Esta justicia y la de mi madre

La Razón
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La nota con la que el redactor de la agencia de noticias saldó el hallazgo del cuerpo de Sandra Palo en mayo de 2003 decía: «Un camionero, que iba en dirección a Toledo, divisó un bulto tirado en un camino a medio asfaltar que sale perpendicular de la autovía, a la altura del kilómetro 8,200, en Leganés. Al apearse se topó con la mujer muerta con signos externos de violencia y parcialmente calcinada». La madre de aquella muchacha de 22 años, María del Mar Bermúdez recibió en casa a un agente de Policía que vino a entregar la tragedia al barrio de Las Margaritas como se echa una carta ardiendo en el buzón. Cuatro déspotas de arrabal –Malaguita, Ramón, Ramoncín y Rafita– la violaron, la atropellaron y la quemaron con un bote de gasolina comprado a deshoras en una estación de servicio. Para describir un acto abyecto sobran los adornos, pero en su visita al juez los condenados se recrearon en los detalles. La justicia, ni cuando pone el precio a los asesinos y sentencia pagarlo salda el mal causado. Por eso, a Sandra lo que le queda es su madre, que se desgañitaba a las puertas de la prisión cuando ayer se fue a la calle el tercero de los condenados por el crimen de su hija. Su batalla contra el sistema judicial, una vez que consiguió medio millón de firmas para modificar la ley del menor, continúa mientras su conciencia no se rinda y tenga presente a su hija cada día de lo que le quede de existencia. Todas esas intimidades del dolor, que nunca reflejan las estadísticas de detenciones y condenados con las que los políticos hacen sus ejercicios de presunta eficacia.