“Brexit, por fin”; no es el fin del Brexit

Libros y libros, durante años y años, se escribirán sobre el brexit. Sobre el que ahora, por fin, termina y sobre el que a partir de ahora empieza. Sobre los orígenes y causas, tan múltiples, contradictorias y polémicas, que rozan el misterio. Sobre el imprevisto, atormentado y retorcido proceso de toma de decisión. Sobre las consecuencias próximas y las que están por venir.

El marrullero, inescrupuloso, poco fiable Johnson lo ha hecho. Porfiadamente ha vencido obstáculos sin cuento, con una campaña basada obsesiva y monográficamente en una sola frase de cuatro palabras: get the brexit done, “dejar el brexit hecho”, en traducción un poco libre. Con ello trastocó las bases sociales de los partidos, con mucha probabilidad de manera bastante permanente, llevándose de calle elementos trabajadores, provincianos y rurales que se sienten ajenos a un mundo tan internacionalizado, y perjudicados por una economía tan abierta, dejando huérfana a una parte del electorado ideológicamente más afín, que vive como el pez en el agua en esas condiciones. Los primeros se sienten “de aquí” y ven a los segundos como “gentes de ninguna parte”. Por supuesto, esto es una simplificación, las cosas son más complicadas. Otros factores influyen. Nada es muy claro. El que el líder del bando contrario haya terminado siendo esa peligrosa bomba ideológica llamada Jeremy Corbyn, que en más de un aspecto ha traicionado a sus correligionarios de la base laborista, sin atraer al sector europeísta de los conservadores y socialdemócrata, ha facilitado las cosas.

Las encuestas no han fallado, pero en los últimos momentos reapareció el fantasma del referéndum original de junio de 2016: lo que entonces se avecinaba como victoria del remain (quedarse), resultó en derrota de “marcharse” 48/52%, en no pequeña parte por mentiras de Johson, que los tribunales han considerado cosas de las campañas electorales, no delitos. Hubo esperanzas o temores, fallidos, de que ahora pudiera suceder a la inversa. Y es que los procesos electorales ingleses están muy anticuados y no son fáciles de prever.

Los mercados, es decir, el dinero, han exhalado un suspiro de alivio. Por fin una cosa queda clara: El Reino Unido se va, aunque quizás habría que decir Inglaterra, porque el Ulster tiene claro que no y Escocia no tiene claro que sí. El 31 de enero funcionarios británicos y europarlamentarios se dejan Bruselas. Lo que queda por determinar es el cómo desenmarañar una intricada relación de cuarenta y seis años. Johnson y los más radicales quieren que todo esté pactado para fin del 20. Muchos, a ambos lados del canal, piensan que no hay tiempo, que lo realista es el preacuerdo respecto a la fecha de finales del 22. La larga y compleja negociación reavivará inexorablemente las tensiones y el resultado final no será el ideal de ninguna de las partes.Mientras tanto las dadivosas demagogias de la campaña para unas elecciones que equivalían a un referéndum abren la espita del desenfreno en el gasto público, grande con Johnson, pero un mal menor respecto a lo que hubiera supuesto una victoria de Corbyn.

Manuel Coma es profesor (jub.) de Mundo Actual de la UNED