El emir de Bahréin se tambalea

Hamad Al Jalifa, aliado de EE UU en el Golfo Pérsico, lanza al Ejército y provoca ocho muertos en dos días. Encarga al príncipe un diálogo «con todas las partes»

El rey encarga al príncipe heredero que  comience un diálogo "con todas las partes"
El rey encarga al príncipe heredero que comience un diálogo "con todas las partes"

El viernes comenzó muy tenso y triste en el barrio de Sitra, donde se celebraron los funerales de varios manifestantes muertos el día anterior en el brutal ataque de las fuerzas de seguridad bahreiníes contra el recién levantado campamento de la plaza Luluá, en el centro de la capital Manama, en el que fallecieron al menos 4 personas. Familiares y manifestantes supervivientes salieron a la calle para honrar a las víctimas a pesar del miedo a la represión del régimen de la familia real Al Jalifa, en el poder desde hace más de dos siglos.

El Ejército y la Policía seguían desplegados masivamente por toda la ciudad desde el día anterior y en alerta ante la posibilidad de que los funerales se convirtieran en puntos de encuentro y comienzo de nuevas manifestaciones antigubernamentales. Éstas estaban convocadas después del rezo del mediodía, que el viernes es el más importante y de obligado cumplimiento para los musulmanes. A pesar de la prohibición de las protestas y del auténtico terror ejercido por las autoridades, y sufrido por los manifestantes, éstos volvieron a concentrarse en varios puntos de Manama y las protestas fueron creciendo en la mañana hasta alcanzar decenas de miles de personas a primera hora de la tarde.

El ambiente solemne de los entierros dejó paso a la rabia y la frustración de los manifestantes, que ya han perdido a al menos 6 de los suyos en una semana de protestas y han empezado a exigir el fin del régimen, en lugar de tan solo reformas como en los primeros días de las protestas pacíficas. Las fuerzas de seguridad bahreiníes intentaron dispersar las marchas con gases lacrimógenos, pero a media tarde los manifestantes consiguieron alcanzar la plaza de Luluá, donde ayer tuvo lugar una segunda masacre.


Apuntando a la cabeza
La Policía y el Ejército lanzaron disparos al aire para asustar a los manifestantes que habían ocupado de nuevo pacíficamente el perímetro de la Perla, y seguidamente abrieron fuego real contra ellos, apuntando directamente a la cabeza, tal y como aseguraba la cadena de TV Al Yazira. Al igual que el jueves, la plaza fue una trampa mortal para los manifestantes, adonde las ambulancias no pudieron acceder para socorrer a los heridos, que se cuentan por centenares. De momento hay cuatro muertos según Al Yaiza.

Las escenas más dramáticas se vivieron de nuevo en el hospital de Salmaniya, el principal de Manama, desde donde los médicos hacían un llamamiento desesperado a través de las redes sociales y los medios de comunicación pidiendo donaciones de sangre y describiendo una situación dantesca, con heridos con el cráneo destrozado, en estado muy grave, y centenares que no podían ser tratados. En un momento de la tarde, las fuerzas de seguridad incluso irrumpieron en Salmaniya, donde los manifestantes seguían coreando consignas contra el régimen «asesino» del rey Hamad bin Isa Al Jalifa, en el poder desde 1999.

Mientras la violencia tenía lugar en las calles, el príncipe heredero de Bahréin, Hamad al-Khalifa, se dirigió a los manifestantes en un discurso televisado ofreciendo diálogo «con todas las partes» y apelando a la calma. Pero ya es demasiado tarde para los miles de bahreiníes que bajaron a la calle en actitud pacífica el pasado lunes, pidiendo simplemente mejores condiciones de vida. En un principio, los manifestantes eran en su mayoría chiíes –que configuran un 70% de la población de Bahréin– que protestaban en contra de la marginación y opresión ejercida por la minoría gobernante suní, y exigían igualdad entre las dos confesiones. Pero ayer, los fieles de ambas ramas del islam se unieron en contra del régimen, con gritos y pancartas mostrando su unión en esta causa común, y denunciando los abusos de la familia real, así como sus intentos de instrumentalizar la división sectaria para seguir dominando y explotando este pequeño país del Golfo Pérsico, rico en petróleo y base de la quinta flota de EEUU, que ayer pidió «contención» a los gobernantes bahreiníes, los cuales han hecho oídos sordos ante las súplicas de la comunidad internacional.

El presidente de EEUU, Barack Obama, condenó con rotundidad el uso de la violencia en Bahrein, Libia y Yemen y lanzó un llamamiento a los Gobiernos de esos países a mostrar moderación.

En un comunicado leído por el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney, se declaró «profundamente preocupado por las informaciones acerca del uso de la violencia». Estados Unidos «condena el recurso a la violencia por parte de los Gobiernos contra las manifestaciones pacíficas, en estos países o donde pueda ocurrir», agregó Obama, quien expresó sus condolencias a las familias de los fallecidos.


El clérigo apunta al rey
- El principal clérigo chií de Bahréin, el jeque Issa Qassem, calificó de «masacre» la muerte de seis personas a manos de las fuerzas de seguridad desde el pasado miércoles y ha pedido la dimisión del monarca Hamad Al Jalifa. En un sermón pronunciado ante miles de fieles en la mezquita chií de la aldea de Diraz, en el noroeste, advirtió de que el Gobierno ha cerrado todas las puertas al diálogo.