Historia

Calumnia que algo queda

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Si los servidores de la Justicia intervienen, investigan, espían, pinchan (teléfonos), graban conversaciones que luego criban, y pintan la pared con nombres de presuntos y más presuntos entre flechas de fulanito con menganito, con sus fotos y las sospechas, y luego, hecho el trabajo, todo eso sale a la luz con un dosificador que ni al mismísimo Mefistófeles se le ocurre, los señalados lo estarán de por vida. El laboratorio de Colonia se ha hecho famoso porque encontró el clembuterol de Alberto Contador; que cometiera la irregularidad de chivarlo ha pasado inadvertido. No entiendo que Contador no haya denunciado al laboratorio alemán. No por lo que ha encontrado sino por lo que ha filtrado. Y no entenderé que si Marta Domínguez sale indemne, que puede ser, de la «operación Galgo», redada que empieza a desprender el tufillo rancio del trabajo inconcluso de la «operación Puerto», sus abogados no denuncien a quienes la acercaron al patíbulo. A quienes, inicialmente, contaron que suministraba sustancias dopantes. Eso no se lo inventan los medios de comunicación. A partir de ese instante, la apertura de la veda informativa, alimentada con pruebas insostenibles en algunos aspectos, hizo todo lo demás. Al atascarse las denuncias, hasta el punto de que lo del «camelleo» no cuela, el blanqueo de dinero no es tal y la relación con Eufemiano es difícil de probar, se echa la vista atrás y, buceando en la chapuza aquella que dejó temblando al ciclismo, alguien concluye que Marta también pasaba por allí y lo «suministra». Si fuera cierto, tendría que haber sido imputada por el juez-Puerto y no por la jueza-Galgo. Un día de estos Marta hablará, gritará que es inocente y casi nadie le creerá. La investigan luego es culpable. El daño ya está hecho.