la antigua base española de Qala-i-Now que costó la vida al capitán José María Galera Córdoba, al alférez Abraham Leoncio Bravo y al traductor español de origen iraní Ataollah Taefik ha reavivado un debate latente sobre la prolongación de la misión en Afganistán. Algunos grupos parlamentarios han presentado ya iniciativas para debatir en el Congreso las condiciones de seguridad de las tropas, el deterioro de la situación y la auténtica relación con la población civil. Duran Lleida ha reclamado directamente un debate para «valorar» el conflicto y la contribución de nuestro país a la guerra. Es, por tanto, una discusión política abierta que, sin embargo, habría que cerrar cuanto antes. Lo que estaba justificado hace unos años lo está aún hoy, porque la comunidad internacional se encuentra muy lejos de haber alcanzado los objetivos que requirieron la presencia de las tropas aliadas. Introducir elementos de vacilación en las sociedades occidentales desde los propios gobiernos ha contribuido en buena medida a la desestabilización actual y a que el conflicto haya entrado en una fase dura. Al igual que sucede en Irak, el precipitado anuncio de Barack Obama sobre la retirada de las tropas en 2011 ha alentado la esperanza y la resistencia de los talibán, que han interpretado correctamente que existen serias opciones de que puedan ocupar por la fuerza el vacío que los militares aliados dejarán ante una administración local corrupta e incompetente. Las diferencias entre Obama y sus mandos militares han abierto otra brecha contraproducente. 

Es cierto que la comunidad internacional ha cometido demasiados errores en Afganistán. El principal es no haber preparado la posguerra, no haber apostado decididamente por la prosperidad y la construcción de un nuevo país. La miseria de los talibán no fue sustituida por la abundancia de los extranjeros, y esto generalizó la hostilidad. Ha faltado planificación y estrategia, porque los países occidentales se quedaron a medio camino, que siempre es la peor opción. Y ahora el conflicto se ha enquistado, con una guerra que no podemos ganar con el despliegue de fuerzas actual ni tampoco podemos perder. Los militares de la Alianza Atlántica han perdido años en el intento de que los políticos asumieran esa verdad y apostaran por una táctica diferente. Pero los indicios apuntan a que el desgaste político de los gobiernos y el hartazgo de las opiniones públicas nos abocan a una encrucijada incierta.

Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy conocieron ayer de primera mano la situación de las tropas españolas y el desarrollo del conflicto. Y sería muy positivo que ambos coincidieran en que España debe estar junto a sus aliados en el cumplimiento de sus compromisos, y en que el trabajo de nuestros militares merece un respaldo colectivo.  En Afganistán queda trabajo por hacer. Se libra una guerra contra un terrorismo global capaz de atentar en cualquier país. Se pierden héroes en el combate para salvar miles de vidas. La misión necesita un nuevo rumbo, que apueste decididamente por recuperar el control, estabilizar el país y llevar la prosperidad a las calles. Si los gobiernos no están dispuestos a ello, los sacrificios serán baldíos.

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